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Justicia distinta


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18/08/2020


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La justicia se ha construido a partir del desarrollo humano y el uso de la razón que va de la mano con el sentido de comunidad. Ahora se le conoce como una herramienta básica para la convivencia social, sin embargo, las instituciones, dependencias y entes encargados de hacerla valer se han hecho endebles. La desinformación inmensa aunada a la desesperación y hartazgo de la gente puede desembocar en ríos de sangre con culpas camufladas entre los individuos. 






Un hombre asaltando una combi en la Ciudad de México es el escenario más repetitivo y común que nadie desea experimentar, es como lanzar los dados y rezar al cielo para no toparte con alguien con complicaciones económicas o educativas que porte un arma. Sin embargo, todos alguna vez desean o anhelan proyectar su furia social sobre ese mismo personaje con el fin de vaciar el descontento de un país con antagonismo y guerra interna. Sería una explosión de emociones que lanzaría un mensaje contundente al gremio del robo a mano armada.





La justicia social puede traer consigo algo de virtud, el desquite violento hacia el panorama de impunidad, la demostración de poder de cierta clase social, el ejercicio de una justicia ya conocida desde el marco histórico, etc. Sin embargo, su aspecto brillante o imponente puede deslumbrar a cualquiera, pues la ramificación de problemas que trae consigo esta justicia es abismal. Se puede analizar desde varios puntos, por ejemplo, la débil o nula estructuración del respeto a los derechos humanos, el tanteo frecuente de los castigos que merecen aquellos que atentan contra los demás, así como  la fácil destrucción de los cimientos que sostienen a la seguridad.





Por supuesto, nadie niega la fortuna de los pasajeros en la combi para ponerle fin a la impotencia que sufren al ser arrebatados de sus pertenencias. Es realmente tentador propinarle una golpiza a quien tuvo el descaro de privarte de tu propiedad. Sin embargo, el resultado puede ser distinto  como cuando el trabajador Manrique N, fue linchado al ser acusado de secuestro de menores en Tlacotepec. Quizá el ejemplo maneja variables distintas, pero su naturaleza atiende al mismo sentido de la frase “Si no lo hago yo en el momento ¿Entonces quién?”. El problema de justicia se vuelve aún más intenso al buscar a los individuos que provocaron la muerte del inocente empleado de Megacable. La brutalidad mostrada por los habitantes de Puebla radica en el mismo factor de un Estado frágil en el ámbito de seguridad, eso sin mencionar el dolor provocado a la familia del fallecido.





El punto no es enaltecer las figuras de estos justicieros sino encontrar las serias heridas de las que adolece el sistema de justicia. Es posible que algunas personas remarquen y señalen como privilegiados a los que desacrediten a la justicia sucedida en el transporte público. En ese sentido, la fórmula de grandeza hubiera cambiado si el ladrón hubiera muerto a manos de los pasajeros. Es un punto complicado justificar de un lado u otro aunque lo que es claro es el bache gigantesco que radica en la necesidad de proveer las herramientas de los aparatos gubernamentales para dar un paso de paz en medio de  un México en guerra. 





Estos dos casos pueden ser interpretados de diferentes maneras junto con la asignación de responsabilidades y culpas. Aún así, la conclusión o resolución de lo que pudo haber pasado tiene líneas muy delgadas que deben ser tomadas en cuenta para la visualización de dependencias e instituciones encargadas del combate a la violencia. 







Etiquetas:   Seguridad   ·   Seguridad Social   ·   Justicia   ·   Violencia   ·   Participación Ciudadana   ·   Ciudad de México   ·   Delincuencia   ·   México   ·   Justicia Social

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