En el centenario de don Benito Pérez Galdós. Amadeo I (continuación)

CONTINUACIÓN AMADEO I

 

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Cicerón, Las leyes.

La nueva conquista de don Tito se llama Felipa. Esta lleva a su tertulia a una tal Clío. Don Tito asegura haberla visto en alguna parte1. La Historia no descuida la economía. En la tertulia de Felipa, un señor le descubre a Tito que el dinero de España, para el gobierno, proviene de Cuba. Los propietarios de los ingenios quieren que se legisle a su favor, y temen a los legisladores de turno: “sobran aquí sabios, oradores, y el buen sentido se cotiza muy bajo”2. Cuba fue otro de los problemas de la época, que se “resolvió” de mala manera. Don Tito volverá sobre ello.

Es en estos momentos cuando el protagonista cae enfermo. Lo auxilia, ya se ha dicho, el amigo que 37 años después le encargará que haga la crónica del reinado de Amadeo de Saboya. El periodista bajito cepta.

Empieza don Tito contando que en España hay dos partidos, que se disputan el poder. Uno de ellos, los unionistas “llevaban en la masa de la sangre los vicios y las malas mañas de la rancia política y de la administración apolillada.”3 Pese a todo, el gobierno, el otro partido, presidido por Ruiz Zorrilla, emprendió toda una serie de reformas. Estas alegraron a los tertulianos del Café Oriental: eso les iba a llevar a la democracia, y a liberarse de Amadeo I. Sabían, no obstante, que Sagasta, carlistas y demás, pondrían todos los impedimentos que pudieran para que no se llegara a esa forma de gobierno. No se llegó.

Hay situaciones que se perpetúan en este corralón lleno de sol. Roberto Robert, conocido periodista y escritor de la época, comenta con Tito, durante una comida, parte de esas intrigas. Y parece que esté hablando de la España de hace dos días: “Persiguiendo venados con el Rey, Serrano conspiraba para derribar a Zorrilla, al mes de subir este al poder. No sería verdad; pero el público, ávido siempre de novedades, se hartaba de aquella comidilla… Las cacerías fueron y son los más seguros vedados para matar las grandes reses políticas.”4 Esas cacerías fueron famosas hasta hace bien poco. Aunque han terminado por volverse en contra de los cazadores. Así lo han podido comprobar los elefantes de Botsuana y algunos españoles. Otros, igualmente, porque acudían allí con armas regaladas por grandes potentados, buscando que se legislara a su favor. Hubo hasta quien aprovechó esas salidas por el monte para acabar con su vida. La importancia de ser honestos. O, por lo menos, de leer algo. Lógicamente a don Benito no le dieron el Nobel de literatura.

La siguiente conquista de don Tito es doña María de la Cabeza Ventosa de san José. Es una mujer de rancio abolengo liberal, que lloró durante tres días la muerte de Prim. Es además una ferviente admiradora de don Manuel Ruiz Zorrilla. En la tertulia que se forma, en una de las tiendas de telas de la Cabeza, comienzan ya los rumores sobre el Rey y la Dama de las Patillas. Esta es Adela Larra Wertoret, hija que fue de Mariano José de Larra5. Munición para los alfonsinos. Lógicamente estos no denunciaron nunca, ni los denuncian, los amoríos de los rijosos Borbones.

Las intrigas y las cacerías dieron sus frutos: Ruiz Zorrilla fue apartado del gobierno. Comenzaron a gobernar, cubriéndose tras Malcampo-Candau, Serrano y Sagasta6. Y comenzaron las manifestaciones y alborotos por Madrid. Pronto se da cuenta don Tito de que todo aquello está haciendo el caldo gordo a los alfonsistas “ayudando a convertir en palabras vacías los tres rotundos jamases del general Prim”7. No le falta razón cuando, ante el clima que se está creando, zorrillescos y sagastorros lanzaron sendas proclamas al pueblo. El fino y bajito historiador considera a ambas iguales. “Leílos yo, y la verdad, no encontré gran diferencia entre una y otra soflama.”8

En vano trataron de recoser, nombrando arbitristas, aquella tela de Pentecostés, que no había, pese a todas sus similitudes, quien la ligara9. No era un problema político. Era de mediocridades sin luces. “De estos hombres que ponen en la mediocridad el límite más alto de sus ambiciones, nada puede esperarse”10 le dice doña Clío a Tito. Y entre las miras de unos y otros estaba, una vez más, mantener íntegro el territorio español. Cuba, la proveedora de los monises para que se legislara a su favor, era, indiscutiblemente, territorio español. Nada de privilegios ni favores. Dinero, ingresos.

