. Existen diversos
textos especializados donde personas expertas en el tema, hombres y mujeres, lo
explican (dirán algunos) hasta el cansancio.
Que yo he vivido situaciones donde el machismo me
ha dejado muda de coraje o impotencia es una realidad que, considerando las
características de los hechos, palabras y acciones, también resulta irrefutable;
y de ello, cuento con un repertorio interesante de experiencias, no muy amplia
ni muy corta, diría yo que suficiente. Y, afortunada o desafortunadamente,
según el cristal desde el cual se mire, esas experiencias, acorde a la época
que vivimos, se ‘actualiza’ con relativa frecuencia.
Sin embargo, corro con la suerte de que mi relación
con el género masculino estuvo determinada por dos hombres, a mi juicio,
feministas, y férreos defensores del empoderamiento de la mujer... aún cuando
este término, como tal, resultó familiar en las latitudes donde viví mi niñez
mucho después de aquella época. Sí, mi padre y mi hermano jugaron un papel
determinante para matizar mi concepción del feminismo que conocí a través de
Simone de Beauvoir.
Así, cuando la actualización de las experiencias se
presenta, hago mi mayor esfuerzo por entender las afamadas circunstancias
personales de quien colabora involuntariamente conmigo en mi crecimiento
personal. No obstante, cuando la presencia de un hombre hace diferencia en mi
día no por su machismo moderado o exacerbado, sino por muy variadas razones, no
puedo menos que admirarlo. Y, por supuesto, reconocerlo.
El día de hoy, ni más ni menos, tuve dos
experiencias sencillamente divinas. La primera, muy de mañana, en un café
cercano a un céntrico monumento de esta gran ciudad. El señor, que a juzgar por
su apariencia ha de pasar los setenta años, es un verdadero ejemplo no sólo de
vitalidad, sino de amabilidad, inteligencia y sensatez. Y esto no me lo dice su
apariencia: en más de una ocasión he podido escuchar sus pláticas, y eso es lo
que me enamora de su persona. Quisiera escuchar esa voz pausada y serena muchas
horas, y contagiarme de características tan singulares con el simple ejercicio
del oído. Consciente de que la paciencia no se adquiere por ósmosis ni por otro
fenómeno físico semejante, procuro asistir regularmente a ese lugar, y entre
bocado y lectura, me esfuerzo por aprender lo que su plática me permita.
Horas después, otro señor, también de unos setenta
y tantos años, iluminó mi tarde. Con una mirada rodeada de infinitas
experiencias manifestadas como lo que conocemos como arrugas, atendió
cortésmente mi solicitud de servicio, y a pesar de las prisas y de ser ‘hora
pico’, su sonrisa se mantuvo firme, ensanchando su rostro de lado a lado. Pareciera
que tiene claro que ninguna prisa ni larga fila justifica una descortesía.
De ambos señores recibí trato amable, no paternal;
los dos, en medio del trajín característico de sus lugares de trabajo, se
dieron el tiempo suficiente para saludar y dar las gracias. Del primero nunca
he recibido un ‘bonita’, ‘preciosa’ o ‘niña’, que parece abundar en el léxico
de muchos caballeros que, pasada cierta edad, se permiten tratar a las mujeres,
sobre todo si aparentan menos de 30 años, como menores de edad.
Aquí cabrían distintas opiniones; habrá quien diga
que el primero cuida su negocio y el segundo su trabajo; tal vez se podría
argumentar que ese ‘saber tratar’ lo adquirieron con los años. De una u otra
manera, considero que no está por demás aprender de quienes, por la edad o
convicción propia, se reservan para ellas mismas un trato digno. Porque, al
tratar dignamente a las personas, una o uno no puede menos que tratar
dignamente de vuelta. Es una ley de vida... claro, repetidamente se quebranta,
pero sin duda, la vida –sabiamente, se cobra el adeudo.
Todas y todos tenemos derecho (quizá obligación) de
tratar de ser mejores personas. Si alguien en el pasado hizo del machismo su
bandera y de la violencia una forma de vida, no significa que en algún punto de
su existencia no tenga el deseo sincero de cambiar. Es importante hablar de la
violencia de género, por supuesto; sin embargo, estimo igualmente importante
hablar de las opciones que existen en la actualidad para no sólo evitar la
violencia, sino también para prevenirla, combatirla y, por qué no, eliminarla
de quien la manifiesta.
A estas alturas algunas cejas podrán estar
levantadas, dando paso a la duda... como seguramente se habrán levantado otras,
muchos años atrás, cuando tantas mujeres reclamaban su derecho a manifestar su
pensamiento libremente. Por eso afirmo que otro mundo es posible... si desde
hoy empezamos a trabajar en ello. Nunca es tarde, y las generaciones futuras
bien valen nuestro esfuerzo...