Levantamiento árabe: ¿Buenas o malas noticias para el resto del mundo?



 


  Las dictaduras del Medio Oriente están siendo sometidas a un nivel de presión inimaginable, si se toma en cuenta la fuerte resistencia al cambio que se gesta en comunidades asentadas en estructuras  sociales marcadas por el respeto al orden jerárquico, el inmovilismo social y la preeminencia religiosa.

A pesar de la gran dependencia económica y política de los países occidentales más desarrollados, el mundo árabe se ha mantenido prácticamente impermeable a los grandes procesos sociales que han enmarcado el desarrollo de las democracias capitalistas.

Es así que procesos políticos y sociales tan significativos como la separación progresiva Iglesia-Estado, la emancipación de la mujer y su inclusión en el mercado laboral y la política, como la discusión y legislación sobre asuntos valóricos – que acentúan la libertad individual por sobre lo colectivo- han estado ausente en la existencia de estados claves para la sostenibilidad de la economía mundial.

En el periodo de la postguerra – y al verse sumidos en el conflicto global Capitalismo vs. Socialismo – la gran mayoría de los estados árabes adoptaron un criterio utilitario, aliándose con la potencia que mejor reforzara su posición frente a los intereses geopolíticos que se generaban en el entorno geográfico más cercano.

En las postrimerías de la Guerra Fría, el agotamiento de las dictaduras ideológicas en América Latina y Europa del Este estimuló a estas sociedades a instaurar un estado de derecho para iniciar un proceso de apertura y participación que fomentara el avance social y económico experimentado por las democracias más avanzadas.

Aunque muchos países menos desarrollados (como los latino americanos), no están totalmente libres de las grandes limitaciones que imposibilitan el perfeccionamiento de un régimen democrático, gran parte del mundo árabe ni siquiera ha probado el camino institucional que otros estados han seguido con mayor o menor éxito.

Consiguientemente, el gran entusiasmo – que despertó en la comunidad internacional la ola democratizadora en Latinoamérica y los países de la Europa del Este a fines del siglo XX – hoy se confabula con la perplejidad  y la incertidumbre.  Y no serían sentimientos infundados. En el caso de sociedades tuteladas por élites represivas, patriarcalistas y militaristas, la promesa del advenimiento de la democracia podría fácilmente pavimentar la llegada de segmentos fundamentalistas e intransigentes que repudian a Occidente, su cultura y desarrollo institucional.

Para detrimento de EEUU y todos sus aliados en la comunidad internacional, estos sectores del mundo árabe nunca han estado exentos de arraigo popular. En el año 1991, el triunfo del Partido Islamista en las elecciones generales en Argelia se convirtió en el peor escenario para un mundo Occidental que aún no se reponía de la revolución Iraní y la asunción al poder de una casta religiosa fundamentalista y combativa.    

La voluntad popular de los argelinos  debió ser oficialmente ignorada, desatándose una cruel guerra civil que cercenó cualquier acercamiento con las virtudes de la democracia. El año 2006, el contundente triunfo electoral del movimiento palestino Hamas en los territorios ocupados por Israel, fue recibido con fuertes sanciones económicas y políticas por parte de EEUU y la Unión Europea. Los terroristas de Hamas – de acuerdo a la propia clasificación asignada por EEUU y sus aliados – estaban en condiciones de llegar al poder por la misma vía que legitimaba a las administraciones paralizadas por su victoria.

Lo anterior revelaría que un Medio Oriente menos sujeto a los intereses de una elite nacionalista y extremadamente conservadora – pero muy dependiente de las ventajas económicas generadas por una relación mercantil y pragmática con las potencias occidentales- se torna mucho menos predecible para las naciones que más necesitan de la estabilidad de estos mercados.

¿Qué será de Egipto y su rol estabilizador en una región constantemente amenazada por el avance del fundamentalismo religioso?

¿La unión de fuerzas libias que derrocaron y vejaron a un dictador brutal – como Gaddafi – serán capaces de contener la instauración de un régimen adverso al surgimiento de una sociedad  más abierta y tolerante?

¿Puede la democracia florecer en sociedades que  se resisten a debatir los temas que la fortalecen?

Irónicamente, la democracia – más que el imperio de dictaduras brutales dispuestas a tratar con sus enemigos occidentales - podría terminar generando peores dilemas de seguridad para los mismos estados que apuestan a la intensificación de un proceso de democratización "a la occidental" global.



