En el centenario de don Benito Pérez Galdós. Amadeo I (Continuación)

EN EL CENTENARIO DE DON BENITO PÉREZ GALDÓS

 

. Fin)

III

MENOSPRECIO DE CORTE Y ALABANZA DE ALDEA

He aquí, pues, provado en como el ser buenos o ser malos no depende del estado que eligimos, sino de ser nosotros bien o mal disciplinados.

Fray Antonio de Guevara, Menosprecio de corte y alabanza de aldea.

La enfermedad de don Tito, el pretexto que lo lleva al pueblo, sirve, entre otras cosas, para describir el clima político fuera de Madrid. La población escogida es representativa. Don Tito es originario de Durango. Allá recaban padre e hijo, en medio de un ambiente que dista mucho de ser, en contra de lo predicado por el progenitor, bucólico : “En el tiempo que faltaba yo de allí, aumentado había el rebaño de curas; la beatería del vecindario era ya un estado epidémico. […] Mi padre, que con tanto desprecio y horror hablaba de las miasmas de Madrid, no se daba cuenta del aire espeso de fanatismo que allí respirábamos.”1

No se contenta don Tito con tan atinada descripción. Las páginas siguientes de su crónica son un menosprecio de aldea. Si bien esta produce buenos alimentos, también genera una tradición que inmoviliza todo progreso. Utiliza además una lengua, el vascuence2, que le impide toda conquista femenina.3

La descripción que hace don Tito de las gentes de aquellos pueblos ni es halagüeña ni risueña. Son carlistas en su inmensa mayoría, “con algunos curas que olían a pólvora, y hombrachos aguerridos que apestaban a incienso”.4 Allí se estaba gestando la nueva guerra carlista. Y allí entra en contacto con un cura, antiguo guerrillero carlista, don José Miguel Choribiqueta. Aprovecha la ocasión don Tito para tratar de entender la contradicción entre la sotana y los pistolones, el altar y el campo de batalla, entre el cristianismo y la belicosidad de estos clérigos tan zafios como mal preparados:

“Sólo España, fecunda en ingenios, en héroes, en santos y en monstruos, nos da estos engendros de la razón y de la sinrazón, de la fe mística y el orgullo marcial fundidos dentro de un alma...”5

Como se puede apreciar, a lo largo del episodio, tanto en la corte como en las aldeas, se está viviendo un ambiente irrespirable, donde resulta imposible la gobernabilidad. Al cura Choribiqueta se le hace la boca agua hablando de la guerra.

En aquel ambiente tan bucólico se entera don Tito de las novedades de la corte: “Había caído el gobierno de Sagasta, por la porquería de dos millones que el Sagasta y un tal Romero habían sustraído de la caja del Tesoro público para llevárselo a sus propias cajas. Decíase que si los gastaron en elecciones; que en Madrid, el dinero es el mejor cebo para pescar votos.”6 El párrafo no puede ser más actual. Explica el conservadurismo de algunos partidos políticos, que se apoyan en esta vieja tradición. En aquella lejana época, sin embargo, los pollos de los dos millones tuvieron que dimitir. Ahora ya no se estilan esos trajes. Todo cambia. Y nadie ha dicho que sea para bien.

Poco después los carlistas sufren una terrible derrota en Oroquieta. Ante el ataque del general Moriones no tuvieron más que salida que volverse a Francia. Y es entonces cuando su padre le propone a don Tito, a fin de elevar la moral, que pronuncia una conferencia o discurso para la gente del pueblo. Este acepta. Y el discurso no es sino una burla cruel que muchos de los oyentes no entienden. A algunos, sin embargo, no se les escapa, la mala baba del orador.

Don Tito maneja al público como quiere. Lo asusta y lo tranquiliza; y se ríe de su auditorio. Ante lo más granado de la sociedad duranguesa propone que no se luche por ningún rey. Que se establezca una república; pero regentada por el papa. La república hispano-pontificia. Y que el papa envíe a España legiones de curas y monjas, de todas las órdenes y de todos los países, pues con ellos se conquistará a la madre patria. “No os arredre el número, que allí hay sustento y holgadas casas para todos, y dinero de largo para cuanto hubieren menester”7. El público llora y aplaude emocionado.

