"Un virus inteligente"



 

. Los gobiernos se limitan a seguir los consejos de los expertos e irse por las ramas en la cuestión de su procedencia, procurando simplemente que la sanidad no les deje mal ante los electores —lo que va a ser difícil—. Realmente lo que les preocupa es que se descubra que proteger a la ciudadanía no es tan prioritario como la buena imagen de las instituciones gobernantes. Por eso la oficialidad disimula lo que puede y trata el asunto remitiéndose a las estadísticas, las mascarillas y los consejos a la prudencia.

Casi tan importante como el tratamiento político del asunto del virus es la información, porque permite aliviar tensiones o crearlas. En este caso, los informadores habilitados colaboran en lo posible imponiendo la mordaza sobre el tema, cuando se va por libre, y reconducen la información al criterio profesional de los asalariados de los medios. Todo ello para evitar que algo quede fuera de control. Igualmente se construyen teorías de la conspiración descabelladas, que no pasan de cumplir con la función de entretener al auditorio y desacreditar todo aquello que no siga la línea oficial marcada. De lo que resulta que, por unas cosas u otras, se ha instalado un elevado grado de desinformación de fondo a nivel de gentes, dirigida, entre otras funciones, a no indagar la procedencia del virus ni toda la realidad que le acompaña. Lo que resulta, cuanto menos, harto sospechoso.

Aunque es evidente que la vida es tenaz y se resiste a desaparecer a todos los niveles, que un microorganismo esté dotado de lo que pudiera entenderse como una inteligencia superior considerando su carácter selectivo, estar dotado de una capacidad de difusión extraordinaria y con una artillería de efectos tan variada, da mucho que pensar. Con mayor motivo cuando está por todas partes, no se afecta el frío ni el calor y es casi indestructible. Parece ser que, pese a estas características anómalas, los destinados a hacerlo, prefieren no pronunciarse sobre todo lo que se sabe o resulta que no lo hacen a plena luz. Se desvía la cuestión hacia los animales —como los pangolines, los murciélagos o los visones, por citar algunos—, cuando en este caso debe haber, dada la malvada inteligencia del virus, intervención humana, puesto que la naturaleza no es ni mala ni buena, simplemente es en razón a su propia existencia.

En su sabiduría, curiosamente el virus no ataca a los grandes personajes ni a los poderosos, en especial a los políticos de altos vuelos. Si lo hace, curan milagrosamente —tal vez se deba a que se asisten del uso de brebajes desinfectantes y fármacos inoperantes— o no tienen síntomas y no padecen secuelas. Los efectos adversos solo afectan a una parte de la gente común, concretamente a los más débiles, justificándose en aquello de que sus defensas vitales están más deterioradas —aunque la tesis parece haber quedado en parte desfasada, puesto que su alcance letal ya no se concentra en los más débiles—. El hecho es que, mientras la minoría dirigente parece estar blindada frente al virus, este se ceba con la mayoría de las personas. De ahí que, además de los anteriores atributos, habría que señalar su sesgo elitista.

Objetivamente considerado, lo del virus ha quedado en una pademia más, dirigida a aliviar la carga demográfica del planeta, pero procurando pasarse por alto el horizonte del gran negocio que se intuye con vistas al futuro. En este plano, si bien la economía anda un poco más retrasada diseñando nuevas estrategias de mercado, la política se ha adelantado.

A nivel ciudadanía, ya se ha visto que es una buena ocasión para verse afectada por las imposiciones oficiales de altos vuelos. Incluso la política ha sido generosa con algunos, permitiendo repartir el botín del mangoneo, al punto de que ha acabado tolerando que, acogiéndose al principio de ordeno y mando, cualquiera pueda obligar al común a obrar contra su voluntad. De manera que, aquellos ciudadanos adornados con derechos y libertades crecientes hasta hace unos meses, ahora se quedan a dos velas —se dice que en su propio interés para protegerles del virus—, a la par que los que mandan se atribuyen mayor autoridad y exigen obediencia ciega amenazando con sanciones. Lo que viene a recordar a los señores de antaño y los vasallos de siempre.

