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"Capitalismo incombustible y anticapitalismo"


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21/08/2020

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Dicen algunos anticapitalistas que hay que combatir el capitalismo hasta hacerlo desaparecer en interés de todos, y en especial del suyo. Lo dicen ellos, pero la mayoría en gran medida ni se lo plantea seriamente. El problema básico es que resulta difícil borrar una ideología de manera radical y, en todo caso, siempre le queda el refugio de la historia para no desaparecer totalmente. Por otra parte, la pretensión no es más que un el intento de vender un producto alternativo, que si se observa con atención resulta que bebe de la misma fuente de lo que se pretende combatir, es decir, del capital, entendido en general como dinero concebido como instrumento de poder. En todo caso, esos anticapitalistas no pueden evitar tener que convivir con el mercado, regulado por el mundo del dinero. De ahí las dificultades de la empresa.

Intelectualmente, desde tiempo atrás, los intentos de liquidar el capitalismo no han sido nada serio, porque solamente han tocado tangencialmente el tema sin un verdadero ejercicio de reflexión racional, ya que en gran medida la intelectualidad asalariada por algún grupo de interés se mueve en el terreno de las conveniencias personales y sectoriales. De ahí que, planteada la cuestión en términos más realistas, desmontar el sistema capitalista es una ocurrencia más, promovida por algunos que se han posicionado en el espectro de las izquierdas con pretensiones de tener poder, utilizando así la tesis anticapitalista para vender su mercancía electoral. Comercializar el producto por parte de los más avispados para atraer a los afectados por las injusticias sociales —de las que siempre se culpa al capitalismo— al redil de sus intereses particulares, es una estrategia pasada de moda que puede funcionar por un tiempo, hasta que el personal afectado descubre que de lo dicho no hay nada.

En el plano operativo, el anticapitalismo de las llamadas izquierdas avanzadas juega a ofertar políticas sociales. Simple ruido propagandístico, porque si trata de llevarlas a la práctica, a menudo se pone al descubierto su incapacidad y falta de preparación. Sus tesis giran en torno a todo aquello que les permita conquistar el voto y, ya en el poder, el voto se convierte en veto de cuanto discrepa de su doctrina. Sin duda la política del reparto, tratando de practicar la nueva forma de caridad con los necesitados en un ejercicio de hipocresía política, cuenta con un nutrido grupo de beneficiados que esperan a ver si cae algo más para gastar. Del lado de los promotores, lo del reparto se trata de una estrategia productiva, porque siempre ofrece réditos electorales. Curiosamente en lo de repartir, como argumento clave de la estrategia anticapitalista populista, no se hace otra cosa que seguir el juego al enemigo a combatir, entregándose a las consignas de las empresas capitalistas, que confían así en animar el mercado con la entrada de dinero fresco.

A los anticapitalistas habría que apuntarles que es en ciertas actitudes del empresariado, en su condición de comisionado para llevar a la praxis la ideología capitalista, donde reside el problema del capitalismo y no tanto en la ideología misma. Esta última viene demostrando que, pese a las circunstancias adversas, siempre resurge y se mantiene en primera línea. La razón de que el capitalismo sea sencillamente incombustible es porque cuenta con algo decisivo como es el respaldo social, y lo tiene, puesto que las empresas que siguen sus líneas maestras están orientadas a procurar el bienestar colectivo a través del consumo, para aliviar necesidades vitales de las gentes y dar vida a su propio negocio. Las personas en general piensan en términos capitalistas porque se entregan al mercado como medio para acceder, sino es al bienestar, al menos al bien-vivir. Es esto lo que le permite mantenerse en plena vigencia en su condición de fuerza conductora de la sociedad, y su posición difícilmente se le puede desmontar en base a ofertar políticas de pan para hoy y hambre para mañana, porque de lo que se trata es de mantener un bienestar real y continuado.

Sobre ese carácter de incombustible que despliega el capitalismo animando la actividad del empresariado en el terreno real, pueden servir como modelo en el convulso mundo actual las big tech que cotizan en la Bolsa neoyorquina. Mientras sectores económicos de la producción tradicional se hunden afectados por la crisis del virus —un significativo ejemplo son la mayoría de las empresas españolas que cotizan en Bolsa—, otros — Amazon, Apple y compañía— no solo se muestran inmunes a las circunstancias adversas, sino que crecen en beneficios, animados por el consumo forzado por las nuevas circunstancias. Lo que quiere decir que muchas empresas quebrarán, porque se ha orientado el consumo en otra dirección, pero es hecho evidente que la sociedad no puede dejar de consumir y allí estarán las empresas capitalistas creativas para satisfacer las necesidades de la demanda. Mientras la sociedad exija bienestar, el capitalismo no podrá desaparecer, aunque en apariencia se tome periodos vacacionales.

Si se indaga sobre los problemas sociales generados por el capitalismo, como la desigualdad y la injusticia entre otros, habría que centrarse no tanto en la ideología como en la aplicación que de ella hace el empresariado y en la propia desidia social. No plantean problemas los empresarios y esas empresas creadas para ser saqueadas por sus promotores, que pronto desaparecen, pero no sucede así con las que aplican al pie de la letra la doctrina. Este es el caso de las que subsisten contra viento y marea y no se desvanecen bajo el peso de de la avaricia enriquecedora de sus gestores, porque son verdaderamente capitalistas. Es aquí, frente al empresariado realmente capitalista, donde el anticapitalismo debe actuar poniendo orden en su actividad, es decir, colocando por delante de los intereses depredadores los intereses sociales. Por lo que respecta a la sociedad en general, se observa falta de concienciación en el tema y solamente se entrega al consumo.

Poner orden en la empresas para evitar monopolios, no solo sectoriales, sino generales, es el primer paso, ya que en caso contrario se acaba cayendo en la dictadura empresarial dado su poder económico y, si el control se entrega a una minoría de ellas, está aquí una nueva forma de totalitarismo. La cuestión en este punto es quién va a poner orden. Tal vez una respuesta podría venir de la política. El problema es que si toma posiciones la derecha, alterna con el empresariado desde un lado, y si es la izquierda, pese a que se declare anticapitalista, lo hace desde el otro; los del medio simplemente basculan. Como los políticos son obligados a beber de la fuente del empresariado, no queda otra que atenerse a sus dictados, procurando guardar las apariencias ante la ciudadanía. En cuanto al anticapitalismo doctrinario, no es alternativa, porque sigue con sus elucubraciones, ignorando que la sociedad se ha declarado capitalista convencida. Quedaría la vía de los consumidores, porque tienen en sus manos las llaves del mercado, aunque distinto es que sepan utilizarlas. Sin embargo la ciudadanía no está por la labor de poner orden en la actividad del empresariado, simplemente porque resulta más cómodo que otros trabajen por ella, siempre que se garantice un nivel de bienestar creciente.

Antonio Lorca Siero



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