España: una realidad y un sentimiento

Por Ignacio Eufemio Caballero Álvarez.

 

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Hoy me toca escribir. No es una excusa, es una obligación. Me han obligado los políticos. Por todo lo que ha pasado en este malogrado año y por eso de la “memoria democrática” a la que algunos se aferran ahora. Donde las dan, las toman. Volvemos a los “hunos” y a los “hotros”, como decía Unamuno. Y a los mensajes de “nada que celebrar”, algo rutinario en esta fecha tan importante para nuestra patria y para el mundo. ¡Cuánto echo de menos las historias del pasado contadas por alguien del pasado! Lástima que ya no estén. Aprenderíamos mucho y viviríamos mejor.

El olvido es algo que se está grabando en las mentes de las personas. Que no te engañen, éste, y no el otro, es el mejor virus para borrar la historia. Ya nada importa, todo desaparece. Si no, al tiempo. ¿Qué más dan las gestas, los héroes y los valientes? ¿Qué más dan las gloriosas victorias y las derrotas? ¿Qué más da España? Si no se lo creen, pregúntenle al chico del barrio: “me cuesta pronunciar España”, decía. Yo creo que no le cuesta, al contrario, lo adora; y a su palacio, también. Ande yo caliente y ríase la gente.

Tengo veintidós años, y nunca me ha gustado hacer de forma pública ninguna declaración, a favor o en contra, de esto que llaman política. Me río por no llorar. Estaría bien que leyeran a Platón o a Cicerón o alguno de estos ¿Los conocen? Ah no, que no interesa. De mal en peor, y qué cansado estoy. Cansado de mentiras, de fraudes, de fake news y de cuentos chinos, sobre todo de esto último, pero mejor lo dejamos para otra ocasión. Ya les llegará su ración. A lo que iba, estoy cansado. Y no, no me voy a callar. No voy a contribuir a la causa del olvido. Ni tampoco, por supuesto, al final de la memoria histórica. ¿Ahora? ¡Qué dicen ustedes! Ahora nos toca a nosotros. Blanco y en botella, leche. Nos lo han dejado a huevo y vamos a hacer de su marca, su final. Ustedes sigan. Sigan con su nueva “memoria democrática”, lo demás déjennoslo a nosotros. Eso sí, pónganse guantes, mascarilla, gel hidroalcohólico y, ya que estamos, vaselina, de tarro grande a poder ser. El que avisa no es traidor.

Ahora, permítanme decirles que soy un optimista y un lector consagrado, desde bien pequeño, de la literatura del profesor J. R. R. Tolkien y me sumo a su pensamiento, como dejó plasmado a lo largo de su obra: «siempre existe esperanza», incluso si el desleal desaparece cuando el camino es oscuro. Por ello, el pasado 12 de octubre de 2020, día en el que no hubo desfile de nuestras Fuerzas Armadas, que durante siglos han sido una de las piezas clave de nuestra recia y orgullosa piel de toro, con lágrimas en los ojos, pude sentir que hay esperanza. La bandera ondeaba en el Palacio Real y la entonación de “La muerte no es el final”, por parte de nuestros hombres y mujeres de las Fuerzas Armadas, hacía, más aún, que en el homenaje a todos nuestros caídos a lo largo de nuestra gran historia se vislumbrara una tenue luz. Vienen tiempos malos, pero, por muy oscuro que sea el camino y la desdicha sea dura, siempre habrá esperanza. Corazón de hierro y vista al frente. Es hora de trabajar. ¡Viva España!

UNETE



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