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El desastre del virus


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18/09/2020

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Antes de la época del virus este país iba tirando como podía, incluso había cosas que funcionaban, pero el virus vino para darle la puntilla. Hoy puede decirse sin demasiado margen de error que no funciona casi nada y el problema no tiene visos de arreglarse ni con la soñada vacuna. Hay cosas muy preocupantes desde la vertiente ciudadana, como es la enfermedad en sí misma y todos los interrogantes que la acompañan, pero existen otras que, aunque no lo sean tanto, no por ello merecen ser pasadas por alto. En conjunto, pese a los intentos de la propaganda oficial y la publicidad de los medios afines —que son casi todos— para dorar la píldora a las gentes, la situación apunta al desastre. Basta con echar un vistazo somero a cuatro temas.

La economía, algo fundamental para la marcha de todos, si no se miraba la deuda y visto el consumo, se hubiera dicho que antes caminaba, aunque solo fuera apoyada en los servicios. Con el toque del virus, cualquiera puede observar que está por los suelos. No es preciso entrar en detalles por sectores, basta con echar un vistazo al mercado bursátil que se encarga de reflejarla. Aunque subsiste a base de maquillajes diarios y utilizando las muletas del mercado foráneo, tiempo hace que está en caída libre esperando que, si quedara algo, vengan a comprarlo los fondos buitre para proceder al desguace. Descender a los casos concretos pudiera resultar hasta humillante para los afectados, dado su prestigio, por lo que es mejor dejarlo en el plano de esa perspectiva general fácilmente perceptible por la ciudadanía.

A la política, la situación le queda demasiado grande, personajes mediocres, carentes de ideas y proyectos realizables, dependientes de las consignas de los distintos organismos internacionales, no están preparados para enfrentarse a los graves problemas, tanto sanitario como económicos, que ha traído el virus. Buen ejemplo es que, tras casi siete meses de medidas de quita y pon, con un país económicamente conducido a la miseria animado por tales medidas, estamos peor que al principio. De lo que se desprende que es preciso contar con personajes de valía que, lamentablemente, no procura la democracia al uso sostenida en lo que solo es espectáculo visual. A lo que hay que añadir que cada uno barre para su propia casa y el interés general es una leyenda. Con lo que, a falta de una acción concertada o de una política común, en este reino de taifas cada uno mangonea a su gusto a todos los niveles territoriales, porque se ha convertido en la fórmula de hacer política.

Había algo que marchaba apoyado en los principios del Estado de Derecho, pero también hace aguas. Derechos como la propiedad o la libertad, por citar alguno, ahora se escamotean sin mayores consideraciones. Para desconsuelo de los anticapitalistas la propiedad era un derecho inalienable, ahora el panorama va por otro camino. Totalmente desprotegida, este es el caso, por citar alguno, de las llamadas ocupaciones de viviendas o el impago de los alquileres que funcionan a plena marcha ante la pasividad o lo que son simples paños calientes de los que practican políticas sociales, tratando de pasar —con eso de la solidaridad ajena—la pelota de la falsa justicia social a los ciudadanos. Si se habla de libertad, cada día está más condicionada en todas sus manifestaciones. Ya se observa en el tema de las limitaciones de movimiento, de residencia o, en el otro plano, o sea, de lo que es abierta censura de la expresión no oficial, controlada a su manera por el sistema mediático.

El mayor problema a la vista del ciudadano, ante el que sin embargo no reacciona y agacha la cabeza, es la burocracia. Las oficinas públicas ya no son públicas, dado que se han convertido en un coto al que solo se puede acceder con autorización. No basta con hacer cola ante unas puertas que se abren y cierran por los correspondientes vigilantes a discreción, hasta para hacer cola hay que contar con autorización. La nueva norma reguladora de las relaciones del súbdito con la administración es la cita previa telefónica — tal vez para consuelo de las empresas del ramo—. El problema es que, además del coste añadido, la molestia de llamar y el más que frecuente riesgo de no ser atendido, porque han descolgado al teléfono al otro lado o simplemente no lo cogen —incidencia demasiado frecuente—, los trámites —salvo el de recaudar— se demoran sin fecha de resolución. Y no protestes porque es peor. Lo que parece diseñado en interés del ciudadano solo lo es para el empleado, para que no se esfuerce demasiado, esté contento y continúe cobrando puntualmente. Por otro lado, la tradicional lentitud burocrática ha alcanzado, con la disculpa del virus, sus cotas más altas, pero las retribuciones que paga el ciudadano no han bajado, es decir, se paga los mismo por una administración eficiente que por otra ineficiente, cuando no, totalmente inexistente.

En cuanto a esa rama independiente de los llamados poderes del Estado que dice ser la justicia, sigue siendo mucho más lenta de lo habitual y menos segura, porque la lentitud, digan lo que digan, afecta a la seguridad jurídica y al interés general. Las distancias con el ciudadano aumentan, muchos juzgados parecen fortines blindados frente al hipotético transmisor de males. El teléfono, cuando esta operativo, ha pasado a ser la única vía de comunicación, pero no de resolución de las demandas ciudadanas. Agobiados por tanto trabajo, se colapsan. Para acompasarse a la situación, los expedientes crecen, las resoluciones merman, mientras las retribuciones del personal se mantienen en su integridad. A cambio se ofrece una justicia que no anda a buen paso, porque camina con muletas, afectada también por la disculpa del virus o acaso todo ello haya que achacarlo a la falta de personal.

Expuesto lo anterior, es posible que alguien diga de cara al tendido, con fines propagandísticos, que la situación no es para tanto. Dejemos que cada cual opine lo que quiera, pero todo esto, si no lo es, se parece demasiado al desastre, inútilmente justificado utilizando la disculpa que ha proporcionado un virus.



Antonio Lorca Siero.



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