Desde otra dimensión, con mayores vuelos, está la cuestión del dominio mundial, en la que el virus juega su partida. La futura vacuna suministrada a plazos, los tratamientos costosos y progresivamente mejorables —seguramente más efectivos que el remedio de la lejía de la que hablaba Trump— harán más ricos a los expertos, a sus jefes más poderosos y a sus empresas más capitalistas. Al menos tendremos un mandatario mundial que proteja, mientras los disidentes van preparando la siguiente pandemia, por aquello de la lucha permanente por llegar a alcanzar la hegemonía.

Dejando a un lado la política, hay que mirar hacia el mercado. Y si se habla de economía es inevitable hacerlo de capitalismo y de su tejido empresarial. En todo lo que sucede en el mundo siempre debe tenerse en cuenta la versión que ofrece la ideología capitalista. Sus seguidores no desaprovechan cualquier ocasión de crear capital o simplemente riqueza. El virus resulta ser la nueva panacea para crearlo, en este caso para otro sector capitalista. Mientras el tradicional se tambalea, emerge uno nuevo con diferente planteamiento de lo que será el consumo. Desde esta perspectiva el virus ha supuesto el revulsivo necesario para renovar el mercado.

Todo confirma la superior inteligencia del virus en su función de arma de destrucción indestructible —ya se habla de que hay que convivir con él— dirigida a reforzar el sistema de poder. Pese a la gravedad de la situación no se divulgan argumentos que confirmen el origen real del virus, porque no hay interés en aclararlo. No obstante, dados los avances de la investigación científica en la materia y los intereses económicos, todo apunta a intervención humana en su creación y difusión. Desarrollado en cualquiera de esos laboratorios de última generación en los que es posible manipular a voluntad la naturaleza viva, luego, que salga al exterior consciente o inconscientemente pese a las medidas de seguridad, no es imprevisible. Por el momento, va ser difícil, dados los intereses dominantes, investigar su procedencia real y sus fines, que por otra parte empiezan a estar claros. Pese a lo evidente, los poderes dominantes son categóricos cuando se pronuncian al respecto, resulta que la pandemia es un simple fenómeno natural. Dicho esto, ¿alguien duda de que el nuevo virus es un producto de laboratorio?.

Antonio Lorca Siero



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"Un virus inteligente"


 

mundo científico escurre el bulto en lo posible cuando se trata de identificar la procedencia de ese virus que campea libremente en la actualidad a nivel mundial. Los gobiernos se limitan a seguir los consejos de los expertos e irse por las ramas en la cuestión de su procedencia, procurando simplemente que la sanidad no les deje mal ante los electores —lo que va a ser difícil—. Realmente lo que les preocupa es que se descubra que proteger a la ciudadanía no es tan prioritario como la buena imagen de las instituciones gobernantes. Por eso la oficialidad disimula lo que puede y trata el asunto remitiéndose a las estadísticas, las mascarillas y los consejos a la prudencia.

Casi tan importante como el tratamiento político del asunto del virus es la información, porque permite aliviar tensiones o crearlas. En este caso, los informadores habilitados colaboran en lo posible imponiendo la mordaza sobre el tema, cuando se va por libre, y reconducen la información al criterio profesional de los asalariados de los medios. Todo ello para evitar que algo quede fuera de control. Igualmente se construyen teorías de la conspiración descabelladas, que no pasan de cumplir con la función de entretener al auditorio y desacreditar todo aquello que no siga la línea oficial marcada. De lo que resulta que, por unas cosas u otras, se ha instalado un elevado grado de desinformación de fondo a nivel de gentes, dirigida, entre otras funciones, a no indagar la procedencia del virus ni toda la realidad que le acompaña. Lo que resulta, cuanto menos, harto sospechoso.

Aunque es evidente que la vida es tenaz y se resiste a desaparecer a todos los niveles, que un microorganismo esté dotado de lo que pudiera entenderse como una inteligencia superior considerando su carácter selectivo, estar dotado de una capacidad de difusión extraordinaria y con una artillería de efectos tan variada, da mucho que pensar. Con mayor motivo cuando está por todas partes, no se afecta el frío ni el calor y es casi indestructible. Parece ser que, pese a estas características anómalas, los destinados a hacerlo, prefieren no pronunciarse sobre todo lo que se sabe o resulta que no lo hacen a plena luz. Se desvía la cuestión hacia los animales —como los pangolines, los murciélagos o los visones, por citar algunos—, cuando en este caso debe haber, dada la malvada inteligencia del virus, intervención humana, puesto que la naturaleza no es ni mala ni buena, simplemente es en razón a su propia existencia.

