En el centenario de don Benito Pérez Galdós. Amadeo I (primera parte)

EN EL CENTENARIO DE DON BENITO PÉREZ GALDÓS

 

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Pérez Galdós, Amadeo I.

I

EL AUTOR

Amadeo I es el tercer episodio de la quinta y última serie de los Episodios nacionales. Está fechado en 1910, entre agosto y octubre, y entre Santander y Madrid. Tenía don Benito, cuando lo escribió, 67 años. Ya era, pues, un escritor granado, conocido y reconocido. Se podía permitir, por lo tanto, ciertos lujos literarios. El cambio de tono en los Episodios es uno de ellos. Cambio lógico, por otra parte. Con pequeñas pinceladas se iba anunciando por aquí y por allá1.

El protagonista de Amadeo I poco tiene que ver con los héroes de las otras series, Gabriel Araceli, Salvador Monsalud, etc. Tito, o don Tito, protagonista y redactor de Amadeo I, es un pobre periodista, bajito y enamoradizo. Abandonado el pueblo natal, trata de ganarse la vida como buenamente puede en aquel Madrid de finales del siglo XIX. Es un personaje inverosímil, capaz, pese a su tamaño, de enamorar al lucero del alba. Solo el buen hacer de don Benito lo mantiene a flote en una España de intrigas, luchas políticas y facciones y más facciones, cada vez más enconadas. Don Tito nos dará cuenta de ellas. Prim, tras los famosos tres jamases dirigidos a los alfonsinos, los Borbones, trató de poner orden en este caos, recurriendo para ello a la monarquía de Amadeo de Saboya. Don Tito será su cronista.

Le sucedió al general de Reus lo mismo que a Ibero, personaje importante de Prim:

“Buscaba en la mar un barco, en la tierra un hombre, y ni hombre ni barco parecían”2

Un día, avanzada ya la narración, don Tito cae enfermo. Un amigo le ayuda a sostener su casa. Don Tito le queda profundamente agradecido prometiéndole que le devolverá el favor cuando se tercie la ocasión. Esta se presenta muchos años después. 37 para ser exactos, los mismos que hace que don Amadeo de Saboya dejó, por imposible, el trono español. El amigo de don Tito le encarga a este que escriba la historia de tan breve monarquía. Don Tito acepta el encargo, pese a la paga, que es un homenaje, uno más, a don Miguel de Cervantes:

“Por este trabajo te pagaré lo que dio Cervantes al morisco aljamiado, traductor de los cartapacios de Cide Hamete Benengeli, dos arrobas de pasas, y dos fanegas de trigo, o su equivalente en moneda, añadiendo el gasto de papel, tinta y tabaco en los pocos días que tardes en rematar la obra...”3

Le dice el amigo que puede utilizar el método que quiera, y entremezclar su historia personal, cosa que ya ha hecho, con la de la monarquía, pues los casos privados “a veces llegan al fondo de la verdad más que llegan los públicos”4

Volviendo atrás, antes de este compromiso, cuenta don Tito que Amadeo de Saboya entró en Madrid el 2 de enero de 1871. El pueblo ardía de curiosidad por ver “la prestancia del que nos mandaba Italia en reemplazo de los en buena hora despedidos Borbones”5.

Según cuenta don Tito, don Amadeo les pareció a todos un rey gallardo y animoso hasta la temeridad, pues una monarquía nueva, la italiana, venía a hacerse cargo de “una vieja monarquía, desvastada por la feroz lucha secular entre dos familias coronadas”,6

Téngase en cuenta que, como se ha dicho, la historia se escribe 37 años después de la abdicación. Don Tito es, por lo tanto, un escritor omnisciente: “Verdad es que España se sacudió a entrambas [a las familias borbónicas] como pudo; pero una y otra dejaron en los repliegues del suelo cantidad de huevecillos que el calor y las pasiones de los hombres cluecos, aquí tan abundantes, habrían de empollar más tarde o más temprano”.7 Fue más bien temprano, y duradero en el tiempo.

La entrada de don Amadeo en España no pudo ser más trágica: nada más arribar a Cartagena le dieron la noticia al rey del asesinato de Prim, el hombre que lo trajo para gobernar; el hombre de los tres jamases cuando le preguntaron por la posibilidad de restaurar a los Borbones. Como es sabido, Prim murió en un atentado, perpetrado sin duda por esa camarilla de hombres cluecos como los llama don Tito. Algunos militares estuvieron detrás del atentado.

Nada más llegar a Madrid, Amadeo I de Saboya va a visitar la capilla ardiente de Prim. El cadáver de este le da unos cuantos consejos. Parecen sacadas de un texto de Platón o del mismo Aristóteles:

“Para poseer el arte de reinar, aprende bien antes la ciudadanía. El buen rey sale del mejor ciudadano...”8

Amadeo de Saboya cumple con todas las solemnidades legales, juramento en el Congreso, y paseo por la ciudad. Momento que se aprovecha para hablar de un instrumento de reconocimiento, o rechazo, que el tiempo ha vuelto a poner de moda: los balcones. El narrador se percata de que en los balcones de los partidarios de Alfonso XII no están colgados sus elegantes reposteros aristocráticos, como tampoco los han colocado los federales. Estaba claro, pues, que España distaba muy mucho de formar una piña con su nuevo monarca. Por si esto no era evidente, al día siguiente se produjo el entierro de Prim. Significativo es el asesinato de este hombre, y la ceremonia masónica, consentida, en la basílica de Atocha, “El hombre que ejerció en España durante veintisiete meses una blanda dictadura, poniendo los frenos a la revolución y creando una monarquía democrática como artificio de transición, o modus vivendi hasta que llegara la plenitud de los tiempos”9.

