"República versus Monarquía"



 

.

No es preciso estar dotado de muchas luces para considerar la Monarquía en la actualidad una institución política anacrónica. Prolongada en el tiempo por el apego a la tradición y heredera de los viejos guerreros, cuyo derecho para tomar el poder era la conquista por la fuerza, a los que se atribuyó una serie de míticos valores de superioridad etiquetados como nobleza. Más tarde, paulatinamente se suavizó su prepotencia por el efecto jurídico, pero fue incapaz de superar el personalismo absolutista, hasta que la revolución burguesa hizo de ella una pieza clave del Estado de Derecho, en el que la institución está por encima del personalismo. Desde entonces la monarquía parlamentaria ha demostrado su valía.

Por contra, la República políticamente suena mejor, por aquello de la democracia representativa, lo de elegir a los gobernantes para que el pueblo gobierne aunque no gobierna. En definitiva, es de más actualidad, porque se mueve en línea con los nuevos valores y además ofrece oportunidades a cualquier ciudadano común para presidir la institución, si le toca en el sorteo electoral, sin que la representación simbólica de la gobernabilidad de todos quede reservada a una casta y a la herencia de una nobleza que ha estado vacía de contenido.

Un cambio de nombre en la forma pudiera ayudar a modernizar políticamente y marchar en la línea marcada por el mercado. En todo caso la decisión no corresponde a un grupo de oportunistas, sino a la totalidad del pueblo siempre que puede expresar su opinión al respecto, libremente y sin ser manipulado. Lo que no sucede en la presente campaña es que está dirigida a desprestigiar a la institución usando de argumentos espurios encaminados a procurar confusión aprovechando situaciones personales delicadas. Hay que tener en cuenta que sustituir Monarquía por República no es tan sencillo.

Quede claro que la institución monárquica de los últimos siglos no está ahí por casualidad y convendría repasar la historia. Baste señalar a los adelantados de 1869 dispuestos a cambiar la dinastía pero no la institución, pese a la oportunidad que les ofrecía el momento. No estaban muy equivocados, porque la primera experiencia republicana resultó ser un paréntesis para volver el mismo punto y eso por no hablar de la posterior, que abrió la puerta a una dictadura, para luego dar paso nuevamente al modelo monárquico. De ambas parece desprenderse que el ideal republicano, por unos u otros motivos, no estaba demasiado arraigado, quizás por falta de preparación política de los ciudadanos, ni contaba con la suficiente confianza al objeto de mantener el orden social. En este sentido, la Monarquía ha venido funcionando durante los últimos tiempos manteniendo la estabilidad política y el Estado de Derecho. De ahí que, siguiendo una línea pragmática, la idea progresista de un cambio deba ser meditada, máxime cuando no está asegurada la viabilidad de la otra alternativa, en primer término, teniendo en cuenta, entre otras consideraciones, la escasa calidad política de sus promotores. Lo que está claro es que la simple idea de modernidad política no parece suficiente para dar el salto al otro lado, con un futuro incierto, cuando en el fondo solo se trata de determinar los personajes que ocupen la Jefatura del Estado.

Planteada la opción del referéndum, es dudoso que los potenciales electores estén debidamente ilustrados para pronunciarse sobre ambas opciones. Por un lado, el mercado suele jugar sus bazas comerciales y afectaría a la elección moviendo a conveniencia la publicidad. De otro, la manipulación política es natural que funcione a pleno rendimiento para inclinar el voto de uno u otro lado, con lo que triunfarían las tesis del que venda mejor su mercancía, pero no necesariamente lo que sirva mejor a los intereses generales.

Volviendo a la campaña antimonárquica actual, se comenta que dirigida por los franquiciados bolivarianos a la que se han adherido por conveniencia los independentistas para tratar de inclinar la balanza del lado de sus respectivos intereses, cargando las tintas, con la ayuda del mercado dedicado a vender titulares, sobre la actividad privada de quien fue representación de la monarquía, no parece nada serio. Apoyarse en asuntos que en definitiva afectan a la vida personal, emitiendo valoraciones éticas dirigidas a desmontar la institución, es poco menos que ingenuo en cuando al fin y poco afortunado en la forma. Incidir en la supuesta mala imagen de quien hasta ahora representaba al país, no pasa de ser un simple chismorreo que no afecta ni al país ni a su imagen. Por contra, lo que si afecta a esta última es la situación económica al borde de la quiebra, pese a la disculpa del virus, y la incapacidad nacional para tratar de resolver tal estado, confiando que lo haga la ayuda foránea. Esta, y no la imagen que pueda dar una persona, por muy relevante que haya sido su cargo público, si es verdaderamente preocupante.

