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El sueño de la razón produce monstruos (1)


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24/06/2020

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Francisco Javier Medina Pérez


Junio 23 de 2020

 

No tengas miedo de arriesgarte y avanzar. 

Ten miedo de no hacer nada y quedarte en el camino

 

“La vida buscar el perdón de los muertos.”

Hoy una vez más se me da la gana de parir palabras y tirarlas a volar al tiempo. Hoy se me da la gana de escribir lleno de nostalgia y recuerdos saudadicos, desde un país donde todavía sueño, un país donde los álbumes fotográficos están signados por la huella trágica de la muerte convirtiéndose en un libro de ausentes hoy todavía los pintores utilizan el amarillo para despintar el rojo sangre de la desgracia, aquí hasta la palabra es desplazada por el silencio o en caso contrario se convierte en palabrería en fin aquí la hermenéutica tampoco tiene sentido la palabra esta devaluada, aquí el campesino todavía labra su infortunio, pero no pierde las esperanzas de algún día volver a ver el verde de la abundancia, los ríos llevan el eco quejumbroso del hombre que flota rio abajo hasta enredarse en las raíces de la otra orilla.

 

El valor de la memoria histórica en el mundo moderno

Recordar es una práctica histórica en construcción permanente del pueblo. Dicha práctica no implica solo el pensamiento sino los lenguajes, no solo los hechos sino los resultados y las consecuencias. Involucra territorios y sentires, recordar es revisar para vivir, para no dejar morir. Es un ejercicio atemporal, no lineal que nos transporta al pasado y nos permite seguir luchando; distinto es, que ella no haya sido debidamente valorada por algunos investigadores, excepto por aquellos que reconocen en la microhistoria un acervo significativo para sus trabajos. No con ello quiero desconocer a investigadores que, desde la historia local, o historiadores no matriculados en alguna corriente historiográfica, y profesionales de las ciencias sociales que con sus praxis se permiten vislumbrar trabajos concernientes a “recuperar” a recrear, a reconstruir la memoria histórica no solo como un lugar de duelo sino como un lugar de esperanza y justicia.

 

La memoria histórica no es tenida en cuenta, como una referencia obligada en la academia. Esta se usa para dar a conocer elementos y ayudar a escribir los relatos desde las distintas voces, que muestren las narrativas y los saberes de las comunidades. Que nos permita construir la paz social, aquella que los griegos llamaron eirene como sinónimo de homonoia de armonía total dentro y fuera de los territorios.

 

La memoria no es el recuerdo de los hechos, sino el proceso de darles sentido. Eduardo Galeano en la “historia oficial”, nos dice que la historia tal como la conocemos ha sido escrita por los militares, por los blancos por los ricos y los machos. Por esta razón en ningún momento nos enseñaron porque era importante recordar, ni tampoco para qué olvidar.

 

Nos recuerdan los momentos gloriosos-trágicos de nuestra historia nacional, pero nos ocultan aquellos donde el estado ha sido participe.  Aquellas narrativas oficiales de esas guerras vividas como una “epidemia social” y no desde la visión de Luis vives, como partera de la historia cuando plantea que la guerra:

 

“es el más espectacular y trágico de los fenómenos sociales que marca históricamente los límites de los grandes acontecimientos: por la guerra han perecido casi todas las civilizaciones conocidas, y por la guerra han aparecido casi todas las civilizaciones nuevas”[i].

 

“La guerra no es nuestro instrumento, somos nosotros los instrumentos de la guerra, se sirve de nosotros y se hace a través nuestro»; es como una epidemia psíquica, un delirio colectivo”

 

Todos tenemos recuerdos, imágenes abstractas en un país donde se han ejercido las violencias desde tiempos remotos. Es por esta razón que “El sueño de la razón produce monstruos”. Las famosas palabras del pintor Español Goya, una vez más pide una reflexión sobre la realidad de nuestros tiempos, no sólo desgarrado por las guerras y las atrocidades de los fenómenos de la violencia cotidiana y la corrupción; sino también por episodios de intolerancia. Almacenar el valor del acto de recordar, de hecho, no sólo es un acto moral, es un recordatorio constante para el sentido del respeto y la responsabilidad de todos, porque, como sabemos, un país sin memoria, es un país destinado a la perdición.

 

“Pienso que andamos siempre a la caza de algo escondido o sólo potencia o hipotético, cuyas huellas, que asoman a la superficie del suelo, seguimos. Creo que nuestros mecanismos mentales primarios se repiten, desde el Paleolítico de nuestros padres cazadores y recolectores de frutos a través de todas las culturas de la historia humana. La palabra une la huella visible de la cosa invisible, con la cosa ausente, con la cosa deseada o temida, como un frágil puente improvisado tendido sobre el vacío”.[ii]

 

Colombia un país indiviso por la violencia ejercida por diversos tipos de actores, incluyendo el propio estado como generador de la misma como veremos más adelante.