Es en el capítulo II donde se nos revela el autor de la historia, escrita en primera persona. Este se define como”chiquitín de cuerpo, grande de espíritu y dotado de amplia percepción para ver y apreciar las cosas del mundo.”10

Don Benito está lejos ya de la búsqueda de la verosimilitud con sus protagonistas, los que viven y sufren los Episodios. Don Tito es una creación nueva, muy alejado de sus antecesores. Y a este lo acompaña, ni más ni menos, que doña Clío o Mariclío. Esta, que no es otra que la musa de la Historia, irá adoptando diversos aspectos a lo largo del Episodio: o bien calzará los clásicos coturnos trágicos, los borceguíes del momento, o irá en zapatillas, dependiendo de las circunstancias y de los personajes con los que se encare.

Estos dos personajes dan una dimensión nueva a los Episodios. Y anticipan, sin duda, lo que luego será el realismo mágico. Nace aquí, y en los episodios restantes se acentúa con el protagonismo de doña Clío.

Los nombres, tan significativos siempre en Galdós, contribuyen a crear esta dimensión mágico realista: don Tito, se relaciona, aunque no abusa de ello, con Tito Livio, y Mariclío tan pronto es una fregona como la musa inspiradora de Heródoto y Tucídides. Como ya se ha dicho, el protagonista, entremezclando su vida con la ajena, sigue más a Heródoto que a Tucídides o al mismo Tito Livio, aunque en este tampoco faltan los sucesos maravillosos, lluvia de sangre, de piedras, rayos, truenos, etc.

Cuenta don Tito, en la línea de Heródoto, sus divertidas anécdotas, sus conquistas amorosas, siempre rebozadas de crítica social, nada inocentes por lo tanto. Así el marido de su primera conquista, Quintín González, aprovechando que la gente se burla de las libreas de los empleados de palacio, los llaman los langostas por el color de las libreas, advierte, como si estuviera hablando con el Amadeo I:

“Mire, señor, si los españoles le atacan con discursos, injurias y aun con armas blancas o de fuego, manténgase tieso; pero si vienen con chafalditas y remoquetes, ya puede ir preparando el petate”11. Premoniciones.

La segunda conquista de este impenitente se produce en el teatro, viendo una obra cómica. Obdulia, la dama de sus requiebros, quiere mantener el romanticismo dentro del orden. Y por ello mismo le pide el matrimonio a don Tito. Su señora, es sirvienta de una noble, la marquesa de Navalcarazo, sabe que tiene novio formal, pues de otra forma, no se lo permitirían: “que a nosotras las criadas no nos consienten gallos tapados, por más que veamos a nuestras señoras enredadas con este o con el otro caballero, que a lo mejor es el más íntimo del marido...”12

Pinceladas sobre la buena sociedad alfonsina o borbónica. Obdulia, sin embargo, no sólo critica a la nobleza por su falta de pudor, sino que nos da un adelanto de cuanto va a suceder. Obdulia sirve como doncella en la tertulia de la marquesa de Navalcarazo. En una de esas tertulias, la marquesa Incide en lo que ya dijo el marido de la otra conquista, que don Amadeo tiene los días contados, y que va a llegar la Restauración, es decir los alfonsinos. La aristocracia está trabajando para que así sea. Lanzan infundios contra el rey, se burlan de su persona, y lo acusan de ser masón. No lo era. Pero se va cumpliendo lo que pronosticó el langosta. Añádase a ello los periódicos y los buenos periodistas que nunca faltan en cualquier causa. Entre todos van creando un clima irrespirable. Los voceras actuales no han inventado nada.

Los ataques y las burlas seguirán luego con la reina. El día de su entrada en Madrid, y recepción, hubo desplantes, y falta de colgaduras en los balcones, y ausencias en Palacio. Así lo señaló el Imparcial, periódico de entonces.

Como en aquella época no se estilaba sacar las cacerolas a la calle,más que para ir a pedir la sopa boba, no hubo caceroladas. Silencios y desplantes. Eso sí.

Visto el panorama, una compañera de Obdulia llena de buenos consejos al protagonista: “Si sus negocios andan mal, y la pluma no le da para vivir, arrímese a lo católico, pues lo que es dinero no encontrará fuera del catolicismo”13. Por catolicismo cabe entender, cómo no, los partidarios de los funestos Borbones. Ya había pensado don Tito en ello, en alcanzar alguna prebenda del estado, pues “Todos los españoles adquirimos con el nacimiento el derecho a que el Estado nos mantenga, o por lo menos nos de para ayuda de un cocido”14

Don Tito, como se ha dicho, more Heródoto, mezcla los asuntos privados con los públicos para que la Historia sea más verdadera, “la cual nos aburriría si a ratos no la descalzáramos del coturno para ponerle las zapatillas”.15

1Sirva como ejemplo la historia de sor Teodora de Arnasis en el episodio Un voluntario realista.

2Benito Pérez Galdós, Pirm, cap. XVIII

3Benito Pérez Galdós, Amadeo I, cap. V

4Ibidem, cap. V

5Amadeo I, cap I

6Ibídem

7Ibidem

8Ibídem.

9Ibídem

10Ibidem, Cap II

11Ibidem, Cap II

12Ibidem, Cap II

13Ibidem, Cap III

14Ibidem, Cap III

15Ibidem, Cap IV

UNETE



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