Se viene siguiendo un camino equivocado que solo permite sacar a la luz pública la escasa solvencia política de sus promotores al acudir al golpe bajo personal, como si se pretendiera proclamar a los cuatro vientos, aprovechando la ocasión, que ellos son la representación de la honradez política, el progreso y las libertades. No es difícil hablar de honradez política cuando no se tiene oportunidad de dejar de serlo o no se permite que la honradez sea debidamente probada ni lo que realmente se gesta en las propias cloacas de los aspirantes a ejercer el poder total. Tampoco se puede hablar de progreso político, cuando este se basa en repartir el dinero de los ricos, despilfarrar los fondos que vienen del maná europeo y cuatro ocurrencias más de parecido calado con fines propagandísticos. Menos aún se puede hablar de libertades, en especial la de expresión, cuando se ponen trabas a la difusión de aquello que no coincide con las consignas políticas oficializadas o incluso los franquiciados despliegan la mordaza en los medios por ellos subvencionados o afines para con aquellos que no son de los suyos. Quizá a esto se reduzca su proyecto republicano. Lo que está claro es la ausencia total de nivel intelectual y político para construir una República viable, ya que el personal dispuesto a tal fin no alcanza ni el mínimo necesario y mucho menos la categoría de los republicanos que hicieron posible las dos anteriores experiencias.

Usar una estrategia de acoso y derribo de la institución monárquica, soñando con instaurar una República para ellos y que se pueda manipular a su gusto, para aliviar viejos rencores, es una estrategia poco acertada que carece de un soporte medianamente serio. No es de recibo que ningún grupo, con fines electoralistas y ánimos de tratar de borrar la historia, se ponga la condecoración de hojalata diciendo que promueve el cambio. Por el momento, parece prudente dejar las instituciones del Estado de Derecho en su lugar constitucional y si la ciudadanía, debidamente ilustrada, se inclina por la alternativa República, entonces, agradeciendo los servicios prestados a la Monarquía, cambiar el modelo político de Estado.

Antonio Lorca Siero



Compartir
Tu nombre:

E-mail amigo:
Enviar
PDF


UNETE






"República versus Monarquía"


 

los franquiciados de la república bolivariana y los independentistas se dice que están caldeando el ambiente, enfrentando el modelo republicano al monárquico, para que, defendiendo sus respectivos intereses grupales, la sociedad se incline por sus tesis, aprovechando aquello de a río revuelto ganancia de pescadores.

No es preciso estar dotado de muchas luces para considerar la Monarquía en la actualidad una institución política anacrónica. Prolongada en el tiempo por el apego a la tradición y heredera de los viejos guerreros, cuyo derecho para tomar el poder era la conquista por la fuerza, a los que se atribuyó una serie de míticos valores de superioridad etiquetados como nobleza. Más tarde, paulatinamente se suavizó su prepotencia por el efecto jurídico, pero fue incapaz de superar el personalismo absolutista, hasta que la revolución burguesa hizo de ella una pieza clave del Estado de Derecho, en el que la institución está por encima del personalismo. Desde entonces la monarquía parlamentaria ha demostrado su valía.

Por contra, la República políticamente suena mejor, por aquello de la democracia representativa, lo de elegir a los gobernantes para que el pueblo gobierne aunque no gobierna. En definitiva, es de más actualidad, porque se mueve en línea con los nuevos valores y además ofrece oportunidades a cualquier ciudadano común para presidir la institución, si le toca en el sorteo electoral, sin que la representación simbólica de la gobernabilidad de todos quede reservada a una casta y a la herencia de una nobleza que ha estado vacía de contenido.

Un cambio de nombre en la forma pudiera ayudar a modernizar políticamente y marchar en la línea marcada por el mercado. En todo caso la decisión no corresponde a un grupo de oportunistas, sino a la totalidad del pueblo siempre que puede expresar su opinión al respecto, libremente y sin ser manipulado. Lo que no sucede en la presente campaña es que está dirigida a desprestigiar a la institución usando de argumentos espurios encaminados a procurar confusión aprovechando situaciones personales delicadas. Hay que tener en cuenta que sustituir Monarquía por República no es tan sencillo.