 

Las narrativas que construyen, moldean, tejen esta urdimbre el cual llamaremos las memorias históricas y que nutren con sus saberes las diferentes identidades colectivas, se vinculan en múltiples planos con las representaciones historiográficas del pasado. Historiadores como Peter Burke, Carlo Ginzburg, Giovanni Levi en su empeño por rescatar el estudio de la cultura popular del olvido al que fue condenado por las corrientes historiográficas tradicionales. Han contribuido con sus trabajos a que hombres, mujeres, campesinos, obreros, etc. y sectores “desde Abajo” puedan visibilizar sus HISTORIAS. Así, instituciones como el centro de memoria histórica de Colombia, hoy quiera invisibilizar los derechos de las víctimas.

 

Historiadores, sociólogos, trabajadores sociales y comunidades organizadas de diferentes épocas, han contribuido a configurar y legitimar ciertas clases de memorias históricas. Han utilizado de manera crítica las tradiciones orales, las construcciones de los relatos, las voces desde abajo que las memorias colectivas permiten conocer, para develar verdades de un estado sociópata.

 

Es importante tener en cuenta los trabajos de Steve J Stern[iii], desarrollados en Chile y Colombia para comprender los cambios, las transformaciones y las permanencias de una guerra interna, donde identifica cuatro tipos de memorias emblemáticas con relación al tiempo histórico reciente. Dos de ellas, como memorias oficiales La memoria como salvación, y la memoria como “caja cerrada” que pretende una reivindicación del “olvido” y de resiliencia o superación de un pasado traumático y las otras dos como apuestas contrahegemonicas. La memoria como una ruptura lacerante no resuelta, y la memoria como "la persecución y el despertar".

En el informe “La memoria nos abre camino”, sobre la guerra en Colombia Stern señala que esta ha generado tres dinámicas: soledad, dignidad y solidaridad.

 

“soledad para referirse a las víctimas que quedaron a merced de los grupos armados ilegales por el olvido y el abandono del Estado; una soledad que persisten por la indiferencia social. Por otro lado, habla de dignidad para hacerle un reconocimiento a las luchas y las resistencias de las víctimas, y para reiterar en el protagonismo humano que debe haber en los procesos de memoria. Y de solidaridad, para insistir en que no podemos caer en la indiferencia y la deshumanización”[iv].

 

92 años después de la primera masacre traída a nuestra memoria conocida como la masacre de las bananeras, y aún no sabemos a ciencia cierta cuanto fueron los muertos. Algunos hablan de 3000 otros que la cifra oscila entre 10.000 y 30.000. Qué más da, aun la tragedia sigue viva, aun retumba en las memorias de mis viejos aquella trágica noche donde todo empezó o culminó. Desde ese día, comenzó nuestra penumbra. Aquella noche entre el 5 y el 6 de diciembre de 1928, de no ser por el poder de la imaginación traducido en las caricaturas de Rendón, las denuncias de Gaitán, la escultura de Arenas Betancourt, las novelas de Álvaro Cepeda y de Gabriel García Márquez, los recuentos de los historiadores y sobre todo, el recuerdo de los sobrevivientes, podría haber  pasado lo que ha ocurrido con otros hechos luctuosos de la historia reciente del país que se hunden en el manto del olvido y la impunidad.

 

“Leído el decreto, en medio de una ensordecedora rechifla de protesta, un capitán sustituyo al teniente en el techo de la estación y con la bocina del gramófono hizo señas de que quería hablar. La muchedumbre volvió a guardar silencio. Señoras y Señores - dijo el capitán con una voz baja, lenta y un poco cansada-, tienen cinco minutos para retirarse. La rechifla y los gritos redoblados ahogaron el toque de clarín que anuncio el principio del plazo. Nadie se movió. – Han pasado cinco minutos – dijo el capitán en el mismo tono-. Un minuto más y se hará fuego… Embriagado por la tensión, por la maravillosa profundidad del silencio y además, convencido de que nada haría mover a aquella muchedumbre pasmada por la fascinación de la muerte, José Arcadio Segundo se empino por encima de las cabezas que tenía en frente y por primera vez en su vida levanto la voz. ¡Cabrones! – Gritó – les regalamos el minuto que falta. Al final de su grito ocurrió algo que no le produjo espanto, sino una especie de alucinación. El capitán dio la orden de fuego y catorce nidos de ametralladoras le respondieron en el acto.”.(Gabriel García Márquez. Cien Años de Soledad. P. 295-296.)

