. Pero no fue
así. Cayetana fue una apuesta personal de Casado, sabía perfectamente cuál era
su perfil y cómo se desenvolvía. Y en este sentido Cayetana ha sido en todo
momento fiel a sí misma, ella no ha cambiado. El que ha cambiado “su apuesta”
ha sido Casado.
Cuando
decidió ceder a las presiones del noroeste y el sureste de su partido para
cargarse a su portavoz, Casado fue tan ingenuo que debió pensar que Cayetana
iba a aceptar el cese con la misma docilidad con la que él se había plegado a
las presiones para cesarla. No hace falta ser muy despierto para adivinar que
aquella rueda de prensa en la puerta del Congreso, explicando los motivos del
cese, sentó en Génova como una patada en salva sea la parte. Porque la
exposición de Cayetana aquella tarde dejaba la imagen de Casado bastante tocada
ante esa parte del electorado del PP que vio en él una esperanza de que el
partido recuperara sus principios y volviera a dar la batalla de las ideas.
La persona
elegida para sustituir a Cayetana era Cuca Gamarra. Esa parte de la
jugada ya estaba decidida, y era la comidilla de todos los corrillos desde una
semana antes del cese. Nada mejor para escenificar el cambio de rumbo del
partido que sustituir a alguien del perfil de Cayetana por una integrante de la
lista de Soraya Sáenz de Santamaría. De alguien que criticaba la victimización
de la mujer por el feminismo radical, a alguien que se sumó de forma entusiasta
a la manifestación del 8M.
Sus
primeras actuaciones como portavoz han tenido ese tono funcionarial e insulso
que tanto gusta al marianismo, muy lejos de la brillantez y combatividad de
Cayetana. La vicepresidenta Calvo habrá sido sin duda una de las personas que
más ha agradecido a Casado la defenestración de Álvarez de Toledo.
Si lo de
Gamarra era conocido, lo que sorprendió un poco más fue lo de Almeida. No al PP
madrileño, que llevaba tiempo intentando aprovechar el tirón del alcalde de
Madrid durante la pandemia para colocarlo en el comité ejecutivo del partido.
Al final sí, pero no. A Almeida le han creado un puesto que no existía. De
hecho su “antecesor”, Pablo Montesinos, sigue siendo vicesecretario de
comunicación del partido. El puesto de Almeida no tiene trascendencia orgánica
en el partido, aunque sí visibilidad.
La primera
intervención del alcalde madrileño como portavoz no puede decirse que haya sido
precisamente un alarde de grandeza política, ya que el habitualmente sensato
Almeida decidió, como un vulgar arribista, subirse a lo de “a moro muerto gran
lanzada” arremetiendo con sorna contra la exportavoz. Para colmo no tuvo otra
idea que ofrecer las puertas abiertas del PP a una persona que hoy por hoy
sigue siendo diputada del partido. Si le hablas de puertas abiertas a alguien
que forma parte del partido más bien parece que le estés invitando a
salir.
Como
Florentino Pérez cuando quiso hacer aquel Real Madrid de Zidanes y Pavones,
Casado nos presenta ahora un PP de Almeidas y Gamarras, un partido que según
las propias palabras de Casado después de la Junta Directiva en la que se
oficializó el cese de Cayetana, ya ha renunciado a cambiar España (“un partido
no puede pretender que una sociedad se parezca a él por mucha razón que tenga.
Lo que debe hacer es parecerse lo más posible a la sociedad”)
Este debe
ser el famoso giro a la moderación