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Una charla en las puertas del mercado


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18/08/2020

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@page { margin: 2cm } p { margin-bottom: 0.25cm; direction: ltr; color: #000000; line-height: 115%; orphans: 2; widows: 2 } p.western { font-family: "Liberation Serif", "Times New Roman", serif; font-size: 12pt; so-language: es-ES } p.cjk { font-family: "Noto Sans CJK SC"; font-size: 12pt; so-language: zh-CN } p.ctl { font-family: "Lohit Devanagari"; font-size: 12pt; so-language: hi-IN } a:link { so-language: zxx } UNA CHARLA EN LAS PUERTAS DEL MERCADO






Vicente Adelantado Soriano





Mas la instrucción es lo único que en nosotros es inmortal y divino. Y dos son los bienes en la naturaleza humana superiores a todo: la razón y la palabra.

Plutarco, Obras morales y de costumbres (Sobre la educación de los hijos).





Francamente no entendía nada; pero ni allí me lo iban a explicar, ni me gusta polemizar. Máxime cuando hay más de dos personas, y todos hablan a gritos, sin prestarse atención los unos a los otros. Me retiré sin responder a la persona que, evidentemente, trataba de hacer de mí su cómplice. Cargado con mi vacía mochila me dirigí a otra de las puertas, un tanto apartada, del edificio. No había nadie.

El mercado al que voy a comprar abre sus puertas a las siete de la mañana. Me viene de maravilla, pues a esa hora no hay clientes. Yo duermo poco, siempre he dormido poco, así que me suelo levantar muy temprano. Me encanta recorrer la ciudad a esas horas, y hacer fotografías. Tengo algunas realmente buenas. Luego, a eso de las siete y media, más o menos, me meto en la vacía ágora y compro aquello que me hace falta o, sencillamente, me apetece.

Un día, sin embargo, a tan temprana hora, el zoco estaba cerrado. Dos mujeres, cogidas de improviso, como yo, me informaron, en la puerta, que debido al virus, al coronavirus, alias covid-19, aquel emporio de frutas y verduras variadas, carnes y pescados de todo tipo y origen, abría a las nueve de la mañana. Razón: evitar contagios. No entendí nada: a las siete éramos pocas las personas que deambulábamos en busca de alimentos sanos y variados. A partir de las nueve, aquello se convirtió en un mercado persa. O en una de las grandes tiendas en época de rebajas. Había tanta gente que se puso en funcionamiento el reparto de numeritos, un papelito de colores, muy mono, para ser atendido. La dependienta del puesto gritaba un número, quien lo llevaba saltaba como si le hubiera tocado la lotería, y pedía de todo sin descanso ni consideración. El resto de los participantes, mientras tanto, nos desesperábamos y nos comíamos las obligatorias mascarillas en contra del virus.

Ante aquella puerta, a la que huí, a la cual se accedía por una suave rampa, nadie estaba perorando en contra de nada. Estaba solo. No tardé mucho, sin embargo, en tener compañía.

-Buenos días -me saludó un hombre de mediana estatura y con pinta de ser un buen jubilado.

-Buenos días -le respondí.

-Así que usted -continuó con toda familiaridad- también ha descubierto el secreto.

-¿Qué quiere decir? -le pregunté intrigado.

-Quiero decir que la gente es muy gregaria. Una persona se sitúa delante de una puerta, y todos los que van llegando a continuación se ponen detrás de él. A nadie se le ocurre buscar otras entradas u otras soluciones.

-¿Quiere decir que aquí estaremos solos?

-Sin duda de ninguna clase. Y además, seremos los primeros en entrar, pues los empleados no sé porqué siempre abren primero las puertas donde no hay nadie, o muy pocos humanos.

-No me había fijado en esos detalles. Igual lo hacen por sentido del humor.

-Es interesante -continuó como si no me hubiese oído-. Si va usted de viaje, verá que todas las personas se apelotonan y amontonan en unos determinados lugares. Si se sale de ellos, ni por casualidad se tropezará con nadie. Somos gregarios. Animales políticos, aunque predomina más lo primero que lo segundo.