Las palabras de don Tito, dirigidas al papa y a sus vecinos, nos llevan directamente al quinto Episodio de la primera serie, Napoleón en Chamartín. En él, Napoleón I decreta la supresión de un buen número de conventos, excesivos para el país, y de frailes, que viven de la sopa boba. Semejante decreto propició que los buenos hermanos, muy en consonancia con lo prédica del cristianismo, se levantaran en armas, pese a las palabras del padre Castillo: “Fundose nuestra Orden para redimir cautivos, no para predecir guerra ni armar soldados”.8 Como se sabe no le hicieron ni caso. Y curas y frailes salieron, pistolón al cinto, a matar franceses, que, en aquellos momentos, no eran hijos de Dios. Son varios los curas guerrilleros que aparecen por los Episodios. Algunos de ellos verdaderas alimañas9.

Entre unos y otros se lo pusieron en bandeja a aquel que dijo que para España no pasan los años. No obstante, habían transcurrido unos cuantos, sesenta y pico desde los decretos de Napoleón. Hay ciertos privilegios que no se pueden tocar, como se ha visto recientemente con el deseo de desarbolar a unas cuantas patrióticas figuras, muy en consonancia también con cierta parte de la iglesia, A esta tampoco le arredra nada ni se detiene ante nada, ni hace maldito caso de aquel que, según la mitología, murió por redimir al género humano de las miserias que ellos representan. Por sus obras los conoceréis.

No es de extrañar que a don Benito no le dieran el premio Nobel de Literatura.

Evidentemente en esta república hispano-pontificia, los ministros serán los arzobispos, abades y priores de las órdenes que hubiera. Y los políticos serán sustituidos por frailes y clérigos. Hasta el mismo ejército estará en sus manos, pues no faltan, como es sabido, clérigos píos y guerreros. Sin olvidar, como hizo el Rey Narizotas, volver a instaurar la santa Inquisición.10 He aquí los antecedentes de la orden de los patriotas que no se quieren disolver. Esta, como la santa Inquisición, se encargará de que no haya una voz disidente en toda la república. El fuego de las hogueras nos traerá la paz. U otras cosas, en consonancia con los tiempos.

Pese a todo, el antiguo guerrillero carlista, el párroco don José Miguel Choribiqueta, no está de acuerdo con la importación de curas y frailes, pues los extranjeros “son un hatajo de gandules que vienen aquí con hambre atrasada, y en poco tiempo consumirían todas las subsistencias de la nación, querrían mangonear ellos solos y nos reducirían a una servidumbre vergonzosa.”11

“Mangonear ellos solos”. No hay más que añadir.

Entre el público que asiste a la charla de don Tito está Mariclío. Es la única persona que, por el momento, se ha percatado de los desatinos del orador. Ha ido por allí para ver cómo anda la facción. La pérdida de la guerra por parte de los carlistas conduce al llamando Convenio de Amorabieta. Este quedó en nada, en una paz artificiosa que volvería a romperse al año siguiente. Mariclío era partidaria, dando así cuenta de sus antiguos orígenes, de masacrar a los carlistas, como si estos fueran persas, y aquello la rubia Salamina. No le faltó razón. Los persas volvieron a cruzar los Pirineos. Y no para traer la paz.

Se entera don Tito por Clío que, gracias a su república hispano-pontificia, algunos vecinos andan con estacas para medirle las espaldas por socarrón. Es ella misma quien, a través de telegramas, supuestamente enviados por el papa, lo saca de tan bucólico lugar para devolverlo a la corte.

IV

ENTRE LA FANTASÍA Y LA REALIDAD

Comenzó a decirme tales razones, que no sé cómo es posible que tenga tanta habilidad la mentira, que las sepa componer de modo que parezcan verdades.

Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha.

Doña Clío y Tito vuelven juntos a Madrid. En el tren, este duerme en brazos de la Historia como si esta fuera su madre y él un niño de teta. Se siente menguar. Así es de hecho. Al llegar a la corte, Clío le dice que lo toma a su servicio, para que haga lo mismo que hizo el protagonista de la primera serie, Gabriel Araceli, en Aranjuez, en la corte de Carlos IV: “Pequeño eres, más pequeño, casi imperceptible serás cuando me sirvas en calidad de corchete, confidente y mensajero”12. Tan pequeño es que Mariclío lo dobla sobre sí mismo y lo mete en su bolsillo.

Imposible no recordar a don Miguel de Cervantes. Constreñido este sin duda, por los principios de la verosimilitud, alaba las denostadas novelas de caballerías: en ellas, como en las novelas bizantinas, el principio de verosimilitud, un corsé al fin y al cabo, salta por los aires. Además, se puede hablar de todo. Y si eso se lo permitió Cervantes en algunos pasajes de Don Quijote y en sus Trabajos de Persiles y Sigismunda, lo mismo exactamente está haciendo don Benito13 en los episodios finales. Don Tito, el cínico orador, se ha transformado en un bebé.

