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"Tocan a reparto"


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24/07/2020

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Sonaron las trompetas y al fin llegó la caballería para librar a los buenos del cerco económico de la maldad, representada en el virus inteligente. La generosa U.E. siguiendo con su política de ofertar billetes a cambio de renunciar a la soberanía, aunque ahora con ciertas dudas, se dice que ha soltado a plazos un vagón de efectivo —guardándose la llave del candado para abrirlo a plazos y con condiciones—destinado a ilusionar el panorama veraniego de por aquí. Si se mira con un ojo político objetivo, se trataría de mucho ruido y pocas nueces. Un rescate destinado a la reconstrucción, condicionado a lo de casi siempre, es decir, seguir mangoneando desde el centro del imperio, para destinarlo a innovación, sanidad, formación, ajustes, educación, comunicaciones, energías y otras mejoras, es decir, todo eso que suena de actualidad, pero respondiendo a intereses de determinados grupos, preparados para obtener suculentos beneficios económicos.

Lo más inmediato de este plan a largo plazo es que ya hay algo que repartir —aunque sea papel— y los promotores de las políticas sociales disponen de más que palabras para ofertar a sus votantes. De esta manera ya pueden vender que se van a aliviar todas las injusticias sociales, esta vez no a cuenta de los ricos, sino de la generosidad del norte. En cuanto se ha hablado de reparto, las llamadas comunidades se han apresurado para exigir su justa parte del pastel. Aunque no ha avanzado el dinero, como muestra de eficacia, los que mandan ya se han puesto manos a la obra, y cada promotor exige su tajada para arrojar a los suyos. Unos, para dedicarlo a recuperar su historia; otros, para dar una vida mejor a los recién llegados; los más empufados, para pagar toneladas de mascarillas defectuosas y otro instrumental inservible; algunos, para seguir abonando salarios a los que se quedan en su casa disfrutando de la buena vida; los demás repartidores, destinarán lo que queda a rescatar la empresa de algún amiguete, por si luego le pone en nómina. Y ya se acabó todo de lo que había que repartir.

Tras la euforia, resulta que con tanto reparto, puede resultar que la llamada reconstrucción no se llegue a producir, en parte porque, más allá de la propaganda, había poca cosa construida, y, como hay tantos entre los que repartir, el efecto de los millones de euros se quedará en agua de borrajas. Es probable que del papel consumido en tratar de edificar realidades sólidas solo permanezcan por un tiempo cuatro tabiques de panderete que se derrumbarán al paso del primer temporal. Ahora, el problema de reconstruir reside en que, más allá de los rescates, el virus ha cambiado en parte la mentalidad de las gentes, así como la perspectiva de los negocios en varios aspectos, con lo que lo de antes parece que ya no va a servir. Para las personas, dedicarse a trabajar en sus distintas variantes, dada la parafernalia del teletrabajo, los ertes o simplemente quedarse en casa y cobrar la nómina, ha perdido atractivo. Consumir sin sentido, tal y como veía sucediendo, no parece demasiado acertado en el presente. En cuanto a las empresas, la gran industria de procedencia foránea se lo piensa o lo tiene claro. La otra industria, la del turismo, se prepara para salir huyendo escapando de tanta normativa, de los riesgos sanitarios y de la amenaza de confinamientos. En este sentido solo cabe reprogramar la mentalidad colectiva para hacerla volver a redil y tratar de vender a precio de saldo los atractivos nacionales.

Se estaría hablando de un proyecto demasiado ambicioso para los gobernantes porque requiere imaginación, de la que anda escasa el personal directivo, asido a los tópicos de siempre para ir tirando. En general entregados a una minoría política sin cualificación técnica —salvo esa verborrea natural que siempre ha sido una exigencia política—, las posibilidades de cambiar el rumbo son escasas. Los políticos en activo, que encuentran en la política del reparto la vía para practicar el despilfarro electoralmente productivo, además están demasiado atados a lo que se suele llamar el ordenamiento jurídico. Por otro lado, dependientes de una burocracia que actualmente viene cumpliendo con creces tópicos como la lentitud, el papeleo, el horario laboral y el apego al protocolo, efectivamente poco puede hacerse, salvo repartir el maná.

Las consecuencias de la nueva situación derivada de la pandemia, además de para otras reflexiones, sería oportuna para hacerlo sobre la gobernanza. En orden a la operatividad se plantearía la opción de que, frente a ese voto a ciegas en el que ha desembocado la democracia representativa para legitimar políticos —colocados ahí por la discrecionalidad del que efectivamente manda— dedicados al reparto del producto de la solidaridad ajena, tomaran su lugar técnicos expertos que, más allá de la tómbola electoral, ya con los debidos conocimientos y acreditados sus méritos, operaran con realidades. Entonces el panorama podría cambiar, auxiliado por la preparación de los gobernantes, hacia una creatividad productiva, para que efectivamente hubiera algo sólido y real que, más allá del endeudamiento de presente, permitiera luego repartir con cordura.

Antonio Lorca Siero







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