En su sabiduría, curiosamente el virus no ataca a los grandes personajes ni a los poderosos, en especial a los políticos de altos vuelos. Si lo hace, curan milagrosamente —tal vez se deba a que se asisten del uso de brebajes desinfectantes y fármacos inoperantes— o no tienen síntomas y no padecen secuelas. Los efectos adversos solo afectan a una parte de la gente común, concretamente a los más débiles, justificándose en aquello de que sus defensas vitales están más deterioradas —aunque la tesis parece haber quedado en parte desfasada, puesto que su alcance letal ya no se concentra en los más débiles—. El hecho es que, mientras la minoría dirigente parece estar blindada frente al virus, este se ceba con la mayoría de las personas. De ahí que, además de los anteriores atributos, habría que señalar su sesgo elitista.

Objetivamente considerado, lo del virus ha quedado en una pademia más, dirigida a aliviar la carga demográfica del planeta, pero procurando pasarse por alto el horizonte del gran negocio que se intuye con vistas al futuro. En este plano, si bien la economía anda un poco más retrasada diseñando nuevas estrategias de mercado, la política se ha adelantado.

A nivel ciudadanía, ya se ha visto que es una buena ocasión para verse afectada por las imposiciones oficiales de altos vuelos. Incluso la política ha sido generosa con algunos, permitiendo repartir el botín del mangoneo, al punto de que ha acabado tolerando que, acogiéndose al principio de ordeno y mando, cualquiera pueda obligar al común a obrar contra su voluntad. De manera que, aquellos ciudadanos adornados con derechos y libertades crecientes hasta hace unos meses, ahora se quedan a dos velas —se dice que en su propio interés para protegerles del virus—, a la par que los que mandan se atribuyen mayor autoridad y exigen obediencia ciega amenazando con sanciones. Lo que viene a recordar a los señores de antaño y los vasallos de siempre.

Desde otra dimensión, con mayores vuelos, está la cuestión del dominio mundial, en la que el virus juega su partida. La futura vacuna suministrada a plazos, los tratamientos costosos y progresivamente mejorables —seguramente más efectivos que el remedio de la lejía de la que hablaba Trump— harán más ricos a los expertos, a sus jefes más poderosos y a sus empresas más capitalistas. Al menos tendremos un mandatario mundial que proteja, mientras los disidentes van preparando la siguiente pandemia, por aquello de la lucha permanente por llegar a alcanzar la hegemonía.

Dejando a un lado la política, hay que mirar hacia el mercado. Y si se habla de economía es inevitable hacerlo de capitalismo y de su tejido empresarial. En todo lo que sucede en el mundo siempre debe tenerse en cuenta la versión que ofrece la ideología capitalista. Sus seguidores no desaprovechan cualquier ocasión de crear capital o simplemente riqueza. El virus resulta ser la nueva panacea para crearlo, en este caso para otro sector capitalista. Mientras el tradicional se tambalea, emerge uno nuevo con diferente planteamiento de lo que será el consumo. Desde esta perspectiva el virus ha supuesto el revulsivo necesario para renovar el mercado.

Todo confirma la superior inteligencia del virus en su función de arma de destrucción indestructible —ya se habla de que hay que convivir con él— dirigida a reforzar el sistema de poder. Pese a la gravedad de la situación no se divulgan argumentos que confirmen el origen real del virus, porque no hay interés en aclararlo. No obstante, dados los avances de la investigación científica en la materia y los intereses económicos, todo apunta a intervención humana en su creación y difusión. Desarrollado en cualquiera de esos laboratorios de última generación en los que es posible manipular a voluntad la naturaleza viva, luego, que salga al exterior consciente o inconscientemente pese a las medidas de seguridad, no es imprevisible. Por el momento, va ser difícil, dados los intereses dominantes, investigar su procedencia real y sus fines, que por otra parte empiezan a estar claros. Pese a lo evidente, los poderes dominantes son categóricos cuando se pronuncian al respecto, resulta que la pandemia es un simple fenómeno natural. Dicho esto, ¿alguien duda de que el nuevo virus es un producto de laboratorio?.

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