. El voto negativo de
Podemos a la investidura de Sánchez en 2015 había hecho su mella, y el ascenso
de Podemos en las preferencias del electorado de izquierdas empezaba a tener su
primer gran frenazo. Rajoy con el apoyo de Rivera afrontaba la legislatura.
Sánchez había tenido el peor resultado del PSOE en democracia, pero Podemos aún
estaba lejos del soñado sorpasso. Y las encuestas no daban motivos a la
esperanza para los morados.
Con el referéndum del uno de octubre en el
horizonte, y Sánchez apoyando aunque “de aquella manera” al gobierno ante el
desafío catalán, a alguien en Podemos se le encendió la lucecita: “coño, ¿y si
hacemos una moción de censura?”. Era una forma de salir del marasmo, de
posicionarse como auténtica oposición a Rajoy, y obligar a “retratarse” a
Sánchez.
Hasta ese momento había dos antecedentes de
moción de censura en nuestra reciente historia, y con resultados dispares: la
de González y la de Hernández Mancha.
La moción de González es uno de esos mitos
autoinventados de la democracia española. Los analistas a toro pasado la
definieron como jugada estratégica magistral. Pero la verdad es que cuando
Felipe presentó su moción todas las encuestas le daban ya por futuro ganador de
las siguientes elecciones. Y además de lejos. Aquello fue como un primer mitin
de un presidente in pectore camino de su proclamación oficial.
Pero en España somos muy dados a buscarle
tres pies al gato. Y así, algún fino analista le debió poner a Hernández Mancha en 1987 el ejemplo de
la moción de González para animarle a presentar una moción de censura. Pero
claro, la tozuda realidad era radicalmente distinta: ni Hernández Mancha era
González, ni contaba con el respaldo de la inmensa mayoría de la sociedad
española. Así que el resultado fue el esperable: un batacazo de mucho cuidado.
Y a Iglesias debieron venderle lo mismo, lo
de la reafirmación como líder, lo de invertir la tendencia, lo de retratar al
PSOE, Y blablabla... Pero la verdad es que la moción de censura ni reafirmó a
Iglesias, ni sirvió para que su partido mejorase sus expectativas electorales.
Y es que una moción no te da nada con lo que no cuentes un minuto antes. Y por
el contrario te puede quitar mucho.
Ahora le toca a Vox en una situación similar
a la de Iglesias en 2017, es decir, con la amenaza de que los actuales 52
escaños sean una meta inalcanzable en unas próximas elecciones, con las
encuestas apuntando peligrosamente hacia abajo y con un PP capitalizando el
desgaste del gobierno. Y a alguien se le ha debido encender la lucecita:
presentamos una moción de censura, la gente nos verá como única y verdadera
oposición, obligamos al PP a retratarse (es curiosa esta obsesión sobre el
retrato de los demás en las mociones de censura), y nos damos un minuto de
gloria y publicidad que nos puede ayudar a invertir la tendencia.
Pero lo primero que sorprende es que no
presentan la moción, sino que anuncian que la van a presentar dentro de un mes
o no sabemos muy bien cuando. Mire no, las mociones de censura no se anuncian, se
presentan.
Luego viene lo del “retrato” del PP. Si ese
era el objetivo, ya no hace falta ni que presenten la moción de censura, porque
el PP, casi de forma inmediata al anuncio, ya ha dicho sin titubeos que no la
va a apoyar.
Y sobre la oportunidad de exponer el
programa de gobierno de Vox en el parlamento, tres cuartos de lo mismo. No ha
pasado un día del anuncio a bombo y platillo, y el líder de Vox ya parece estar
loco por quitarse de en medio y que sea otro el candidato que defienda el
programa.
En definitiva, Vox es una ola de cabreo
sobre la que se han aupado un chuponcete que lleva viviendo de la política
desde los 16 años, un niño bien que no es capaz de encontrase el culo con las
dos manos (y su señora, presunta arquitecta, y superior en la vida y en la
secta), y un adolescente tardío que presume de COE por haber hecho nueve meses
de mili en una oficina. Y la ola no da más de sí. Y muchos empiezan a darse
cuenta de que el voto a Vox a quien en realidad está beneficiando es a Sánchez.
Contra eso es la moción de Vox