 

Cuenta Jorge Eliecer Gaitán que el asesino General Cortez un hombre ebrio de sangre, ordeno la persecución sobre la multitud la tragedia esta consumada. Muchas vidas, (Allí se hubiera podida inspirar Picasso para su obra Guernica).   Los heridos son rematados con la bayoneta. Ni el llanto, ni la imploración, ni el correr de la sangre conmueven a estas hienas humanas. No sé por qué, la divina providencia no abrió la tierra bajo la planta de estos monstruos para tragárselos vivos. (Así como abrió no sé cuántos años atrás al mar rojo para tragarse a los ejércitos egipcios) Estos monstruos ebrios, no de licor sino de sangre, estos fugados de la selva no tienen compasión; “para ellos la humanidad no existe”. Y luego… Peor aún, como dicen las acacias “se marcharon unos muertos, y otros vivos, que tenían muerta el alma” si se marcharon, comenzaron su peregrinación en busca de otras tierras, ¡Oh Colombia masacrada! "Te pido perdón por los muertos vivos que transitan por tu patria”.

 

El tristemente célebre general Cortez, es trasladado como comandante de la policía a Bogotá, a continuar construyendo la horrible noche que no cesa jamás.

 

“Son las diez de la noche del viernes 7 de junio de 1929. Durante todo ese día, los y las  estudiantes han realizado manifestaciones de protesta contra el gobierno. Una brigada universitaria que circula por las cercanías del Palacio Presidencial es atacada con armas de fuego por la policía. Sobre la calle cae, ensangrentado, Gonzalo Bravo Pérez, primer estudiante víctima del sistema en el presente siglo. Sus compañeros y compañeras  levantan el cadáver, y un grupo creciente de estudiantes, obreros y gamines forma el cortejo que acompaña al muerto hasta la cercana Casa de Salud del doctor Peña. La noticia corre rápidamente entre la indignada población de Bogotá”

[Publicado en la revista Subversión N° 564 (2) Noviembre 1993, Bogotá]

 

20 años después y la misma tragedia continúa. El 9 de abril de 1948 cae asesinado Jorge Eliecer Gaitán, quien denunciaba años atrás la masacre antes mencionada. Masacre que no solamente repercutió en la historia de Colombia, sino que fue el verdadero germen de todas las violencias políticas que se han presentado en nuestra patria, La muerte del caudillo liberal no fue el origen de la llamada Violencia, sino que fue la víctima más ilustre de esta violencia partidista.

 

El Partido Conservador una vez en el gobierno, se puso en la tarea de organizar y llevar a cabo una violenta y masiva persecución contra el Partido Liberal, especialmente contra sus bases campesinas. Los conservadores en el poder, dirigidos y estimulados por su jefe supremo Laureano Gómez, “El monstruo”, se dedicaron a matar campesinos liberales. Para cumplir este fin no sólo utilizaron a la policía oficial, sino que organizaron bandas privadas armadas conocidas en la historia como los “pájaros”. Estos campesinos perseguidos y empobrecidos, víctimas de la violencia oficial, decidieron a su turno organizarse en grupos armados que se dedicaron no sólo a defender la propia vida sino también su territorio. El resultado de estas acciones violentas fueron 300.000 personas muertas durante 10 años, hasta la firma del pacto del Frente Nacional en 1958, en el que los dirigentes de los dos partidos acordaron un esquema de distribución conjunta del poder político.

 

No existen cifras por desplazamiento ya que los gobiernos planteaban igual que hoy  que eran voluntarias las migraciones de las personas a la ciudad.

 

Veinticinco años después, el 8 de junio de 1954, caía otro estudiante asesinado: Uriel Gutiérrez. Al día siguiente eran masacrados, en las calles de Bogotá, varios universitarios más. Álvaro Gutiérrez, Hernando Ospina, Jaime Pacheco, Hugo León, Hernando Morales, Elmo Gómez, Jaime Moore, Rafael Chávez y Carlos J. Grisales. Así comienza nuestra larga lista de estudiantes. Lista que no se queda allí, y comienza a engrosar nuestro largo directorio de ausentes año tras año.

[i] https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/1957182.pdf

 



[ii] https://nmpena.wordpress.com/tag/italo-calvino/



[iii] https://ww3.museodelamemoria.cl/wp-content/files_mf/1549661101SIGNOS_STERN.pdf

 



[iv] http://www.centrodememoriahistorica.gov.co/micrositios/balances-jep/memoria-camino.html





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Etiquetas:   Política   ·   Sociedad

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