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Las masas no se rebelan


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12/09/2020

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Decía Ortega que las masas se habían rebelado, accediendo a espacios antes reservados a las elites y con ello había tenido lugar la devaluación de lo selecto. Matizando y llevado el tema al terreno político, en primer término, los tradicionalmente considerados como los mejores, que en ese caso se venía entendiendo que era la nobleza, nunca fueron tan selectos y virtuosos como se decía —basta con leer a Sade—, simplemente se trataba de un elemento diferencial esgrimido por unos pocos frente a las masas para dominarlas, que se prolongó en el tiempo sin causa justificada y continúa vigente, aunque sea como anécdota. Sucedió que, debido al empuje de otros intereses más enérgicos, simplemente se abandonó el paradigma de la nobleza hereditaria para acogerse a otro argumento diferencial que se llevó a la escena en forma de democracia representativa, en el que parecía que las masas iban a arrollar el viejo orden. Por otro lado, hay que aclarar que las masas nunca se rebelaron políticamente, porque siguieron siendo fieles a las elites que tomaron el puesto que dejaron vacantes las precedentes.

Socialmente el cambio se aprecia con la aparición del mercado de masas, como fuente del desarrollo capitalista, en el que caben todos, tanto selectos como comunes. No obstante, incluso en ese terreno, no por ello desaparece el instinto de diferenciación. Baste señalar el papel del lujo que, a decir de Sombart, ha contribuido a un mayor desarrollo del capitalismo, a tenor del atractivo que ejerce el sentido de distinción basado en el refinamiento en la mayoría de los consumidores, lo que permite establecer diferencias. La existencia se ha adaptado a las nuevas circunstancias sin establecer mayores desigualdades de fondo, en todo caso mucho más suavizadas, pero las diferencias persisten, lo que sucede es que superarlas está al alcance de casi todos, puesto que lo que manda sobre cualquier otro elemento de diferencial es el dinero. La distinción establecida en este caso es inofensiva y lo más que despierta es envidia entre algunas gentes que se quedan rezagadas en la escala de la disponibilidad económica. Hablar de rebelión de las masas podría tener cierto sentido, dado que las personas al menos cuentan como consumidores. Lo que supone poder de decisión, con lo que imponen cierto grado de exigencia en el mercado y establecen nuevos cánones de lo común, desplazando a lo selecto asociado a una minoría dirigente.

Sin embargo, el problema de las diferencias adquiere otros matices en el terreno institucional dependiente de la política. Mientras en lo social, cuando no se ejerce la prepotencia, proclamar la distinción se reduce al pavoneo, en lo que afecta al ejercicio de la autoridad aneja a la praxis de la política oficializada en términos estatales, la cosa cambia, porque impone sumisión a la vieja usanza a lo que se considera selecto. En este caso el elemento diferencial viene ahora a través de la democracia representativa, que permite establecer la distinción entre electores y elegidos. Estos últimos van a representar temporalmente el papel de lo selecto, generalmente careciendo de valor —ni virtud ni dinero— y acogiéndose, una vez seleccionados por su grupo, a resultar elegidos en el sorteo, donde el mérito apenas juega y simplemente decide la suerte de la imagen. Es en este plano donde las masas no se han rebelado, porque han sido contenidas hábilmente a las puertas del poder. Las han venido engañando con caramelos, mientras los nuevos selectos se daban el festín con marisco de primera calidad.

Saboreando la golosina democrática, no obstante las masas durante un tiempo no han dejado de mirar con respeto la dignidad con la que se pronuncia la autoridad en los sitiales oficiales, por su solemnidad, la estética de los personajes, la sobriedad de la vestimenta, las buenas formas, sus ritos, en suma, la parafernalia propia del sistema de poder. Pero como el consumo empuja y la ilustración tecnológica viene empujando todavía más, haciendo de la vida espectáculo en lo posible, muestran cierto grado de aburrimiento con eso de la solemne dignidad de esos personajes, aunque sean democráticos. Les quieren más cercanos, a ser posible con la ropa de calle y rayando en el esperpento, al uso de la antiestética tradicional, con vistosos colorines para dar alegría a los recintos del poder. En su animo está el rebelarse como buenos consumistas, de manera que para no hacerlo y continuar disfrutando con la golosina, exigen espectáculo variopinto.

Hace poco que las minorías dirigentes han recogido el mensaje y han alterado la estética política tradicional. Lo han hecho acertadamente para sus intereses, porque las masas parece que se han apaciguado. La razón es que les han suministrado democracia espectáculo. A la manera del mercado de internet, la política ofrece imágenes continuadas, ocurrencias de fotocopia foránea, anécdotas y personajes que llaman la atención. Como complemento, algunos de los que han sacado el título de político, saltan a la arena y entretienen con sus monólogos, hasta caen bien por su tipo estrafalario de plena actualidad, por su vestimenta rompedora siempre a la moda y, fundamental, por su personalidad, prefabricada al gusto del consumidor ocasional de cara a que no decaiga el espectáculo. Otros ocupan la tribuna, asistidos por el abigarrado colorido de fondo, y venden lotes de palabras a precio de saldo porque se han devaluado, ya que la palabra e incluso lo de la retórica se han quedado obsoletas para el consumidor. En definitiva, políticamente la mayoría del personal disfruta porque está entretenido. De esta manera la cosa va marchando y las masas no quieren rebelarse.

Antonio Lorca Siero







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