La Belleza inmersa en el Caos

 

. Desde que él hace uso de la razón, ha cuestionado en todas sus formas la realidad que le hace frente. Grandes preguntas han llegado a su cabeza, sin embargo, muy pocas de ellas han sido resueltas definitivamente. Y es que, por medios humanos es realmente difícil llegar a certezas; los sentidos engañan, la razón, aunque clara, se aleja de los límites de la realidad tangible en muchas ocasiones. ¿Qué es lo que queda? Nada.

En medio de este ‘entrópico’ contexto, una de las cosas a las que el ser humano ha querido encontrar fundamento, es a su existencia. A través de la experiencia ha determinado que los fenómenos cuentan con un origen, causado por un factor externo al mismo, y tienen un sentido dentro del orden natural. No obstante, cuando él mismo es el fenómeno a estudiar, la tarea de buscar respuestas se convierte en irrealizable, pues, no le es posible responder de forma clara, absoluta y sin caer en errores o falacias.

Volviendo al comentario del principio, por consecuencia a la falta de respuestas, para no caer en desesperación el ser humano ha creado ‘mecanismos de defensa’, como lo son: la política, la familia, la religión, la identidad de grupo. A través de ellas, logra responder a los cuestionamientos primordiales: ¿Cuál es el sentido de la existencia? ¿Qué es el bien? ¿Existe el mal? ¿Hay algo tras la muerte? Entre otros. El principal problema es que, más que una ayuda, son una forma de destruir la curiosidad, de cegar al hombre, de privarlo de su transición a una mejor versión de sí mismo, del goce de los placeres intelectivos y sensitivos. Esto se muestra en la célebre frase del gran filósofo alemán Friedrich Nietzsche: “Tener fe significa no querer saber la verdad”. Entendiéndose por fe, todos los mecanismos mencionados.

Ahora, el sentido de la existencia no debe ser extraído de un agente externo al ser humano. Este es un ser hecho, en principio, para ser libre, por lo que una imposición se contrapone a su propio carácter. El fin de él, de esta manera, está dentro de sí. Es decir, recae, como ya se mencionó anteriormente, en el goce de los placeres intelectivos y su cultivo; del disfrute de los sentimientos –desde la tristeza y el odio, hasta la felicidad y el amor- a través del arte, la catarsis o la reflexión; de la búsqueda constante de libertad, del encaminamiento a un mejor ser, que también enuncia el filósofo ya citado, ‘El superhombre’. De esta forma, se puede aplicar otra de sus frases célebres, proveniente de la obra: “Así habló Zaratustra”, en la idea que se quiere transmitir: “La grandeza del hombre está en ser un puente y no una meta: lo que en el hombre se puede amar es que es un tránsito y un ocaso”.

Sin duda alguna, la existencia no es un paraíso cristalino, se asemeja más a un calabozo en el que se está confinado por el periodo que dura la misma vida misma. Más que el aspirar a un cambio, hay que empezar a sobrellevarlo, y finalmente, encontrar la belleza inmersa en el caos.

UNETE



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