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Sensaciones en medio de la pandemia


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28/06/2020


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Escribo esta nota desnudando emociones, evitando la racionalidad recurrente que, muchas veces, te hace modelar lo que observas con una lógica endeble y mentirosa. ¿Cómo me siento en estos momentos aciagos que estamos cruzando?


La sensación es que estamos tratando de aferramos porfiadamente a la cotidianeidad que teníamos en la, digamos, vieja normalidad, algo que ya no existe y que no regresará tal como la vivíamos.

Cuando las rutinas organizaban nuestro tiempo, las expectativas de mayor justicia social nos agrupaban para abrir espacios a un nuevo orden social, conquistando un calendario para encauzar la acción colectiva. Vivíamos sumidos, cada cual, en sus propias certezas, en la perspectiva de una muerte lejana, de un bien morir, con sepelios amistosos y una despedida fraternal de los amigos. Sin embargo, hoy la sensación primera es que estamos viviendo día a día, con la muerte orbitando por barrios y ciudades, en una recolección dantesca de almas que reclaman su tiempo para sueños arrebatados con crueldad, utopías reventadas por el espanto.

La sensación de finitud se ha hecho carne y palpita en cada amanecer una acción de gracias y una arenga personal para mantenerte en pie.

La siguiente sensación es la de un condenado a muerte, que trata de ordenar sus cosas en el breve espacio que le otorgue la peste. No es miedo, es urgencia de terminar lo inconcluso, lo pospuesto en la desidia, es el ansia de poder releer los libros que enmarcaron tu camino y que tratas de rescatar de estanterías polvorientas. Es la necesidad de cerrar episodios pendientes, reconciliándote con tus fantasmas, sacudiéndote culpas, buscando conversar esas cuestiones profundas que procrastinamos tras trivialidades. Es la urgencia de escuchar las canciones con las que enamoraste, con las que recorriste acelerado tantas esquinas de un mundo abierto. Es la urgencia frente a la sensación de término. Es la necesidad vital de portar lo indispensable para un cambio de era.

Otra sensación viva, es entender que los individualismos, el correr hacia el supuesto éxito y notoriedad, si empatizar con el otro, sin tiempo para valorar lo simple, comienza a mutar hacia una necesidad viva de reencuentros, de asirnos a un intangible colectivo que se llama esperanza, que se llama amistad, que se llama amor.

El tiempo se estruja y son diamantes los minutos que tratas de rescatar para elevarte a un pináculo, que permita ver la salida de este desquicio. Divisas las ideologías aplastadas por frustraciones y traiciones, tratas de leer una inmensa complejidad, pero sientes que hay que construir nuevas simientes para imaginar un futuro para las próximas generaciones.

Siendo apenas minúsculas nanopartículas del universo, pretendemos erguirnos como un grano de arena en la brisa, para recuperar los sueños que nutren el espíritu, blindan tu cuerpo y te defienden de las amenazas invisibles. La vida que caminas ahora, está cruzada por esta sensación necesaria de rebelión, resistencia y osadía para romper el miedo y apurar el tranco por las urbes, convocándote con el prójimo que se debate en similares torbellinos.

La sensación de gratuidad y agradecimiento por la vida van empapando la mirada y surgen lágrimas niñas en forma espontánea en un proceso de reconquista. Los oropeles, los aplausos buscados, la vanidad, se deshacen en la lluvia que lava tus rincones y surgen de la palabra verbos de esperanza, de ayuda mutua, que buscan aterrizar en acciones anónimas y concretas.

Compartir en la carencia se siente como un camino práctico, de sobrevivencia, de redención, de cambio espiritual. Y en medio del espanto, las comunidades van descubriendo el camino para sobrevivir, como en las catacumbas, expresando esos verbos en la vida diaria, en las ollas comunes que hermanan a los barrios sesgados por el individualismo y los egos. La colaboración busca reconstruir confianzas en un clima que exige la autocrítica sincera.

Hoy, la sensación de haber tocado fondo y que se debe construir un nuevo marco de principios para relacionarnos, es un acicate para ponernos de pie, apoyándonos unos a otros, exigiendo que suscribamos nuevos compromisos de humanismo y respeto al planeta.

Nos cuesta asumir que caminamos hacia una mayor pobreza material como pueblo y que deberemos aprender a convertirla en una situación digna que nos exigirá ser solidarios, colaborativos, recuperando las asociaciones de base, los sindicatos y gremios, los colegios profesionales retomando su rol ético.

La posibilidad de volver a confiar en el otro, conlleva una sensación de resguardo inconsciente de los espacios más íntimos porque todos venimos curtidos por eufemismos y palabrería engañosa. Forjar confianzas sin bajar la guardia, es una sensación presente al concurrir a los colectivos, entendiendo que son necesarios para un nuevo mundo, pero pueden seguir manipulados por los egoísmos e intereses mezquinos que se busca superar y, por ello, la práctica de la verdad, la integridad y la transparencia, se hará imprescindible para generar un proyecto de país, de región, de planeta.

Adivino detrás de esta reflexión que, de alguna manera, las mismas sensaciones pueden estar marcando a muchas otras personas, familias y grupos, en esta etapa de transición y de incertidumbre, que exige que enlacemos voluntades, admitiendo ser granos de arena en un mosaico universal, cuyo contenido debe ser escrito y pintado con un sueño colectivo.

Ciertos de que los acontecimientos próximos, en gran medida, dependerán de nuestra capacidad de asumirnos febles, finitos, ínfimos, pero en la sinergia de miles o millones, capaces de labrar el futuro, resistiendo la dominación, superando el miedo, enfrentando la corrupción, sacudiendo las mentiras oficiales, aceptando al otro, con una generosidad que se traduzca en transformarnos, los ciudadanos de a pie, desde nuestra fragilidad, en un tropel que rebasa las represas y las amenazas, atravesando la peste para cimentar una sociedad a escala humana, en armonía con la naturaleza.

Periodismo Independiente, Hernán Narbona Véliz, 28.06.2020

 

 





Etiquetas:   Humanismo   ·   Sociedad Civil   ·   Pandemia

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