Y al igual que, por mor de la verosimilitud, nos advierte don Miguel de Cervantes sobre el posible carácter apócrifo del charla entre Sancho Panza y su mujer Teresa Panza14, también don Benito nos previene:

“Al llegar a este punto, el más delicado, el más desaprensivo, de esta historia, me detengo a implorar la indulgencia de mis lectores, rogándoles que no separen lo verídico de lo increíble, y antes bien lo junten y amalgamen; que al fin, con el arte de tal mixtura, llegarán a ver claramente la estricta verdad”15. Y así don Tito se nos transforma en un duende a quien ni paredes ni puertas le cierran el paso: se va a enterar de todo de primera mano. Es invisible, además.

Aprovechando su minúsculo tamaño, y su invisibilidad, don Tito se introduce en palacio. Tras la cena real asiste a la tertulia de los monarcas: dudas sobre el Covenio de Amorebieta por parte de la reina. Reafirma sus sospechas Díaz Moreu. Retirada la reina, don Tito se arrima al sillón del monarca. Este, despedidos unos y otros, sale en compañía del barón de Benifayó, Montero Mayor de Palacio, sin que nadie los vea. Van a visitar a la Dama de las Patillas, es decir a Adela Larra. Esta, así se lo dice a Amadeo, tampoco se traga el Convenio de Amorebieta, y le recuerda a qué ha venido a España:

“No debiste consentir que don Manuel [Ruiz Zorrilla], desalentado y aburrido, se retirase a Tablada. Ten presente, rey de España por los ciento noventa y uno [votos], que no has venido aquí a continuar la política de los malditos moderados, de los unionistas rutinarios y pasteleros. Por ese camino no se va a ninguna parte”16.

Sigue Adela Larra dando consejos al rey:

“Hacer una revolución, poner todo patas arriba, cambiar de dinastía para volver a las viejas mañas, al polaquismo, al hoy tú, mañana yo, me parece que es como si quisiéramos aplicar a la vida de la patria el juego de las cuatro esquinas...”17

El invisible don Tito salta de entusiasmo. Reconoce en esas palabras a la hija del primer escritor del siglo. La cual, dichas estas, desaparece con el rey por una portezuela. Don Tito nos llena de puntos suspensivos, línea y media, lo que sucede a continuación.

Se queda solo en la estancia. Decide abandonar la casa de la Dama de las Patillas. Sale al jardín y saltando la verja llega a la calle. Allí recupera su estatura normal. Con ella a cuestas se va a su triste pensión, donde le asaltan las dudas de todo cuanto le está sucediendo: el viaje a Durango, el discurso chancero, el cura Choribiqueta, la madre Clío, su tamaño…

“Si todo fue mentiroso aparato forjado por mi exaltada imaginación y de ello puede resultar que lo verosímil sustituya a lo verdadero, bien venido sea mi engaño, y allá van con diploma de verdad, los bien hilados embustes”.18 Eso será, al fin y al cabo, lo que importe de la narración. Sin olvidar que don Tito es un criado, a tiempo parcial, de la Historia, o de Mariclío, madre de Heródoto, entre otros.

V

CRISIS

Demórato, a un hombre de mala condición que le acuciaba con preguntas fuera de lugar y que, entre otras cosas, a menudo le preguntaba que quién era el mayor de los espartiatas, le dijo: “El menos parecido a ti”.

Plutarco, Vidas paralelas, Licurgo.

Hubo cambio de gobierno, regresó Ruiz Zorrilla, como quería Adela Larra, y sobrevino la quinta o sexta crisis. Los alfonsinos hablaban ya claramente de la Restauración, como si esta la tuvieran al alcance de la mano. “Los clubes y casinos ardían en protestas, en arengas fogosas, en amenazas furibundas a todo lo existente.”19 Hay voces anunciando un levantamiento general. Don Tito no termina de creerse tales cosas.

Vuelve a encontrarse de nuevo con Obdulia, su antiguo amor. Alejada de su bestial marido, se van a vivir juntos. Y una noche, la del 18 de julio de 1872, le informa de que ha oído que van a atentar contra el rey:

“Esta noche matarán a don Amadeo. ¿A qué hora? Cuando los Reyes vuelvan de los jardines del Retiro a Palacio. ¿Sitio? La calle del Arenal. […] Para mí son los mismos que mataron a Prim”20. Lo dice Obdulia. Tito no le da credibilidad.

