...”.
Y es que para muchos y muchas este verano iba a ser EL VERANO. Significaba más
de lo que uno se pueda imaginar si no está en nuestro lugar: desfase máximo,
fiestas, fuera horarios, líos, merendolas, cenas, juntanzas con los amigos y un
larguísmo etc. Sabiendo esto, cómo no íbamos a quejarnos de nuestra mala suerte?
Si bien es verdad que el virus ha
afectado a toda la población en todos los sentidos, todas nuestras ilusiones se
vinieron abajo en muy poco tiempo. Sin dejarnos apenas tiempo para asimilarlo. Cierto
es que la pandemia causó estragos mucho mayores comparado con arrebatarles uno
de los mejores años de su vida a unos adolescentes, pero es que en nosotros no
solo fue eso.
De un día para otro nos enviaron a
casa con una incertidumbre incalculable. ¿Cómo iban a continuar las clases?
¿Volveríamos algún día? ¿Qué iba a pasar con la 3ª evaluación? ¿Iba a haber
exámenes? Y en ese caso, cómo? Y por supuesto, la pregunta del millón: que iba
a pasar con la selectividad? ¿La iban a retrasar unos días? ¿La iban a pasar a
septiembre? ¿Y la convocatoria extraordinaria? Preguntas como estas rondaban
por nuestras cabezas el día que nos mandaron a casa. Preguntas para las que
nadie tenía respuesta. Porque los profesores tenían tanta idea como nosotros. Nos
tuvimos que enfrentar a una situación nunca vivida y justo en el curso que
decidiría nuestro futuro.
Nos vimos obligados a preparar muchas
asignaturas por nuestra cuenta porque, aunque había profesores que seguían
preparándonos lo mejor posible, otros pasaban todo lo que podían y más.
El virus también se llevó consigo la
graduación, celebración que hacía gran ilusión a los de nuestro curso. Sé que
es un mal menor, pero aunque sea pequeño, constituye un grano más de la montaña
de cosas que no pudimos hacer por culpa del condenado del virus.
A todo esto sumémosle que acabamos el
curso en julio, justo un mes más tarde de lo previsto. Verse estudiando en
julio, sabiendo que en condiciones normales a esas alturas ya llevaríamos un
mes de “el verano” fue duro y sobre todo frustrante.
También supuso un reto para muchos
porque verse entre 4 paredes las 24 horas del día de las cuales 8 horas nos las
pasábamos frente a una pantallas, no fue para nada fácil. Personas que antes
del Covid eran muy activas, se vieron obligadas a suprimir cualquiera actividad
fuera de casa. Tampoco podemos olvidar que hay gente que no tiene la mejor
situación en casa y/o que no tiene una residencia lo suficientemente espaciosa como para estudiar y preparar selectividad en
condiciones.
Ahora estaréis pensando que esto no
solo lo sufrimos los del 02, y es verdad. Pero nuestra generación estaba en 2º
de BAC, básicamente nos jugábamos el mañana. Mientras que otros cursos, como
los de la ESO, podían hacer lo mínimo para conseguir pasar, nosotros
trabajábamos para llevar el mejor expediente posible. Así como para 2º de BAC
el virus fue una pesadilla, a otros cursos les tocó el Gordo. Una gran parte de
nosotros considerábamos el verano como nuestra recompensa, nuestro premio por el
esfuerzo realizado durante todo el curso. En menos que canta un gallo el
aliciente de acabar el curso limpio para disfrutar de “el verano” se esfumó.
La selectividad también tuvo su ración
de daños, como no. En lugares de espacio reducido hubo que recurrir a pasillos,
pavellones, etc. Lugares que no eran ni de lejos adecuados para hacer exámenes.
En nuestro caso, nos tocó pasillo. Un pasillo lleno de ruidos, profesores
subiendo y bajando escaleras, yendo al baño y tirando de la cisterna... A otros
les tocó una parte del pasillo sin apenas luz. Y lo que es peor, sin reloj. Sí,
una incoherencia gigantesca: todo el año repitiéndonos que distribuir bien el
tiempo durante el examen es crucial, que debemos controlar siempre la hora…
¿para que al final algunos ni dispusiérmos de reloj? Los del pavellón no
salieron mejor parados: cualquier ruido, incluso el más insignificante, retumbaba
y eso dificultaba mucho la concentración.
Ya a nivel sentimental, nuestros
últimos días en el instituto los pasamos como unos del montón. No teníamos ni
idea de que eran nuestros “últimos días” en demasiados sentidos. Nuestros
últimos días conviviendo con nuestros compañeros, algunos de toda la vida. De
las últimas veces que nos sentábamos en la cafetaría a charlar de cosas
relevantes y otras que no lo eran. De las últimas clases con algunos de los profesores
que nos vieran crecer. En definitiva, no fuimos conscientes de que estábamos
nada más y nada menos que saboreando los últimos momentos como alumnos de
secundaria.
El Covid también arruinó el viaje de
fin de etapa que muchos y muchas esperábamos con verdadera ilusión. Un viaje
que no olvidaríamos nunca, porque sería con nuestros amigos y amigas, de toda
la vida o no, pero que al final, habían acabado siendo parte de nuestro círculo
más cercano este año.
El verano, como ya dije, sufrió las
peores consecuencias. Hubo que prescindir de las fiestas de prado que, para
muchos, protagonizaban nuestro verano. El aforo y los horarios de bares y pubs
también contribuyeron a empeorar las salidas.
Y esto no es todo, el comienzo de una
nueva etapa, como es la universitaria, también se va a ver afectada. El primer
mes es muy alocado debido al sentimento de libertad que te embarga al
principio. Ese primer mes universitario se suponía que iba a estar lleno de
fiestas y salidas, pero gracias al coronavirus esto tampoco será posible.
Entiendo que haya gente que nos
considere egoístas, pero tienen que ponerse también en nuestro lugar. El año
que se suponía que iba a ser de los mejores de nuestras vidas, se ha convertido
en uno de los “peores”. Todo lo que nos habían contado sobre ese legendario año
se evaporó en tan solo unos meses.
Nuestra “pérdida” puede que no sea la
más grave, ni mucho menos. Pero es una pérdida más al fin y al cabo. Y oír a
gente decir que somos unos “llorones” es simplemente hiriente para algunos de
nosotros. También estamos en nuestro derecho de quejarnos. Somos una víctima
más del maldito coronavirus, mortal o no, pero víctima después de todo.