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La economía según John Steinbeck


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23/10/2011

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La economía según John Steinbeck


El diagnóstico que hace de la crisis financiera mundial el premio Nobel de Economía 2001, Joseph Stiglitz, halla resonancia en los trágicos desenlaces creados por otro Nobel estadounidense, el de Literatura de 1962

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 Al leer al Premio Nobel de Economía del 2001, el ineludible Joseph Stiglitz, en particular un apremiante diagnóstico al que accedo por cortesía de Prodavinci.com, el lego que soy se dispersa al llegar a un pasaje profético en el ciclo fatal que hoy se manifiesta en una crisis, con antecedentes muchos, pero sin precedentes por ser como antes nunca, “global”, que constatan las finanzas de las mayores potencias del mundo. Escribe Stiglitz: “El problema es similar al que se presentó a principios del siglo XX (en Estados Unidos), cuando un rápido crecimiento de la productividad en el sector agrícola obligó a la mano de obra a mudarse de las áreas rurales a los centros fabriles urbanos. Con una caída de los ingresos agrícolas superior al 50% entre 1929 y 1932, era de esperar que se produjera una migración a gran escala. Pero los trabajadores quedaron ‘atrapados’ en el sector rural, porque no tenían recursos para trasladarse; y la caída de sus ingresos debilitó de tal modo la demanda agregada que el desempleo industrial y urbano se disparó”.

 

Me viene a la divagadora cabeza James Dean. Sí, aquel portentoso histrión que para los más pasó a la historia detenido en alguna pose. Evoco esa escena desgarradora de Al este del paraíso (East of Eden), el drama dirigido para la pantalla por Elia Kazan, basado en la novela más recordada de otro premio Nobel estadounidense (aunque de literatura), John Steinbeck. Para no perder tiempo hago cut paste del plot sugerido en el portal Internet Movie Data Base(imdb.com), que me parece no menos fiel que cualquier otra sinopsis:“En Salinas Valley, en tiempos de la Primera Guerra Mundial, Cal Trask se siente impelido a competir contra las abrumadoras ventajas de su hermano Aron por el amor del padre Adam. Cal se siente frustrado ante la posibilidad de la guerra, ante cómo avanzar en los negocios y por tanto en la vida, y también ante cómo relacionarse con una madre ausente”.

 

Un guionista puede comprender por qué Kazan junto al escritor de la adaptación, Paul Osborn, hayan podado buena parte de las tramas entrecruzadas de la novela de Steinbeck para hacer el foco argumental en el aludido trío de padre y dos hijos. En la caja de resonancia del tiempo universal, la alusión al origen bíblico tiene sonoros ecos: Caín y Abel. Por no insistir en que el título de la obra cita un pasaje del Antiguo Testamento.

 

Las uvas de la ira

 

Tan poderosamente inapelables son las narraciones de Steinbeck, que al ser transfiguradas en cine conservan intacta la nuez trágica de toda épica humana. El lector avisado ya sabe que la época a la que se refiere Stiglitz no coincide en el rigor histórico con la que inspira Al este del paraíso, la novela de marras. Más bien se emparenta con otra obra de Steinbeck, llevada al cine por el gran John Ford: The Grapes of Wrath (Las uvas de la ira) ¿Quién no recuerda con genuina emoción la escena en que Henry Fonda en el papel del perseguido Tom Joad recita el monólogo inmortal, el “I’ll be there speech”?

 

La familia Joad es arrastrada precisamente por la situación que Stiglitz taxonomiza sumariamente: familias campesinas de Estados Unidos condenadas a un viaje sin retorno y con pocas esperanzas. El parlamento que quiero citar corresponde al momento en que Tom, en medio de la desesperación, se despide de la madre y ella lo inquiere dulcísima, resignada, “¿Cómo sabré dónde estarás”. Y Tom responde: “Estaré en cualquier parte en la oscuridad. Donde quiera que veas, donde quiera haya una lucha para que la gente pueda comer. Ahí estaré. Donde quiera un policía golpee a un hombre, ahí estaré…Donde quiera que los niños hambrientos rían porque saben que la cena está lista. Ahí estaré…Cuando la gente haya comido lo que cultivaron y vivan en las casas que levantaron. Ahí estaré”.

 

Palidecen las consignas de los “ocupas” de Zuccotti Park, una lástima.

 

Las razones de Adam

 

De vuelta al enredo de Adam, Aron y Cal Trask, recuérdese entonces el momento en que el desventajado hijo menor, Cal (James Dean) intenta “comprar” el ansiado amor de un padre en extremo recto.

 

Adam, el padre, perdió una gran cantidad de dinero a causa de los desarreglos económicos de la Gran Guerra. Cal entonces se aventura a hacer lo que ahora no parece gran cosa. Compra a los campesinos la cosecha de frijoles a futuro: la operación pone en sus manos un cuantioso fajo de billetes, que inocente, pícaro, desolado, entrega a su padre no solo para que el viejo recupere el dinero perdido, sino sobre todo, a cambio de ese amor, pospuesto siempre por tantas prevenciones.

 

Adam se horroriza al interrogar al hijo que colma sus manos de dólares. “¿Crees que yo sacaría ganancia de algo así?”, lo increpa. Y a continuación al ver la tribulación del vástago, lo conmina: “No quiero ese dinero. Sería feliz, hijo, si me dieras como, en fin, como lo que tu hermano me ha dado, algo honesto, humano y bueno”.

 

Como en toda tragedia, el bien y el mal se desdibujan. Adam, el padre incapaz de ternura hacia su hijo, es también incorruptible en sus valores cristianos. Es un hombre honrado como el que más. Padre e hijo terminan con el alma mutilada, el viejo moribundo, el hijo que vela por él junto al lecho ¿Qué queda de esta paradoja, acaso parábola de la fatalidad que tiene a la economía mundial en jaque?

 

Para quien no recuerde bien o no haya visto nunca el inolvidable fotograma, sírvase, que para eso está

 

Youtube: http://www.youtube.com/watch?v=GDgDFECrJmk&list=FLbfaRo1xV3dpkCUmd0ENPrA&index=3







Etiquetas:   Economía   ·   Premio Nobel

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1 comentario  Deja tu comentario


Sebastián Betanzo, Ingeniería Industrial en busca de nuevos proyectos De mi punto de vista, lo más terrible de la novela de Steinbeck, “Las uvas de la ira”, no es la situación económica que obliga a las familias a huir de sus casas y familia sino el futuro que encuentran frente a al macabro abuso y explotación de las empresas que en ese minuto representaban la única alternativa de ingresos y consiguiente supervivencia.


Esperemos que Joseph Stiglitz no haya augurado una coincidencia tan fatídica para los años que vienen ahora (y que los Bancos no tomen el rol de las Empresas Agrícolas de los años 30 en California).




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