-¿Y qué sentido tiene -le pregunté sin tener en cuenta sus consideraciones- que demoren la hora de apertura del mercado? No se evitan las aglomeraciones así.

-¡Ay, señor mío! -exclamó- no lo sé. Permítame que use este sintagma, acúseme si quiere de redicho, pero es el sintagma que menos se utiliza en este bendito país: no lo sé. Quizás algún famosillo se lo explicaría a usted a la perfección.

-¡Por Dios! -exclamé yo a mi vez- no me interesa lo más mínimo. Y eso que vengo observando, de un tiempo a esta parte, la importancia que dan los periódicos, bastantes, a las opiniones de cualquiera de estas personas, Sin más méritos, dicho sea sin ánimo de ofender, que cantar horribles canciones o hacer el indio disfrazados de cualquier cosa, o ejercer de periodistas en la televisión.

-Yo creo que esto de abrir a las nueve es un error; pero le insisto, no soy especialista. Imagino que cuando lo hacen así tendrán sus razones, aunque a nosotros no nos las hayan explicado.

-Yo tampoco lo sé.

-Somos dos ignorantes. Pero si quiere salir de este pozo de tinieblas, nos vamos a la puerta principal. Seguro que allí hay alguien perorando y nos lo explica todo como un maestro de escuela, y con pelos y señales. Poniendo al gobierno cual no digan dueñas, por supuesto.

-No tengo ningún interés.

-Yo tampoco. Era una broma -me dijo sonriendo-. Me gusta el silencio y las pequeñas charlas. A todo esto, ¿no lo estaré molestando, verdad?

-No. En absoluto. No se preocupe.

-Permanezcamos aquí, pues. Lo repito: seremos los primeros en entrar, y no tendremos que sufrir el desagradable contacto humano. Yo creo -añadió sonriendo más ampliamente- que a la gente le gusta mucho disfrazarse. Les encanta ir por ahí con mascarillas, si son de colorines, mejor. Y si mañana se dijera que deberían llevar un capirote como los que ponía la santa inquisición a los reos, se lo pondrían. Tan contentos. Ahora, hacerles ver que es fundamental guardar las distancias, que no toquen nada, que no tiren guantes y mascarillas por la calle, es pedirle peras al olmo.

-El otro día estuve discutiendo algo parecido con unos amigos. Y sí, es cierto, hay mucho bestia y mucho maleducado por el país. En cualquier acera se puede encontrar usted guantes, mascarillas, latas de refrescos, paquetes de cigarrillos, colillas… lo que quiera. Pero también hay gente muy educada… Quiero decir que doscientas personas encerradas en una biblioteca leyendo, no es una noticia. Dos descerebrados matándose a navajazos en la puerta de una discoteca es el no va más: las televisiones repetirán la escena hasta la saciedad.

-Tiene usted toda la razón del mundo. Por eso precisamente dejé yo de ver las televisiones, los telediarios y todos los programas de debate habidos y por haber.

-Es nefasto el papel que juegan.

-No recuerdo quién dijo que lo primero que se tiene que aprender con un ordenador, o con un artilugio de estos, es a desconectarlo.

-No le faltaba razón.

-Sí, desde luego. Pero también, gracias a la televisión he visto, y sigo viendo, infinidad de conciertos, música de cámara, octetos, cuartetos, óperas, etc., que, de otra forma, me hubiera sido imposible ver y disfrutar.

-Vale. Pero yo me he quedado con ganas de ver algún debate serio entre científicos o médicos, sobre el coronavirus, y no las idioteces que van diciendo por ahí toreros y cantantes, que parece que saben de todo y entienden de todo.

-La ignorancia es muy atrevida, señor mío. Y cierto es, como dijo no sé quién, que oír una sinfonía de Beethoven exige esfuerzo y preparación. Oír cualquier necio acorde de esos que dice usted está a la orden del día. Suena allá donde usted vaya.

