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El rastro del mapache


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22/10/2011

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Dedicado a los viejos que crecieron solos, bajo las adversidades de la vida y muy en especial a mi viejo.










El rastro de mapache

Era un viejo cuaderno que guardaba celosamente, aunque no tenía la menor idea del significado de los garabatos y las letras que veía en el papel amarillento, fue  un regalo del maestro de la primaria rural, el abecedario y ejercicios de caligrafía sin resolver, era de alguna manera para que se motivara a escribir y leer, desde entonces el deseo de aprender  lo acompaño todos ese tiempo al pasar frente a la escuela “Adolfo Ruiz Cortines”, decididamente lo  conservó como un tesoro.

   A las cinco de la mañana, hora en que levantaban a Miguel, pues a sus escasos ocho años, ya se entendía con las obligaciones de un adulto, el trabajo ante todo era primero para comer en esa casa, en la sierra el frío suele ser crudo, los pies descalzos parecían resentirlo más, los labios y las mejillas se agrietan a la menor gesticulación  por el inclemente invierno por eso  escondía de la tía Águeda, una vieja y roída manta para cubrirse,  mientras le ponían su almuerzo,  tortillas, papas cocidas, sal de grano y salsa para el día.

El abuelo Aurelio preparaba los arreos de los burros cargados con castañas de encino,  llenas de pulque, para entregar en el tinacal.

En camino de la vieja e interminable  ladera azulosa sus burros seguidos de un viejo perro, exhalando vaporcito por el hocico,  algunos rayitos de sol parecían animarlo en su andar taciturno, Miguel para quitarse  de cualquier pensamiento prefería silbar hasta el cansancio, cualquiera  a su lado lo hubiese callado tras unos minutos de haber comenzado su concierto.

Tropezar con las piedras era uno de los grandes inconvenientes, los  bordos pedregosos que caminaba  le causaban dolor y si trompicaba, pues,  en  algunas ocasiones prefería sentarse  a remediar una uña rota sin disimular el llanto, por tales consecuencias unos zapatos serian como una bendición,  los imaginaba al andar como si los llevara puestos cubriendo del frío y de los golpes en la rocas, tal vez  la Chavelita, la niña de las trenzas  sí se fijaría en él.

                                                          

 Esto le dibujaba una picara sonrisa en el rostro, que sin aparente motivo  se dibujaba de oreja a oreja lo que provocaba alegría en la gente que lo veía pasar.

Sonreír por unos zapatos, era un pensamiento  que no podía eludir en las mañanas.

Sus deseos de ir a la primaria y tener  un hogar al lado de su madre que lo había abandonado desde pequeño,  no sabía que era tener un papá que lo ayudara y protegiera,  ya que murió cuando él tenía tres meses de vida, el abandono a veces le menguaba sus fuerzas pero lo hacia ser fuerte el orgullo ó coraje, la realidad era  llevar el pulque al tinacal una labor de rutina, trabajo impuesto por el abuelo; raspar la savia de los magueyales por las tardes para extraer  aguamiel, era otra de sus actividades,  pues generaba un ingreso para  el sustento  familiar,  compuesta entre tías, abuelos y primos, al no haber más recursos la escuela, era casi un privilegio para pocos niños, las jornadas  largas apenas y podía escapar por las noches con la palomilla, el regreso era una odisea para que no lo pillaran llegando tarde.

“El pulque  bebida ancestral y apreciada por los aztecas y mexicas, solo los  sacerdotes y jerarcas de la gran Tenochtitlán tenían ese privilegio de beberlo, pues estaba prohibido  para la gente corriente de esa época”.



“En las sierras a falta de agua potable significa una importante fuente alimenticia por las propiedades de este néctar para los pobladores   mitigando  el hambre y la carencias alimenticias de las familias”.

 Muchas veces se detenía bajo los árboles frutales, para comer capulines ó duraznos, mientras los burros se comían algunas mazorcas del los sembradíos.

El viejo Agapito lo miraba hacer de las suyas tras el solar de su casa, hasta que una mañana lo llamo con un silbido parcamente entonado.

-   muchacho venga pa aca- al caer en cuenta  del enojo del  viejo, no tuvo más remedio que acercarse con cierta preocupación por los destrozos de sus burros.

– ¿onde vas chamaco?- pregunto el Don Agapito.