El atentado, como es sabido, se produjo, aunque sin consecuencias para los reyes. Quedó la frase de don Amadeo para la posteridad: “Ah, per Bacco, io non capisco niente. Siamo una gabbia di pazzi”. Para eso lo había traído Prim, para gobernar en una jaula de locos.

Al día siguiente del atentado, visitando Tito el lugar del mismo, se topa con el rey; y, otra vez, con Mariclío. Esta sabe que todo aquello favorece a los alfonsinos, y que todo es triste y penoso:

“Todo lo que aquí pasa es cosa de ópera cómica, tirando a bufa. [..] El quita y pon de ministerios que sólo difieren en la medida y rumbo de sus tonterías; la conspiración de las damas católicas, con su armamento de peinetas y florecillas de lis, pertenecen al orden literario del entremés con tonadilla y ovillejos. […] La demagogia misma procede hoy con más simplicidad que barbarie. Los ideales exaltados son ahora instintos movidos por la imbecilidad”.21

A continuación, Mariclío envía a don Tito a Santander, donde va a ir el monarca. Aparece también por allí Adela Larra. Pasea esta por la playa esperando la aparición del rey. Tito, en una conversación casual, se entera de que Amadeo tiene una nueva amante: la mujer de un corresponsal del Times.22 El rey, desde luego, no presta ninguna atención a la despechada Adela. Esta decide publicar las cartas personales de su real amante. Pero lo anuncia antes de hacerlo. El monarca le manda a un mensajero con dinero y un revólver. Adela entrega la cartas y recoge el dinero.

Se entera Tito, de regreso a Madrid, de más aventuras galantes del monarca. Pero no les da crédito. Según él era una “opinión insana que se proponía desprestigiar al rey Amadeo, poniendo en circulación estas liviandades indecorosas y a veces ridículas.”23

Leyendo los Episodios, y otras obras de don Benito, a menudo he tenido la impresión de que nada cambia, de que todo sigue inmutable, igual. O por decirlo bíblicamente “lo que fue, eso mismo es lo que será, y lo que se hizo, eso mismo es lo que se hará; no hay nada nuevo bajo el sol”24. Así es, cuando se ve a nuestros políticos participando en procesiones, cánticos, desfiles y demás parafernalias, con o sin medallas. A las católicas damas de la época se les ocurrió hacer una procesión, bien española, con mantilla y peineta, para protestar contra unos reyes extranjeros, como si los Borbones no lo fueran. Los amigos de don Tito, con ganas de burla, contrataron a chicas de la casa llana y las vistieron de la misma forma para burlarse de las piadosas y tradicionalistas alfonsinas. Así lo ve don Tito:

“Las que desde el segundo tercio del siglo habían renegado de todo lo castizo, arrojando al montón de las prenderías las modas españolas, y vistiéndose, comiendo y hablando a la francesa, salían ahora con la tecla de adoptar preseas secadas del rastro indumentario. Bien hicieron los pícaros de la política en poner frente a ellas el manchado espejo de un rastro moral.”25

Fue, evidentemente, una farsa ridícula hecha en el paseo de la Castellana ante las mismas narices de la reina. No obstante, conviene no olvidar las palabras del langosto. Remarcadas ahora por un fino periodista, Pepe Ferreras:

“En el estúpido atentado contra el Rey y en esta farándula repugnante veo yo el principio del fin”26.

Así fue. En otoño de ese mismo año, 1872, apareció la sarna de las partidas carlistas en Cataluña, el Maestrazgo y Levante. Los persas habían vuelto a cruzar el Pirineo. Tras esa sarna surgió el picor de los republicanos. El gobierno no sabía a dónde acudir. Poco después, en diciembre, en Madrid hubo tiros, heridos y un muerto. Un motín republicano. Le siguieron artículos incendiarios de los republicanos. Quizás el más famoso fue el titulado El Rey se va, escrito por Modesta Periú, una periodista famosa en su época, muerta muy joven, a los 26 años.