-Los dioses no regalan nada.

-Nadie da nada por nada. Sin embargo, qué alegría tan inmensa cuando oigo, por la tele, conciertos de Telemann, de Vivaldi, de Bach… de tantos y tantos. Me llama la atención, además, la enorme cantidad de músicos que hay por el mundo. ¡Dios mío! He visto, durante estos días, infinidad de orquestas, de grupos musicales, cuartetos, octetos… Además, predomina la gente joven. ¡Ah, señor mío! Se me hace la boca agua cuando veo a gente tan joven, mujeres y hombres, tocando el violín, el chelo, el óboe… Imagino que eso llevará horas y horas de estudio, de prácticas. ¡Y qué bien tocan! ¡Qué maravilla! Sí, de acuerdo, la televisión es nefasta. Pero gracias a ella he visto, varias veces, la Sinfonía de los Adioses, de J. Haydn. La había oído muchas veces… pero ver la broma de los músicos abandonando el escenario… Me encanta. ¿Le gusta a usted la música?

-Sí.

-A mí me chifla. Cuando estoy disfrutando de alguno de estos conciertos, siempre pienso lo mismo: me encantaría que todo el mundo disfrutara de eso. Es un verdadero placer. Una maravilla. Y si no disfruta de él que sea, al menos, por propia voluntad, no por pobreza o ignorancia.

-¿Es usted consciente de lo que está planteando? Al poder no le interesa mucho la gente sensata y bien preparada. Y habría que hacer una reforma educativa en profundidad... Además, también entre los músicos hay alguno que…

-Sí, lo sé. Hay músicos mecánicos, como hay profesores mecánicos y hombres mecánicos. Han leído algunos libros y dominan algunas técnicas. Nada más. Es como quien se ducha vestido de buzo. Creo que me comprende.

-Creo que sí.

-No es eso lo que yo busco. Tampoco me voy a poner, a estas alturas, a luchar por los derechos de nadie. Sencillamente, oyendo a Haendel el otro día, me vino a las mientes la idea, temblando todo yo de emoción, de que es una pena que una música tan preciosa sea tan poco conocida, o conocida solo por los especialistas. O tal vez me equivoque, no lo sé. Estoy hablando demasiado.

-Es normal que cuando a uno le gusta algo, desee compartirlo con los demás. Ahora bien, no se enfade si los demás no aceptan aquello que a usted le gusta.

-No, no se trata de imponer nada. Sencillamente de darlo a conocer.

-Sí. De acuerdo, Pero no olvide que disfrutar de la música clásica, como ha dicho usted, requiere una cierta preparación. Lo mismo que leer ciertos textos o ver determinadas obras. Y como exige mucho esfuerzo, se ha inventado aquello de que mi ignorancia vale tanto, o más, que tu poca o mucha sabiduría. Así la conciencia se queda tranquila. Y a seguir.

-Y nos tumbamos a la bartola y dormimos. O nos quedamos donde se ha colocado el primero.

-Así es. Mire, ya vienen a abrir la puerta.

-Ya le he dicho que seríamos los primeros en entrar. Mientras este chico se dirige a abrir las otras puertas, puede usted comenzar a comprar lo que quiera en el puesto que quiera.

-A ello voy. Ha sido un placer hablar con usted -le dije en tanto nos colocábamos las imprescindibles mascarillas. Como si fuéramos a atracar un banco.

-Me temo haberlo molestado. Pero, la verdad, hacía tiempo que no me encontraba con alguien que supiera escuchar como lo ha hecho usted.

-Dicen que es el principio de la sabiduría.

-Oiga música. Es un buen complemento. Hasta otro día.

-Lo haré. Adiós -dije ajustándome la mascarilla y dirigiéndome al vacío puesto de las frutas y verduras. Tenía razón aquel hombre: fui el primero en ser atendido.



Etiquetas:   Música

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