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Levantamiento árabe: ¿Buenas o malas noticias para el resto del mundo?


 

(por Carlos Salas Lind: www.carlossalas.com)

  Las dictaduras del Medio Oriente están siendo sometidas a un nivel de presión inimaginable, si se toma en cuenta la fuerte resistencia al cambio que se gesta en comunidades asentadas en estructuras  sociales marcadas por el respeto al orden jerárquico, el inmovilismo social y la preeminencia religiosa.

A pesar de la gran dependencia económica y política de los países occidentales más desarrollados, el mundo árabe se ha mantenido prácticamente impermeable a los grandes procesos sociales que han enmarcado el desarrollo de las democracias capitalistas.

Es así que procesos políticos y sociales tan significativos como la separación progresiva Iglesia-Estado, la emancipación de la mujer y su inclusión en el mercado laboral y la política, como la discusión y legislación sobre asuntos valóricos – que acentúan la libertad individual por sobre lo colectivo- han estado ausente en la existencia de estados claves para la sostenibilidad de la economía mundial.

En el periodo de la postguerra – y al verse sumidos en el conflicto global Capitalismo vs. Socialismo – la gran mayoría de los estados árabes adoptaron un criterio utilitario, aliándose con la potencia que mejor reforzara su posición frente a los intereses geopolíticos que se generaban en el entorno geográfico más cercano.

En las postrimerías de la Guerra Fría, el agotamiento de las dictaduras ideológicas en América Latina y Europa del Este estimuló a estas sociedades a instaurar un estado de derecho para iniciar un proceso de apertura y participación que fomentara el avance social y económico experimentado por las democracias más avanzadas.

Aunque muchos países menos desarrollados (como los latino americanos), no están totalmente libres de las grandes limitaciones que imposibilitan el perfeccionamiento de un régimen democrático, gran parte del mundo árabe ni siquiera ha probado el camino institucional que otros estados han seguido con mayor o menor éxito.

Consiguientemente, el gran entusiasmo – que despertó en la comunidad internacional la ola democratizadora en Latinoamérica y los países de la Europa del Este a fines del siglo XX – hoy se confabula con la perplejidad  y la incertidumbre.  Y no serían sentimientos infundados. En el caso de sociedades tuteladas por élites represivas, patriarcalistas y militaristas, la promesa del advenimiento de la democracia podría fácilmente pavimentar la llegada de segmentos fundamentalistas e intransigentes que repudian a Occidente, su cultura y desarrollo institucional.

Para detrimento de EEUU y todos sus aliados en la comunidad internacional, estos sectores del mundo árabe nunca han estado exentos de arraigo popular. En el año 1991, el triunfo del Partido Islamista en las elecciones generales en Argelia se convirtió en el peor escenario para un mundo Occidental que aún no se reponía de la revolución Iraní y la asunción al poder de una casta religiosa fundamentalista y combativa.    

La voluntad popular de los argelinos  debió ser oficialmente ignorada, desatándose una cruel guerra civil que cercenó cualquier acercamiento con las virtudes de la democracia. El año 2006, el contundente triunfo electoral del movimiento palestino Hamas en los territorios ocupados por Israel, fue recibido con fuertes sanciones económicas y políticas por parte de EEUU y la Unión Europea. Los terroristas de Hamas – de acuerdo a la propia clasificación asignada por EEUU y sus aliados – estaban en condiciones de llegar al poder por la misma vía que legitimaba a las administraciones paralizadas por su victoria.

Lo anterior revelaría que un Medio Oriente menos sujeto a los intereses de una elite nacionalista y extremadamente conservadora – pero muy dependiente de las ventajas económicas generadas por una relación mercantil y pragmática con las potencias occidentales- se torna mucho menos predecible para las naciones que más necesitan de la estabilidad de estos mercados.

¿Qué será de Egipto y su rol estabilizador en una región constantemente amenazada por el avance del fundamentalismo religioso?

¿La unión de fuerzas libias que derrocaron y vejaron a un dictador brutal – como Gaddafi – serán capaces de contener la instauración de un régimen adverso al surgimiento de una sociedad  más abierta y tolerante?

¿Puede la democracia florecer en sociedades que  se resisten a debatir los temas que la fortalecen?

Irónicamente, la democracia – más que el imperio de dictaduras brutales dispuestas a tratar con sus enemigos occidentales - podría terminar generando peores dilemas de seguridad para los mismos estados que apuestan a la intensificación de un proceso de democratización "a la occidental" global.




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