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¿Dónde está Fátima?


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19/10/2011

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Mi hija se llama Fátima. Nació el 13 de mayo, por eso la bauticé con ese nombre. Por eso, y porque me encomendé a la Virgen de Fátima cuando m­­’ija estaba por nacer. Los dolores del parto empezaron durante la noche del 12, y no había carro que me llevara al hospital. Le llamé a mi suegra, ella había sido partera en su tierra, y se apareció en la casa acompañada de dos vecinas. Ella dice que en la madrugada creyó que me iba a morir, tenía la temperatura muy alta. Cuando llegó mi marido, que en paz descanse, yo ya no reconocía a la gente. Entonces, agarró una imagen de la Virgen de Fátima, la puso al lado de la cabecera, prendió una veladora y se salió. Allá afuera, me contaba después, se puso a llorar. Yo un año antes ya había perdido un bebé…


 

Cuando por fin nació Fátima se escuchó un grito fuerte, como diciendo: “¡Aquí estoy!“ Traía el cordón umbilical enredado en el cuello, y dicen que poco faltó para que nos muriéramos juntas. Yo no lo vi, pero mi suegra me dijo que cuando Fátima por fin asomó la cabeza, la llama de la veladora se apagó.

 

Cuando el doctor revisó a Fátima, lo primero que me dijo que era un milagro que las dos estuviéramos bien, que mi hija tenía muchas ganas de vivir… Y yo creo que tenía razón. Fátima habla, camina, ríe y hasta come con muchas ganas, con mucha fuerza. Cuando nos avisaron que mi marido había muerto por una bala perdida Fátima también lloró con mucha fuerza, pero con la misma fuerza me abrazó y me dijo “no estamos solas mamá, nos tenemos usted y yo“. Eso fue hace dos años, cuando ella apenas había cumplido los trece. Ya entonces las cosas andaban mal aquí, pero nunca pensé que se fueran a poner peor.  

 

Yo salía todos los días a trabajar muy temprano, y regresaba a media tarde. Cuando era quincena salíamos juntas al centro, ahí por donde se pone el mercado de los viernes, para comprar las cosas de la casa. Pero dejamos de hacerlo cuando empezaron los ‘levantones’: yo no quería que Fátima viera nada, y mucho menos que la vieran; corría el rumor de que las camionetas daban vueltas buscando muchachas para después llevárselas. Así que Fátima nomás salía para ir a la escuela, yo pasaba por ella, la traía de vuelta a la casa y me regresaba al trabajo.

 

Aquel día, cuando me despedí de ella afuera de la casa, me pidió permiso para ir al cine con Julia, la vecina: ese día cumplía los catorce años. Le dije que sí, pero que yo pasaba por ellas para llevarlas. Me hizo gestos, con fuerza, como de costumbre, pero accedió. Me dio mi beso y mi abrazo, y se alejó rumbo a la parada del camión, saludando a sus amigas. Fue la última vez que la vi.

 

Cuando me fueron a buscar a la casa donde trabajaba, la vida se me escapó en un santiamén; no sé cuánto tiempo me tardé en entender lo que me decía doña Lucha, la que vende tortas en la esquina de la escuela de m’ija: “se llevaron a Fátima… estaba platicando con sus amigas, llegó una camioneta… se la llevaron… ¿me está escuchando Lolita? ¡Se llevaron a su hija!“.

 

Silencio. Después de eso sólo escuché silencio. Y sigo escuchando silencio, un año después. Recuerdo que salí corriendo, pero no sabía para dónde iba. Me detuve en la esquina… me detuvo doña Lucha, antes de que pasara un camión a medio metro de donde estaba. Y fue cuando empecé a llorar. Con todo y delantal puesto me fui a la escuela, el director me dijo que me estaba esperando para ir a presentar la denuncia.

 

Después de decirle al ministerio público lo que había pasado, lo primero que me preguntó fue que si mi hija tenía novio. Yo no entendía qué tenía qué ver con eso, ¡se habían llevado a mi hija! Y después me dijo, con mucha calma, que me fuera a mi casa, que seguro la muchacha regresaría, que era cosa de jóvenes, que eso pasaba con frecuencia… Y no me dio ningún papel, no quiso escribir nada en su aparato ése. Me dijo que después de 72 horas regresara.

 

Camino a la casa, el director me dijo que regresaría temprano a la mañana siguiente, pero que no me preocupara, que tuviera fe en que Fátima regresaría.

 

En la noche, muy tarde, llamaron a la puerta. Yo estaba rezando, frente a la imagen de la Virgen de Fátima que mi marido, en paz descanse, puso en mi cabecera cuando Fátima estaba por nacer. El corazón me dio un vuelco, pensé que Dios había escuchado mis rezos, que la Virgen me la había traído de regreso… Lo que encontré en la puerta fue un señor, mal encarado y armado, que a empujones me metió, y después de una buena tunda de golpes, entre groserías, me dijo que no hiciera nada, que si regresaba con el ministerio público me matarían a mí… y a Fátima.

