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Desaciertos económicos


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25/09/2020

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La situación de pandemia ha llevado a los países a tomar decisiones que económicamente hay que calificar de desesperadas. Todo ello siguiendo los consejos científicos del personal debidamente acreditado que en teoría sabe mucho del virus, pero en la práctica ha venido a resultar que es como si no supiera nada. Tras el fracaso de las medidas radicales han acudido a otras más suaves. Seguidamente los mandamás se han dado cuenta que frente al virus las medidas políticas radicales no conducen a ninguna parte, pero siguen aferrados a ellas porque no saben qué hacer. La realidad es que económicamente han hundido a los países, aunque algunos más que otros, y el virus ni se ha inmutado en su capacidad de difusión incontrolada. En ello ha influido sin duda la pandemia, pero también los desaciertos económicos de los que mandan

Pese a los problemas de ámbito nacional que cada país trata de solventar como puede, siguiendo las consignas internacionales sobre la pandemia y sus efectos, la generosidad del mundo libre trata de mantener su bandera de derechos y libertades, con el consiguiente coste económico. A la impotencia ante la pandemia sigue la política migratoria sin un horizonte claro, alentada por el efecto llamada. En muchos casos, incapaz de atender las necesidades vitales de sus nacionales, la citada política se embarca en dar prioridad a lo foráneo sobre lo autóctono. Lo que pudiera tener algún valor y reconocimiento, desmerece, porque simplemente se hace para guardar las apariencias. Resulta que, tras la atención inicial, los afectados quedan abandonados a su suerte y que cada uno que se busque su vida o bien que acuda a la caridad estatal como último recurso de subsistencia. Esta política sería acertada si fuera capaz de asegurar la dignidad permanente, y no la simplemente ocasional, de los acogidos. Extremo difícil, si es incapaz de hacerlo con sus propios súbditos por falta de fondos.

Entre los países literalmente hundidos económicamente para defender el buen nombre del Estado del bienestar en el aspecto sanitario, el de aquí ocupa un lugar destacado, y lo curioso del caso es que todo ha sido para nada, mejor dicho, para menos que nada, porque se ha demostrado que el sistema sanitario no funciona al menor contratiempo sobrevenido. Sin aprender de la experiencia —pero sin separase de la memoria histórica— la política de desaciertos económicos no da pasos atrás. El sector servicios, respondiendo a las exigencias sanitarias, ha pasado a ser la víctima propiciatoria, por aquello de limitar las reuniones asociadas a la transmisión de la enfermedad, pero lo que resulta coherente para un aspecto de la cuestión no lo es para el otro. De manera que económicamente este sector puntero para el país se tambalea por falta de soluciones imaginativas y efectivas.

Por si en general la cosa no iba bien económicamente — y políticamente menos —ahora hay que hablar de las vacaciones de invierno. Publicitadas como una manifestación más del llamado Estado del bienestar para atender en el aspecto del ocio a los mayores, realmente no han sido otra cosa que una política económica para aliviar al sector servicios en la caída del turismo, fundamentalmente en la época invernal. De buenas a primeras desaparecen porque no hay saldo disponible. El dinero que de un lado venía de la generosidad estatal y de otro de los propios interesados se ha esfumado y ahora toca cerrar negocios. Con lo que si lo del turismo internacional pasaba a la historia y el nacional no daba ni para pagar desinfectantes, el panorama se complica un poco más.

En la línea de desaciertos, precisamente no resulta muy oportuno establecer el teletrabajo. Aunque sea un producto importado de otros países más avanzados, porque según parece resulta efectivo, a los que el de aquí sigue por su afán de imitación, hay que reflexionar sobre él. Utilizable en algunas actividades laborales es incompatible con otras. No es preciso entrar en el aspecto discriminatorio de la cuestión porque, aunque pueda resultar apropiado para darle a las teclas del ordenador, no lo es para el que pone ladrillos en una obra o el que se dedica a hacer zanjas. Ciertamente la comodidad del trabajo para algunos es fundamental si además se compagina con la llamada conciliación familiar tan de moda. A efectos sanitarios, sin duda las posibilidades de contagio del virus se rebajan. Por tanto, la idea tiene un valor relativo, ponderable en razón a los resultados, porque si bien el cumplimento del horario laboral para quienes están solo a cobrar la nómina era una carga laboral, ahora puede darse la circunstancia de que hasta de esto se han liberado.

Sin entrar en los problemas sociológicos y psicológicos asociados a esta nueva situación derivada de la pandemia, volviendo al sector servicios, como motor de la economía española, y el comercio en general, resulta que el teletrabajo no parece que funcione apropiadamente para sus intereses. Si la gente se queda en su casa durante buena parte del día, supuestamente para trabajar, es evidente que no consume en abierto y la economía basada en el consumo tradicional y los servicios aprecia sus efectos al menos en algunos negocios como la hostelería, el transporte, el comercio o el ocio. En otros, como los asociados a internet y a las nueva tecnologías, el negocio sin duda marcha a buen ritmo. Mas teniendo en cuenta que este país depende de los primeros, hablar de teletrabajo, al menos en este punto, resulta un desacierto económico más.

Antonio Lorca Siero







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