Tito, por una historia burlesco romántica, es secuestrado por una dama. Él ha tenido el valor de herir, en un duelo, a un fantoche que le faltó al respeto a un cierto cura, valedor de Graziella. Así se llama la ninfa que lo rapta. El duelo, sin embargo, nada tiene que ver con ella ni con quien la mantiene. Graziella es definida, más hacia delante, como la hechicera Circe, barragana de un cura loco11. Don Tito pasa dos noches en su casa. Allí habla con doña Clío.

No tiene desperdicio la crítica que hace a continuación doña Clío de periódicos y políticos del momento. De estos últimos sobre todo. Salen ellos, al cabo de un tiempo, del gobierno, dice, o del partido, “en completa virginidad política”12. En realidad no buscaban más que figurar o arrimarse al sol que más calienta. No tenían más programa que las medallas, figurar, hacer de relumbrón, y su buen pasar. Añádase a lo dicho la feroz crítica que sigue. Doña Clío, es decir la Historia, cobra una menguada pensión de la Academia. “En aquella venerable casa, suele entretenerse ayudando al conserje en el barrido de la biblioteca y en quitar el polvo a los estantes.”13 Al parecer la Historia no sirve para otra cosa en este país. Tal vez por eso, don Benito le dio tanto protagonismo en sus últimos episodios.

Don Tito, siendo fiel a su compromiso, no deja de dar cuenta de hechos importantes que acaecen en el país y fuera de él. Si don Tito, o don Benito, se mueve entre la vida propia y la Historia, también lo hace, con la misma soltura, entre el realismo y la fantasía, manteniendo un perfecto equilibrio. Así, tras haber pasado varias noches en casa de la ninfa Graziella, cuando la busca, al día siguiente de haber salido de ella, esta no existe, ha desaparecido o nunca ha estado allí. Atónito se percata de la desaparición de la cueva de Circe. Lleva anotada la dirección. La mira una y otra vez. Nadie, además, conoce a esa señorita. Una vecina lo amenaza con llamar a la policía ante su necia insistencia. Busca lo que nunca ha existido. Don Tito no entiende nada.

Despedido también del contubernio con doña María de la Cabeza, por esas noches pasadas con la ninfa, Tito deambula por Madrid. Y da con don Nicolás Estévanez, un honrado militar que le da cuenta y razón de las atrocidades del ejército español en Cuba. Fusilamiento de estudiantes por una broma o ligereza de los mismos.14

Don Nicolás, un militar que renuncia al servicio, “no podía vivir en aquel campo de fieras discordias: por un lado los enemigos de la patria, por otro los que llamándose hijos de ella, la deshonraban con sus violencias y crueldades; allí la soberanía del honor militar; aquí el imperio de las ideas… Imposible residir en Cuba sin tirar el uniforme o tirarse al mar...”15 Decide lo primero.

Su viaje de regreso a España es una odisea breve. Preciosa y amarga.

Tan imposible como residir en Cuba lo es residir en la Península, pues “No había en España voluntad más que para discutir, para levantar barreras de palabras entre los entendimientos, y recelos y celeras entre los corazones...”16 Todo de una rabiosa actualidad, como se puede ver.