Quede claro que la institución monárquica de los últimos siglos no está ahí por casualidad y convendría repasar la historia. Baste señalar a los adelantados de 1869 dispuestos a cambiar la dinastía pero no la institución, pese a la oportunidad que les ofrecía el momento. No estaban muy equivocados, porque la primera experiencia republicana resultó ser un paréntesis para volver el mismo punto y eso por no hablar de la posterior, que abrió la puerta a una dictadura, para luego dar paso nuevamente al modelo monárquico. De ambas parece desprenderse que el ideal republicano, por unos u otros motivos, no estaba demasiado arraigado, quizás por falta de preparación política de los ciudadanos, ni contaba con la suficiente confianza al objeto de mantener el orden social. En este sentido, la Monarquía ha venido funcionando durante los últimos tiempos manteniendo la estabilidad política y el Estado de Derecho. De ahí que, siguiendo una línea pragmática, la idea progresista de un cambio deba ser meditada, máxime cuando no está asegurada la viabilidad de la otra alternativa, en primer término, teniendo en cuenta, entre otras consideraciones, la escasa calidad política de sus promotores. Lo que está claro es que la simple idea de modernidad política no parece suficiente para dar el salto al otro lado, con un futuro incierto, cuando en el fondo solo se trata de determinar los personajes que ocupen la Jefatura del Estado.

Planteada la opción del referéndum, es dudoso que los potenciales electores estén debidamente ilustrados para pronunciarse sobre ambas opciones. Por un lado, el mercado suele jugar sus bazas comerciales y afectaría a la elección moviendo a conveniencia la publicidad. De otro, la manipulación política es natural que funcione a pleno rendimiento para inclinar el voto de uno u otro lado, con lo que triunfarían las tesis del que venda mejor su mercancía, pero no necesariamente lo que sirva mejor a los intereses generales.

Volviendo a la campaña antimonárquica actual, se comenta que dirigida por los franquiciados bolivarianos a la que se han adherido por conveniencia los independentistas para tratar de inclinar la balanza del lado de sus respectivos intereses, cargando las tintas, con la ayuda del mercado dedicado a vender titulares, sobre la actividad privada de quien fue representación de la monarquía, no parece nada serio. Apoyarse en asuntos que en definitiva afectan a la vida personal, emitiendo valoraciones éticas dirigidas a desmontar la institución, es poco menos que ingenuo en cuando al fin y poco afortunado en la forma. Incidir en la supuesta mala imagen de quien hasta ahora representaba al país, no pasa de ser un simple chismorreo que no afecta ni al país ni a su imagen. Por contra, lo que si afecta a esta última es la situación económica al borde de la quiebra, pese a la disculpa del virus, y la incapacidad nacional para tratar de resolver tal estado, confiando que lo haga la ayuda foránea. Esta, y no la imagen que pueda dar una persona, por muy relevante que haya sido su cargo público, si es verdaderamente preocupante.

Se viene siguiendo un camino equivocado que solo permite sacar a la luz pública la escasa solvencia política de sus promotores al acudir al golpe bajo personal, como si se pretendiera proclamar a los cuatro vientos, aprovechando la ocasión, que ellos son la representación de la honradez política, el progreso y las libertades. No es difícil hablar de honradez política cuando no se tiene oportunidad de dejar de serlo o no se permite que la honradez sea debidamente probada ni lo que realmente se gesta en las propias cloacas de los aspirantes a ejercer el poder total. Tampoco se puede hablar de progreso político, cuando este se basa en repartir el dinero de los ricos, despilfarrar los fondos que vienen del maná europeo y cuatro ocurrencias más de parecido calado con fines propagandísticos. Menos aún se puede hablar de libertades, en especial la de expresión, cuando se ponen trabas a la difusión de aquello que no coincide con las consignas políticas oficializadas o incluso los franquiciados despliegan la mordaza en los medios por ellos subvencionados o afines para con aquellos que no son de los suyos. Quizá a esto se reduzca su proyecto republicano. Lo que está claro es la ausencia total de nivel intelectual y político para construir una República viable, ya que el personal dispuesto a tal fin no alcanza ni el mínimo necesario y mucho menos la categoría de los republicanos que hicieron posible las dos anteriores experiencias.

Usar una estrategia de acoso y derribo de la institución monárquica, soñando con instaurar una República para ellos y que se pueda manipular a su gusto, para aliviar viejos rencores, es una estrategia poco acertada que carece de un soporte medianamente serio. No es de recibo que ningún grupo, con fines electoralistas y ánimos de tratar de borrar la historia, se ponga la condecoración de hojalata diciendo que promueve el cambio. Por el momento, parece prudente dejar las instituciones del Estado de Derecho en su lugar constitucional y si la ciudadanía, debidamente ilustrada, se inclina por la alternativa República, entonces, agradeciendo los servicios prestados a la Monarquía, cambiar el modelo político de Estado.

Antonio Lorca Siero




Compartir
Tu nombre:

E-mail amigo:
Enviar

PDF


UNETE