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La patente de ser de izquierdas


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30/09/2020

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No deja de ser sorprendente que la izquierda de prestigio y con historia se haya entregado sin condiciones a una franquicia recién salida de la máquina de producción, para que marque su línea ideológica. Aunque también sorprende que la propia matriz que la ha subvencionado le haya otorgado finalmente la franquicia, porque de ideología en ella hay poca cosa y bastante de mercancía comercial. Puesto que por algún tiempo ha despuntado en el ranking de las ventas políticas ofertando ocurrencias al electorado en un sistema donde no parecerían tener lugar, pese a la paradoja, resulta que ha tomado vuelos y hasta cuenta con el beneplácito del empresariado capitalista.

Como parte explicativa, quizás el espíritu de la izquierda tradicional, presente durante los últimos dos siglos para contrarrestar el avance imparable del capitalismo, ha envejecido en vigor y ha cedido ante el empuje de la nueva savia, ahora contaminada por el consumismo. Esta, ha tratado de compatibilizar las cuatro ocurrencias de actualidad de las que se nutre la moda política con los tópicos de la izquierda de siempre, sazonado con el material procedente del espectáculo de las imágenes. Con lo que, para una generación asidua de lo virtual y adicta a las ocurrencias ajenas, le puede servir cualquier cosa que pueda dar sentido ideológico a una existencia vacía de contenido. De ahí que gracias a estos seguidores ocasionales pueda contar con cierta presencia política, que tiene que alimentar a base de politiquillas de circunstancias.

Por el empresariado capitalista no parece verse con malos ojos a esos cuatro chavaletes a los que algunos consideran los nuevos revolucionarios —que se limitan a doblar los brazos con un estilo peculiar para aplaudirse en sus concurridos mítines dirigidos a cambiar el mundo—, porque están sujetos al control del dinero, y prueba de ello es que les han permitido ascender en el escalafón del poder, pese a sus peregrinas propuestas. En el fondo estos personajes recién llegados que se declaran anticapitalistas, pero de boquilla, no suponen riesgo alguno para el sistema, porque se sienten animados por lo de vivir bien, y ello obliga a comulgar con el capitalismo de mercado. Hay que añadir que lo que llaman políticas sociales inspiradas en el simple despilfarro, aunque arruinen el fondo común, animan el mercado, porque si sale dinero a circular del bolsillo de los necesitados al final irá a parar al fondo de las empresas. Estéticamente, también tienen interés, ya que ofrecen la oportunidad de vender a los amantes de la moda transgresiva productos estrafalarios, que de otra forma las empresas dedicadas a la publicidad no darían salida. Pero lo que les interesa es que, al tenerles agrupados y jerarquizados, se controla cualquier disidencia del sistema, aunque sea, como en este caso, totalmente inofensiva.

Para hacer más sólida su presencia, han obtenido la patente de ser la verdadera izquierda, exclusiva y excluyente, lo que limita las posibilidades políticas de las otras izquierdas de cara al electorado, ya que la patente impone monopolio amparado en el título que ostenta. Ello implica que se les permita gozar con amplitud del derecho que concede el título y estar legalmente habilitados para pronunciarse sobre lo que es o no es la izquierda y sus líneas ideológicas, de manera que fuera de su doctrina no hay izquierda. Todo ante el silencio y la pasividad del resto de la izquierda. Convendría que la gente de izquierdas tuviera en cuenta que no es prudente consolidar monopolios ideológicos que acaban construyendo doctrinas oficiales excluyentes. De ahí que en el espectro político de tal signo no tenga cabida ninguna patente y mucho menos cuando se compromete la libertad de expresión y se hace de facto el juego al capitalismo.

Por lo que parece, perfeccionado el tema de las ideologías, hoy han pasado a formalizarse hasta tal punto que se han convertido en un asunto de pura burocracia administrativa. Quiere decirse que, más allá de la anécdota de la patente, su dirección se ha autoencomendado en exclusiva a un órgano oficializado y reglado, es decir, un partido político que marca las líneas por donde debe discurrir la ortodoxia, cortando cualquier ramal del pensamiento político afín. Mas con el rotulo de partido no cabe monopolizar todas las ideas de izquierda, porque en ese punto se chocaría con la libertad para ser de la otra izquierda, la que no se adhiere a ningún partido para seguir viva, aunque sea desplazada al terreno de la heterodoxia. Puesto que nadie puede atribuirse la exclusividad de la ideología de ese signo del espectro político, resulta obligado revocar la patente y abrir el espacio a quienes simplemente se sientan de izquierdas.

Antonio Lorca Siero



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