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El dinero europeo


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16/10/2020

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Suena con cierta insistencia y justificada esperanza que el país está esperando recibir en cualquier momento el dinero europeo, para con él poner fin a la catástrofe económica de la pandemia. Incluso se piensa que lo va a resolver todo o casi todo y además permitirá invertir en futuro. Esto encaja con lo que se suele llamar propaganda política, que como se dice a menudo, cuando se trata de proyectos de altos vuelos, camina en dirección contraria a la realidad, ya que su propósito no es otro que dulcificarla y adaptarla a los intereses de quien en ese momento manda.

Lo de la inversión verde y la digitalización parece un buen proyecto porque habla de modernizar. Pero habría que añadir como observación previa que, como andamos a vueltas con eso del progreso tecnológico y las virtudes del 5G, resultaría oportuno que con todo ello se aprovechara también para modernizar el panorama político y se construyera una democracia de verdad en la que los ciudadanos intervinieran en las decisiones políticas. Lo de lo verde se ha asociado a lo ecológico y suena bien para eso del relax y para cierto modelo de ocio, pero como negocio económico queda un poco distante. Con la digitalización parece encaminarse a resolver situaciones más de actualidad, aunque pagando el precio de una existencia virtual. El problema es que para entrar en el progreso sostenible de verdad, de momento hay que atender a lo en los últimos años ha permitido mantener la economía del país, se trata de eso que llaman servicios y todo lo relacionado con el turismo. Aunque responda a planteamientos de economía obsoleta, es la que ha puesto los pies en el suelo desde tiempo atrás y ha llevado la voz cantante en relación con los otros sectores. De ahí que para reconstruir haya que empezar desde aquello que sirve de cimiento y no por un tejado vanguardista que además no se sabe instalar. Lo que sucede es que torpedeando su funcionamiento para seguir los acertados consejos de los mandatarios internacionales, especialmente en lo que se refiere a temas de pandemia, se vienen dando palos de ciego, con lo que la situación no está bien encarrilada ni va camino de arreglarse. Parece que el consumo de ocio ya no es prioritario ante otros intereses, asociados a eso de que las masas son irresponsables y habría que llevarlas al redil para que no propagaran la enfermedad, cuando lo que se quiere decir es que hay que cortarlas las alas para que no se rebelen contra el poder, porque están acabando con la paciencia de los que a la sazón mandan. Todo sea a costa de agravar el estado de la sufrida economía.

Lo de las otras medidas económicas va por peor camino, porque serán difíciles de tomar si se tiene en cuenta su incidencia electoral. La política progresista tiene poco de innovadora, sigue con lo de siempre, recaudar para repartir con sabiduría, quitando a los pudientes para dar a los menesterosos o jugando a ser anticapitalista, pero entregada al panorama capitalista. Es prioritario jugar al progreso, porque de lo del estancamiento ya se han ocupado otros. De ahí esa insistencia en lo que han pasado a ser tópicos sin la menos consistencia como lo de borrar la historia, acabar con la vieja corrupción para dar paso a la nueva o aliviar las sufridas cloacas del Estado, para obviar la de los partidos y las de cuantos manejan los hilos del poder —debe ser por aquello de que el pecinal, aunque sea político, siempre huele mal y hay que desviarlo hacia otro lado—. También hay que jugar al estado de derecho —con minúscula— siempre que no afecte a los privilegios de los de arriba, en caso contrario hay que desmontarlo. Igualmente suena con insistencia lo de fabricar una república de partido y venderla a todos. Para subvencionar el utillaje político, las deudas y algo la economía no queda otra opción que seguir tirando de la sufrida Deuda —para que no se enfríe—, de los impuestos y también del dinero europeo, que con tanto esfuerzo negociador se ha ganado.

Ese tan cacareado dinero europeo, que no se sabe cuando arribará a buen puerto —en todo caso parece que a largo plazo, si llega—, realmente no está pensado para embarcarse en la nave del progreso como se dice, pese a que los planes prometan lo contrario. Se trata simplemente de utilizarlo para tapar agujeros, pagar a los que no trabajan — para maquillar los datos del paro real— y muy poco para crear empleo —porque no se sabe que empleo crear y si se crea es probable que el coste sea dinero tirado por los desagües—. El otro pufo, el de la pandemia, con sus mascarillas gratuitas masivas, respiradores deficientes, los tests de detección, desinfectantes de todas las marcas, mamparas de protección a medias, y otras insignificancias para dejar limpio el aire, los suelos, los objetos y las personas, poco sobra para dedicarlo a otros menesteres para la ocasión y menos para proyectos de altos vuelos. En especial si la gestión, como es obligado, se entrega una burocracia lenta por principio e ineficaz en los fines.

Visto como funcionan las cosas, no parece difícil adelantar que ese dinero ya está gastado por adelantado y para seguir pagando los efectos de la pandemia se precisan nuevas partidas de lo que se entiende dinero a fondo perdido. Su coste está claro, porque de soberanía ya no queda nada, basta con llamar al país una sucursal, que no un miembro de pleno derecho, del imperio europeo, porque aunque se dice que le dan cuerda, es el pobre del grupo y debe agachar las orejas. En lo que le mandan, pese a su tendencia izquierdista y la parafernalia política progresista y libertaria con que se acompaña —provista de mucha boquilla y poca efectividad—, tiene que acatar fidelidad al capitalismo. No obstante, por si sirve de aviso a navegantes, la confianza en el imperio debería tener un límite, dado que ya bastante tienen ellos con lo suyo, que no es poca cosa, resulta más que previsible que en breve acusen falta de efectivo y tengan que dejar de soltar la mosca. Por otra parte, si como se observa se le comprime, por uno y otro lado, debido al empuje de los dos imperios de verdad, aunque se escore hacia el que se autodefine como el baluarte del mundo libre, se convertirá en un minimperio. Si se llega a tal estado de precariedad, surge la duda sobre de donde va a salir ese dinero europeo que promete aliviar los problemas económicos de la patria.

Antonio Lorca Siero

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