Irresponsabilidad social



. Aunque los expertos no se ponen de acuerdo en casi nada o al menos no lo sacan a la luz, el hecho es que muchas de sus recomendaciones son de sentido común, pero se obvian por algunos, aprovechando cualquier ocasión, como si se buscara intencionadamente contraer la enfermedad. Bien para tratar de echar por tierra la versión oficial o sencillamente con la fútil pretensión de desafiar de distintas maneras al poder establecido. En todo caso, cuando la irresponsabilidad pesa más que el sentido común es que debe haber algo más rondando en el ambiente que determina el comportamiento temerario de ciertas personas.

Ya se ha visto, con ocasión de los estados de alarma a nivel nacional, que en el tema de los derechos y las libertades el poder flojea y las nuevas prohibiciones vienen a reflejar más de lo mismo. Claro está que el covid ha procurado el argumento para, invocando el interés general sobre la base de proteger la salud de todos, sacar provecho en el ejercicio del cargo, extendiendo sus atribuciones al límite y, si es posible, más allá. De ahí que quepa hablar, una vez más, frente a la tarea de gobernar, de la tendencia a entregarse a esa otra que es la de mandar. Lo que sin duda se percibe a nivel colectivo y puede llevar a improvisar respuestas poco acertadas.

Para que quede claro, por si los ciudadanos se muestran reacios a reconocer quien manda, ahí están las sanciones que, de un lado, suelen convencer para acatar las disposiciones de la superioridad y, de otro, ya en el terreno crematístico, siempre queda un remanente para aliviar la mala marcha de los ingresos haciéndolas efectivas en dinero. Sin embargo, en ocasiones, no se obedece al jefe ni por temor a las multas. Lo que provoca en un primer momento confusión, seguida de la ira de los que mandan. Entonces viene aquello de que están perdiendo la paciencia o lo de tomar medidas más drásticas, acudiendo a expresiones propias del que tiene la sartén por el mango y no está dispuesto a que se le desafíe en el marco del ejercicio de su poder. Como reacción, no resulta desajustada, dentro de lo que cabe, la apreciación de la ciudadanía de que este virus parece estar compinchado con el poder; a quien, por una parte, respeta y no hace padecer sus terribles efectos como puede suceder con cualquier ciudadano común y, por la otra, le permite marcar distancias con las masas situándose en otra dimensión.

Tal vez habría que indagar sobre otras causas relacionadas con el comportamiento irresponsable de algunas personas, más allá del simple desafío al poder, con la finalidad de adecuar la potestad sancionadora a la situación real. En este punto hay que adelantar que el consumismo ha venido haciendo bien su papel, ya que las masas, lejos de ser ilustradas, se las ha educado en el culto al consumo para responder a las expectativas empresariales y que los respectivos negocios marchen. Cualquier mentalidad, con la pretensión de llegar a ser aguda, pudiera plantearse qué tiene que ver el consumo con la irresponsabilidad del momento, pero baste añadir que ambos navegan en el mismo barco. Comprar compulsivamente, ser fieles a las nuevas tecnologías, seguir con devoción las modas, tratar de imitar a los iconos comerciales, cumplir instrucciones de los influencers o entregarse al culto a las memeces, estas y otras formas de educación para el mercado han quedado grabadas en gran parte de la mentalidad colectiva. Ahora se dice que aparquen la educación recibida y se entreguen a la ilustración, es decir que renuncien al bagaje cultural que se les viene suministrando durante décadas para recuperar de inmediato la sensatez. La nueva exigencia impone prescindir del consumo comercial en abierto para la práctica del ocio, lo que supone apartarse del modelo habitual. Descendiendo al detalle, se trata de que si bien sigan consumiendo lo hagan por internet, porque hasta parece más aséptico de cara al virus, pero que no alternen con los demás, que prescindan de las relaciones sociales y por consiguiente del divertimiento tradicional. Todo ello es visto como tratar de romper, en interés de la salud pública, con el modelo de socialización dominante y la tendencia de moda para invitar al personal a seguir el modelo de la cartuja. Lo que resulta difícilmente asumible.

Exigir lo que ahora se impone a la población, aunque sea algo temporal, pudiera resultar paradójico, porque regularmente se la ha animado a la práctica de lo contrario en todos los niveles sociales. Si el propio poder político ha venido siguiendo el juego, cuando no propiciándolo abiertamente, a quienes controlan la economía, fabricando entre ambos ciudadanos fieles al mercado y además dóciles a la política, no puede estar bien visto que de la noche a la mañana cambie las reglas del juego. Ahora, cuando está comprometida la salud de las personas, se ordena a todos ser responsables, cuando resulta que se les ha venido alentando para que practicar la irresponsabilidad del consumo, porque venía bien a la economía del país. De ahí que, aunque la mayoría cumpla con las prohibiciones, también otros poco afines a la contestación, pero movidos por la confusión, se rebelen a su manera contra las ordenanzas llevando al extremo su irresponsabilidad e incluso aspirando a hacerla viral.

Antonio Lorca Siero






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