 

Cuando desperté me dolía todo el cuerpo, y apenas pude levantarme. No sabía qué hacer, me daba miedo ir con la vecina o con cualquier persona, no quería ni asomarme a la ventana. No sabía qué hacer, así que esperé al director hasta mediodía… Como no llegaba, fui a la escuela, y ahí me enteré que a él también lo habían ‘levantado’ la tarde anterior, antes de llegar a su casa.  No necesité que me dijeran que lo que le había sucedido fue porque él quiso ayudarme, y entonces supe que si yo no buscaba a m’ija nadie más lo haría por mí.

 

Al principio nadie me quería decir nada, iba por la calle, con una foto que le había tomado a Fátima para la credencial de la escuela, preguntando por ella… me volteaban la cara, ni siquiera me escuchaban.

 

Pero un día, alguien me escuchó. Acababa de mostrarle a un señor la foto de Fátima, sin que él la viera; entonces se acercó una señora, y muy amable preguntó qué me ocurría. Hacía días que nadie me dirigía la palabra, y en lugar de decirle que había perdido a mi hija, me puse a llorar. La señora se quedó callada un rato, y luego me invitó un café. Ahí sentadas las dos, le expliqué todo, menos lo del señor que llegó armado a mitad de la noche… Pero no hubo necesidad, ella fue la que me dijo que seguramente había recibido una visita amenazándome con matar a mi hija si la buscaba. Entonces me explicó que pertenecía a una organización que se dedicaba a buscar a muchachas que, como Fátima, eran levantadas por grupos criminales, y se ofreció a ayudarme. Le dije que no tenía dinero, en la casa donde trabajaba ya no me quisieron recibir, no me dijeron por qué, pero supongo que también tenían miedo. Casi ni le creí cuando me dijo que no tenía qué pagarle nada.

Desde ese aquél día la gente que trabaja en esa organización me ha estado ayudando a buscar a Fátima. Veo fotos de ella, en grande y a color, en muchas marchas y reuniones con gente del gobierno, algo de seguridad.

También me ayudaron a conseguir trabajo. Tengo tanto qué agradecerles… pero lo que más les agradezco, es la esperanza de que algún día podremos encontrar a Fátima. Me he enterado que a muchas de las jovencitas que ‘levantan’ se las llevan para prostituirlas, y la sola idea de que alguien haya maltratado a m’ija me parte el corazón… Pero entonces me acuerdo de lo que dijo aquel doctor: Fátima tiene muchas ganas de vivir.

 

No sé si esté viva o muerta, no sé dónde está… no sé si come, si duerme bien, si está completa… No sé si tiene frío o pasa hambre… Hay días en que quisiera morirme, para entonces ver cómo está… Pero si me muero, entonces, ¿quién la va a ayudar? ¿quién la va a buscar? Y todos los días le pido a la Virgen que le dio el nombre que, así como la ayudó a nacer, que la ayude a vivir… o a morir bien, si ésa es la voluntad de Dios.

 

¿Dónde está mi hija? ¿Por qué se la llevaron? ¿Qué no saben que me quitaron la vida, que cada día me vuelven a quitar la vida cuando veo su cama vacía, vacío el espacio que ella debería ocupar con su fuerza y sus sonrisas? ¿Las hijas de cuántas personas más están sin estar, viven sin vivir? ¿Cuántas lágrimas más debemos derramar para que nos ayuden a encontrarlas? ¿Cuántas muchachas más deben desaparecer de nuestros brazos? ¿Cuántas hijas están perdidas, muertas o abandonadas sin que lo sepamos? Sólo quiero saber cómo está mi hija… yo soy su madre, yo estoy en este mundo para cuidarla… es tan sólo una niña…

 

Hoy es el cumpleaños de Fátima: hoy cumple quince años. Y desde aquí, desde esta soledad inmensa le quiero decir que la quiero, que siempre la estaré esperando…  que siempre, no importa cuánto tiempo pase, la seguiré buscando…

 

 

*Texto inspirado en el artículo ‘Desaparecidas “para trata“ 550 mujeres en 5 años’ (Emilio Fernández Román), del diario ‘El Universal’ . 23 de septiembre 2011.

 

 



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1 comentario  Deja tu comentario


, Amor, no quiero decirte que me puedo identificar con tu dolor, porque no nadie pueda sentir lo que tu u otras personas sienten cuando estan en situaiones parecidas, pero si te quiero decir que yo te tendre en mis oraciones. Sugerencia, trata de poner una foto de Fatima, tal vez alguien la vea y pueda abrirte el camino para que la encuentres. Que Dios las bendiga, ten fe en el y en la Virgencita de Fatima. Saludos




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