-Pos voy al tinacal a dejar el pulque de mi abuelo- contesto Miguel

Don Agapito dirigía su mirada vidriosa hacia los burros  y sin titubeos le comento,

 -ira chamaco te voy a dar una zurra porque me estás haciendo destrozos en la milpa-

Al escuchar Miguel  la amenaza se dispuso a salir corriendo, cuando el viejo le replico

-Ora que si quieres que te perdone, tendrás que dejarme todo el pulque que trais-

La amenaza le provoco responder cautelosamente para no irritar más al viejo Don Agapito que tembloroso por la cruda le urgía hacerse un ventajoso trato y beber a como diera lugar para mitigar la terrible resaca.

-Pos no señor, si le doy el pulque mi abuelo me va acabar con una vara de ocote-

 y ya dispuesto a irse apresuradamente, el viejo Agapito atajo la carrera y apresurado cambio la estrategia y arremetió proponiendo otro trato mas suave.

 -mira Miguelito como trais a veces harta hambre, te voy a dejar comer los capulines que quieras cuando pases, si me regalas media castaña de pulque,  qué dices?  Sin titubear Miguel contesto meneando negativamente la cabeza.

-no Don Aga  yo  agarro la fruta madura que está en el suelo-

 Como siempre, ocultando la verdad para no ser descubierto.

Ya desesperado de enfrascarse en una discusión tonta  Agapito lanzo la última oferta que tenía preparada.

 -mira chamaco, te voy a dejar comer hartos capulines y duraznos  hasta ponerte barrigón cuando pases, pero me vas a dar dos jarros de pulque,- Miguel seguro de si mismo, le enseño sus tortillas con harto chile pa el hambre, a lo que arremetió Don Agapito pues la cruda lo estaba poniendo al borde de la desesperación- mira Miguel dame dos  jarros pa mi dolor de cabeza y yo te dejo comer la fruta que quieras de mis árboles y te regalo esos zapatos, señalándolos sobre una gran piedra,  bajo los rayos del sol  unos zapatos tiesos y desgastados pero de no mal ver para Miguelito,  eso sí un  poco grandes para su talla, pero a Miguel  le parecieron en ese momento un buen negocio ,  la oferta era terriblemente e irresistible para sus ambiciones , a lo cual respondió Miguel

- pero no le puedo dar dos jarros de pulque, si a lo mucho será uno… bueno uno y medio.-

Después del gran trato, no reparo en tomarlos, sin dar las gracias salió corriendo  tras sus burros que ya le aventajaban algunos metros, cuando por fin vio el momento  alcanzo una piedra grande debajo de un árbol para calzarse los zapatos viejos y sin media suela en ambos, se miraba claramente a través de ellos pero sin importarle tanto él avanzo con paso firme y elegante, pero dejando un rastro raro seguía marcando los dedos de los pies a lo cual con el tiempo sus amigos y conocidos bautizaran como el rastro del mapache.





no había poder humano para  levantar un burro cansado y no le quedaba de otra a esperar  un par de horas  las lagrimas al borde de sus ojos, pues  temía la aparición de la llorona, pues los relatos de leyendas de espantos le paralizaban de miedo, pero más valor le daban sus zapatos para correr si escuchaba tal espanto, las ocurrencias y las burlas no se hacían esperar, pues a la mañana siguiente mencionaban  de un rastro veloz  que merodeaba  por las noches las casas provocando las risas de sus conocidos.

Al pasar los años Miguel regreso a su pueblo, procedente de México la capital, con unos zapatos a su medida, y su viejo tesoro que ahí mismo dejara aguardando por él, pues ya había cursado el  tercer año de primaria, esa tarde con el recuerdo triste de su niñez optó por resolver los ejercicios de caligrafía de su viejo cuaderno,  Camilo su medio hermano sorprendido de ver que Miguel estuviera escribiendo, balbuceo, a lo que Miguel , antes supo entender la intención de la pregunta,

- en aquellos años cuando buscaba quien me regalara un lápiz para escribir en mi viejo cuaderno nadie creyó  que lo pudiera hacer,  Camilo creo en ti,-  él le extendió de su viejo cuaderno un maltrecho papel  y  procedió a deletrear las letras con él.

Camilo lo miró a los ojos con un gran sentimiento de respeto  

- quiero ir a la capital también tal vez con el mismo esfuerzo no me sentiré tan solo,-comento Camilo.

 Miguel había ido con la intención de alcanzar a su madre, se encontró con que había primarias para adultos trabajadores por las noches, por lo que entendió que su deseo de niño no había desaparecido así con esfuerzo y zapatos, también se llega lejos, ambos emprendieron su viaje rumbo a la capital para no volver más.





Nuestros padres representan nuestra seguridad cuando somos niños.



Etiquetas:   Relato Breve

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