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Pero al final el retrato ha sido mucho más amplio, y viene a confirmar lo que
ya sospechábamos: que nos ha pillado la peor crisis con la peor clase política
imaginable.
Si la intención de los de Abascal con su moción era poner en un brete
al PP, sin duda lo han conseguido sin necesidad siquiera de que se iniciara el
debate. Mira que el PP lo tenía fácil; le bastaba tomar el ejemplo de lo que
hizo Sánchez en la moción de censura presentada por Podemos contra Mariano
Rajoy: abstenerse. Y la misma abstención de Sánchez hubiera servido de
argumento ante las previsibles críticas. Pero frente a eso los populares han
preferido volver a mostrarse rehenes de sus complejos, escondiendo su voto de
forma vergonzosa hasta el último momento. Una vez más Casado ha ido a remolque
de los acontecimientos, y ya no es que se dude de su capacidad de decisión, ya
de lo que se duda es de si el que decide es él o son otros los que deciden por
él. Una vez más el PP se ha mostrado más preocupado del qué dirán que de lo que
deberían ser sus propios principios, y al final ha decidido votar junto con
Podemos, Bildu, y Esquerra. Ya no es que el PP parezca resignado a asumir la
dictadura moral, cultural, económica y social que nos está imponiendo la denominada
progresía, es que parece como si buscara hacerse perdonar una especie de pecado
original, y poder presentarse como un partido “homologado” por la extrema izquierda
que nos gobierna.
Como no podía ser menos, la moción también ha retratado a los que la
han presentado. Abascal tenía la oportunidad de vivir su minuto de gloria, de presentarse
ante la nación como una opción de gobierno viable y sensata, con propuestas
propias en materia económica y en materia sanitaria, ya que estamos sumidos en
una profunda crisis tanto económica como sanitaria. Pero no han presentado ni
media propuesta. Solo un rosario de críticas salpicado con algunos disparates
de bulto. Y sí, la gestión del gobierno es muy criticable, pero en las mociones
de censura hay que presentar una alternativa, un programa. Detrás de un partido
político no debe haber sólo cuatro frases hechas y cuatro voces destempladas,
un partido debe ser una idea de España. Y Vox nos ha dejado con la duda de si
en realidad tiene un programa para afrontar los retos actuales, o es que ha
preferido no mostrárnoslo. El discurso de Abascal habrá contentado a los muy
cafeteros de su electorado, pero imagino a mucho votante potencial escandalizándose
al oír como Abascal comparaba a la UE con la República Popular China o con el
sueño europeo de Hitler.
Pero además ayer quedó retratado el hemiciclo en su conjunto cuando
Abascal, en contestación al representante de Bildu, comenzó a leer los nombres
de los asesinados por ETA, y sólo los diputados de Vox y algunos del PP se
levantaron a aplaudir. Hace no tantos años que la simple mención a las víctimas
hubiera supuesto la ovación de todos los diputados a excepción de los cuatro
indeseables que aún no han condenado el terrorismo de ETA. Pero si ya ni
siquiera la mención a las víctimas concita el consenso de nuestros representantes
políticos es que algo hemos hecho muy mal en España en los últimos años. Y esto
nos lleva a la responsabilidad de esa izquierda española cada vez más radicalizada,
que se ha echado en brazos de los criminales etarras y del separatismo más
racista y xenófobo; de ese PSOE que ayer se permitía el desahogo de firmar un manifiesto
en defensa de la democracia junto a los matones de Bildu y a los que hace tres
años perpetraron un intento de golpe de estado contra nuestro régimen
democrático.
En resumen, en la peor situación posible, tenemos a los peores
políticos posibles. Ese es el retrato.