. Para empezar es una persona con
capacidad para vivir al margen de la política, que es mucho más de lo que se
puede decir del 99% de los que pueblan el hemiciclo, destetados en las
juventudes del partido de turno, y que no conocen otro oficio que el de escalar
puestos en la nomenclatura dejándose en la gatera todos los pelos que haga
falta, porque, como decía Cervantes, no hay mayor desgracia que la del pobre,
que ni siquiera puede ser generoso, y no hay mayor desgracia que la del
político de carrera, que a falta de un oficio fuera de la política no puede
permitirse el lujo ni de tener ideas propias.
Además Cayetana es una persona con una
formación intelectual muy por encima de la media de la clase política que
padecemos en la actualidad. Comparar su perfil con el de una analfabeta
funcional como Lastra, pone de manifiesto el drama de nuestra clase política, y
el poco reparo de los españoles al valorar en qué manos y en qué cabezas
ponemos la gestión de nuestro país.
A pesar de todo ello, Álvarez de Toledo ha
cometido dos errores de bulto. El primero pensar que es posible defender ideas
propias más allá del dictado del aparato del partido. El PP actual no es aquel
de 1996 en el que cabían conservadores, democristianos y liberales, eso sí,
bajo la superior vigilancia del “General Secretario” Cascos. En el de hoy no
cabe la diversidad de opiniones; como ya dijo Rajoy, quien quiera un partido
conservador o liberal que lo cree. En el PP solo cabe el marianismo, esa
versión de extremocentrismo de la que no se espera opinión alguna sobre el
feminismo radical, sobre la memoria histórica o sobre la reivindicación de
nuestra democracia y nuestras instituciones frente a la amenaza del
nacionalismo. Ni siquiera cabe ya la defensa de la independencia de los órganos
del poder judicial, que en otro tiempo fue bandera del partido.
El segundo error de bulto ha sido poner el
bien de España, el beneficio común, por encima de los partidos, proponiendo un
pacto que aglutinara a la izquierda y la derecha constitucionalistas para
afrontar una de las situaciones más graves que ha vivido España en los últimos
50 años. Y lo hizo desde el día siguiente a las últimas elecciones. ¡Hasta ahí
podíamos llegar!
Cayetana llegó a la portavocía del grupo
parlamentario del PP como una apuesta personal de Casado, y deja dicha
portavocía por una imposición de Feijóo. Esa es la autoridad discutida que le
debería preocupar a Casado, no las propuestas de Cayetana.
Cuando Casado amagó con no apoyar la
prórroga del estado de alarma y al final la acabó apoyando, sucumbiendo a las
presiones de los de siempre, algunos intuimos la naturaleza bizcochable del
nuevo líder del PP. La destitución de Cayetana no hace sino confirmar aquella
intuición, y mucho me temo que en septiembre, como se ha encargado de anunciar
la propia Cayetana, habrá más plegamientos.
Para decepción de muchos, Casado ha
demostrado no ser más que un hombre de paja al capricho de las ocurrencias del
pseudonacionalismo caciquil de Feijóo, y de las presiones del IBEX. No hay
proyecto, no hay batalla de las ideas, no hay nada.
Y esa nada nos deja huérfanos a un buen
número de votantes.