En el año 1872 Sagasta se hizo con el poder. Y siguió socavando el trono de Amadeo I. Don Tito, en el paroxismo del realismo, mantiene, en esos momentos, relaciones con tres mujeres al mismo tiempo. Enteradas unas y otras de la tripe coyunda, lo despiden, salvo Lucrecia, que fue asesinada. Lleno de tristeza y melancolía, don Tito se entrega en cuerpo y alma a la política. Hay elecciones. Concurren cuatro partidos: carlistas, alfonsinos, radicales y republicanos, unidos en la Junta Mixta, con el fin de derrotar al gobierno17. Pese a todo, nada pueden hacer: “Todo cuanto veíamos despedía olor a muerto. Los gobiernos de don Amadeo no salían de la norma y pauta somnífera de los gobiernos anteriores a la revolución. Los vicios se petrificaban y las virtudes cívicas no pasaban de las bocas a los corazones. Administración, Hacienda, Instrucción Pública, permanecían en el mismo estado de pereza oriental. No salía un hombre que alzara dos dedos sobre la talla corriente”18. Concluye don Tito diciendo que hace falta un bárbaro para crear un nuevo mundo. Pero ese bárbaro es quien habla con los hechos, el que derriba los viejos muros. Ni apareció entonces ni está por aquí ahora. Seguimos instalados en una mediocridad cada vez más profunda.

No pasan los años para este país.

Curiosa luego la reaparición de doña Clío en Palacio, donde a petición propia, don Tito la despoja del coturno para calzar zapatillas. Por si no queda claro el simbolismo, se expresa con palabras: “Mal andan allá arriba. Ministros y Rey han rivalizado en torpezas.”19 Sagasta, cuenta doña Clío, se opone al rey, no quiere celebrar Consejo, y el rey se lo impone. Lo demás, le replica don Tito, lo sabe, pues lo traen los periódicos. Eso no contenta a Mari Clío:

“Cada periódico cuenta el caso a su modo, y con el aderezo y salsa que cada bandería suele gastar en sus guisos. Óyelo de mi boca, que no miente. Mi único guiso es la verdad...”20 Curioso lo de los periódicos. Oyendo a doña Clío parece que tampoco ha cambiado nada al respecto, pese a que por aquel entonces los periodistas no tenían código deontológico. Y muchos de ahora, como no saben griego, no entienden lo que es.

El rey está harto de banderías y divisiones. La solución es que los ministros se presten a jurar un programa que no tienen, y que es confeccionado a toda prisa a instancias del monarca. Por todo eso la madre Clío se descalza sus coturnos. Zapatillas de ir por casa se merecían aquellos badulaques.

También la reina está echando su cuarto a cuestas: intenta apaciguar a las católicas alfonsinas nombrando buenos obispos y tendiendo un hilo con el Vaticano. Desoye los consejos de doña Clío: “¡Ay, no sabe esta buena señora con quién trata! Yo le dije:”No te fíes. Suponiendo que Pío IX entre por el aro, no te preconizará más que obispos carlistones, afectos a él más que a ti o a tu marido...”21 Ya se sabe, y ya lo dijo el otro: con la Iglesia hemos dado. El Señor nos ampare.

Poco después, efectivamente, en tanto Sagasta engrasa la máquina electoral derramando dinero, dos millones de la época, robados, los carlistas se preparan, en el norte, para una nueva guerra civil.

Entre unas cosas y otras, don Tito enferma. Enterado su padre, va a recogerlo para llevárselo al pueblo, ambiente sano, para curarlo.

1Ibidem Cap V

2Ibidem Cap V

3Ibidem Cap VI

4Ibidem Cap VI

5Ibidem Cap VII

6Ibidem Cap VII

7Ibidem Cap VIII

8Ibidem Cap VIII

9Fue un general de la época quien le puso tan peregrino nombre. El buen militar quería decir la tela de Penélope.

10Ibidem. Cap IX

11Ibidem. Cap XI

12Ibidem. Cap IX

13Ibidem. Cap X

14Ibidem. Cap XI

15Ibidem. Cap XI

16Ibidem. Cap XI

17Ibidem. Cap XII

18Ibidem. Cap XII

19Ibidem. Cap XIII

20Ibidem. Cap XIII

21Ibidem. Cap XIII

UNETE



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