Un virus en el gobierno

 

. Ese virus, que a decir de los expertos es resultado de un proceso natural —aunque siempre quede la opción de no creerlo—, parece como si hubiera mutado para adentrarse en el gobierno de este país. Pese a que, con ocasión de la situación se hayan venido barrenando derechos constitucionales de los ciudadanos, se haya recuperado la censura y la mordaza entre los medios afines, para acabar imponiendo el silencio en lo que no concuerda plenamente con la verdad oficial, ahora se ha ido más allá. El panorama de la acción de gobierno se está desbordando y ha roto las barreras convencionales, porque parece ser que ya no hay un mínimo de mesura, dado que se ataca abiertamente los pilares institucionales del Estado de Derecho. De ahí que el único planteamiento medianamente razonable para tratar de aclarar la situación es que el gobierno pudiera estar siendo afectado por un virus político.

El desarrollo de la afección vírica ya era predecible desde que se construyó el montaje para gobernar, dado que era terreno propicio para el desarrollo de la enfermedad. La mayoría, animada por la idea de progreso para atender a su electorado plural, ha acabado siendo rehén de las distintas tendencias que se subieron al carro. Unos, empeñados en instaurar su república; mientras que, los otros, decididos a retornar al feudalismo actualizado. Los de la república está claro que, pese a lo que pudiera tener de razonables sus reivindicaciones, viven en las nubes en lo que se refiere a la realidad política. Primero, han pasado por alto el fiasco en el que acabaron los dos ensayos precedentes. Segundo, la institución monárquica no está donde está por casualidad, sino por razones de oportunidad. Tercero, todo gobernante está sujeto a la legalidad y esta se mueve en el terreno de la monarquía y no en la opción alternativa. Y ya, por no seguir para acotar lo fundamental, cuarto, es al pueblo al que compete establecer la república y en modo alguno a un partido que solo aspira con sus ocurrencias a tratar de ganar votos entre los amantes de incordiar. Los otros aliados de circunstancias del actual gobierno, aunque empeñados en el progreso local para mayor grandeza de sus dirigentes, resulta que la mayoría de sus gentes no han perdido de vista la imagen del señor feudal con su pequeña corte de servidores aferrados al terruño. Cargados de esa creencia de diferencia, de superioridad y asistidos por la tradición, simplemente no quieren saber nada con el resto del mercado nacional. No obstante, dejando claro que a efectos comerciales quieren venderles su producto patriótico o simplemente mercantil, pero no que se le vendan a ellos.

En ese panorama político, lo natural es que se den bandazos en una y otra dirección, cada uno tratando de ir a lo suyo, maniobrando para imponer al país sus respectivos intereses. Sin embargo la estrategia es incongruente con el papel institucional que representan los soñadores republicanos y la política mercantil de los otros. Hay que recordar que son productos contestatarios de una democracia al uso, que sigue empeñada en la representación y en regionalismo, que ahora reniegan de hecho de esa democracia de la que se han aprovechado. Y lo hacen desde el momento en que a su manera cuestionan el Estado de Derecho.

Hay cuestionamiento del Estado de Derecho cuando todos ellos, situados en el gobierno o colaborando con él, no están de acuerdo con la norma que lo rige. Así sucede al hablar de independencia local, un Estado federal, pretender desplazar a la monarquía de sus funciones, poner en cuestión al poder judicial o postular una república. De facto, en entendimiento con sus aliados, el gobierno manipula o simplemente tolera maniobras para desbordar la unidad del país, contraviniendo un precepto básico de la Constitución. Motivos más que suficientes para exigir responsabilidades por la ciudadanía, puesto que se atacan directamente los principios por los que se rige el Estado. Sin embargo el asunto se distrae aprovechando la colaboración con la mayoría de los medios, dedicados a dar la murga con cualquier tema intrascendente para la ocasión. Incluso divulgan como algo irrelevante el estado político actual y lo achacan a lo que se ha llamado normalidad democrática, cuando debería entenderse anormalidad democrática, dado que se vulnera más o menos solapadamente la legalidad establecida al más alto nivel.

La realidad es que estamos ante un desafío a la ciudadanía no es solo en el plano jurídico, sino institucional. Por citar lo más llamativo de la actuación política, disentir del valor de la monarquía, derivando la cuestión al terreno de lo personal o promoviendo una institución alternativa, es inadmisible para quienes, situados en el sitial del poder, tratan de volar el lugar sobre el que se sientan. Teóricamente hay tres poderes del Estado, pero el poder del Estado es único. Basta con que se desautorice desde el poder a uno de ellos de forma solapada o simplemente espuria o que se alegue de facto que la justicia, que se dice igual para todos, no debe alcanzar a los políticos, para que el poder del Estado se resienta. Consiguientemente, no solo se está contra la ley, sino contra las instituciones y, en definitiva, contra el sistema político.

Tales actitudes, exceden cualquier componenda política para seguir ejerciendo el poder estatal a cualquier coste. De ahí que solo quepa apuntar que probablemente la política nacional esté afectada por una enfermedad provocada, no por el coronavirus, sino por un virus político fabricado en el laboratorio del poder que afecta al gobierno hasta el punto de perder el rumbo.

Antonio Lorca Siero

UNETE



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