Gracias a los republicanos van a pronunciarse, a favor de la república federal, Sevilla, Barcelona, Cartagena y Cádiz. El cuerpo de Artillería se sublevó contra el gobierno, y en Guipúzcoa se pisoteaba el Convenio de Amorebieta,

“Horizontes teñidos de sangre cerraban la vista por el norte y parte de Levante. La pobre España, arrullada en los brazos de la fatalidad, aguardaba su sentencia de muerte o vida con expectación pavorosa.”27

El rey, por consejo de su padre el rey de Italia, Víctor Manuel, se va a decantar por los cañones, es decir por el cuerpo de Artillería. Eso supone que Zorrila y Córdova, el que fue presidente del gobierno durante un sólo día, se tenían que ir a casa. Y volvía el Duque. Y “Resulta que aquí siempre estamos lo mismo. Entran y salen los eternos perros sin tomarse el trabajo de cambiar sus collares.”28

Mientras, el gobierno, por 191 votos, los mismos que trajeron al rey, han votado la disolución del cuerpo de Artillería. Amadeo I se queda, pues, sin apoyos. Entre tanto, los generales y constitucionalistas preparan un golpe de estado. El rey, según Mariclío, no quiso participar en el contragolpe: por nada del mundo quería imponerse a la soberanía de la nación. Está meditando ya su abdicación. La Reina, además, está harta de desplantes, añora a su tierra, y desprecia el fanatismo y la inferioridad mental de la aristócratas españolas: “¿Querían Borbones? Pues dárselos.”29

El 11 de febrero de 1873, Amadeo I de Saboya leyó su abdicación al trono español:

“Si fuesen extranjeros, al frente de estos soldados tan valientes como sufridos, sería yo el primero en combatirlos; pero todos los que con la espada, con la pluma, con la palabra agravan y perpetúan los males de la nación son españoles, todos invocan el dulce nombre de la patria, todos pelean y se agitan por su bien, y entre el fragor del combate, entre el confuso, atronador y contradictorio clamor de los partidos, entre tantas y tan opuestas manifestaciones de la opinión pública, es imposible atinar cuál es la verdadera, y más imposible todavía hallar el remedio para tales males.”30

Una gabbia di pazzi.

Le respondió Castelar con florituras y retórica vacía.

“Se le despedía con galas retóricas, lindísimas y bien olientes ofreciéndoles, como poético galardón, la ciudadanía de un pueblo independiente y libre. Ite, missa est.”31

Y una vez más los balcones. Sin cacerolas en aquellos felices tiempos. Apunta don Tito que los de los republicanos, pese a haberse implantado la república, estaban a oscuras en tanto el los de la aristocracia brillaban luces y faroles. Los Borbones estaban al caer de nuevo. Cuantas veces los han expulsado han regresado a hacer el bien a esta bendita patria, y a alimentarse de ella y de sus miserias. Volvieron, merced al beaterío de tanta dama y caballero bien pensante, sin olvidar a la Iglesia. Volvieron con toda su honestidad y ética a cuestas, que es mucha. De la mano de los mismos perros y con los mismos collares. El cadáver de Prim no dijo nada entonces. Tal vez porque nadie fue a visitarlo. Quizás por eso, el descendiente de Isabel II ha distado muy mucho de ser el primer ciudadano. Vale.

1Ibidem, Cap. XV

2Se habla allí una variante dialectal del euskera.

3Ibidem, Cap. XV

4Ibidem, Cap. XV

5Ibidem, Cap. XVI

6Ibidem, Cap. XVI

7Ibidem, Cap. XVII

8Napoleón en Chamartín, cap. XXII

9Los ejemplos se podrían multiplicar. Pero baste al respecto recordar los capítulos VII y VIII de Zumalacárregui. Y, sobre todo, el capítulo IV de La campaña del Maestrazgo, con todas las salvajadas del cura Lorente.

10Amadeo I, cap. XVII

11Ibidem, Cap. XVII

12Ibidem, Cap. XIX

13Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, véase en especial capítulos XLVII y ss de la primera parte.

14Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, capítulo IV, segunda parte

15Ibidem, Cap. XIX

16Ibidem, Cap. XX

17Ibidem, Cap. XX

18Ibidem, Cap. XX

19Ibidem, Cap. XX

20Ibidem, Cap. XXI

21Ibidem, Cap. XXI

22 Ibidem, Cap. XXII

23Ibidem, Cap. XXIII

24Eclesiastés, 1, 9-10

25Ibidem, Cap. XXIII

26Ibidem, Cap. XXIII

27Ibidem, Cap. XXV

28 Ibidem, Cap. XXV

29Ibidem, Cap. XXVI

30Ibidem, Cap. XXVI

31Ibidem, Cap. XXVI

UNETE



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