.wordpress.com">Por Jesús Salamanca Alonso / Viniendo de
donde viene no se podía esperar otra cosa del “marqués” de Galapagar, Pablo Iglesias. Parece que a los “Pablos
Iglesias” les persigue la falsedad y la mentira. El socialista, a quien
consideran fundador del PSOE, no tuvo inconveniente en ocultar su verdadero
nombre, como está suficientemente demostrado por la historiografía; se llamaba
Paulino, y no Pablo: no tienen más que estudiar “La Historia oculta del
Socialisno” (ArC Editores) y corroborarlo. A éste, el de hoy, podemita,
mentiroso y ‘barato verborreico’ tampoco se le caen los anillos por mentir y
hacer odiosos eufemismos. Hace planteamientos terroristas propios de quien ha mamado
el odio o ha sido amamantado con las ubres del rencor.
Al menos,
Paulino, pero con el nombre de Pablo desde que llegó de Ferrol, tuvo la
valentía de ser uno de los primeros obreros españoles que pidió su ingreso en
la Internacional, con tan solo 20 años. ¿Pero qué ha hecho de provecho el “marqués”
desde el punto de vista político? ¿Asesorar a Chávez para arruinar Venezuela?
¿Azuzar odio contra la disidencia? ¿Echar a la “policía política” venezolana
contra la Resistencia? Ya me dirán qué va a aportar este personaje en la
comisión de reconstrucción cuando, desde el Gobierno, solo se crea ruina, muerte y odio como alternativa a una
economía que estaba boyante.
No encuentro
otra explicación. Y si no echen una ojeada a la versión fanática que dio, en su
momento, de atentado terrorista acaecido en París. ¡Hay que odiar mucho y no sentir
nada por el prójimo para no entender la barbarie cometida por el terrorismo
yihadista! Tan solo le faltó culpar a Hollande o a la sociedad francesa de lo
sucedido. No olvidemos que su postura es la misma que mostró la izquierda
radical tras los atentados del 11M; era un momento en el que había que culpar a
Aznar y al Partido Popular de todo, porque las urnas navegaban a su favor y con
mucha diferencia.
En los
sucesos del 11M y después fue muy fácil que la izquierda se pusiera de acuerdo
para dañar la imagen del expresidente y de su partido. Lo peor de todo es que
el PSOE ‘perdió el trasero’ por unirse a la desfachatez. El ‘señorito’
Iglesias, instalada en el insulto y el odio, trufa su falta de argumentos con
el reparto de carnés de demócrata, amenaza con el “guerracivilismo” y con la
caduca lucha de clases, sin que falte el más estrafalario apoyo a las
formaciones proetarras, caducos nacionalismo y ruines narcodictaduras. ¡Vaya
carta de presentación!
Pablo
Iglesias, el podemita, al autoexcluirse del Pacto Antiyihadista, demostró que
no tenía sentido de Estado y que estaba muy alejado de la realidad del país. Han
transcurridos varios años de cuanto reseño y no se ha movido ni un centímetro,
por lo que insisto en ello y la ciudadanía puede corroborarlo. Sus
planteamientos populistas se catalogan en la categoría de memez o sandez,
aunque hay quién lo califica de creciente estupidez. Ahora se entiende su
asesoramiento al ‘gorila rojo’ y al actual presidente de Venezuela, Nicolás
‘InMaduro’.
Un
asesoramiento idóneo para destruir, pero contrario a los principios que deben
regir a la hora de construir una sociedad asentada en la convivencia y en la
solidaridad. No tienen más que volver la vista a los meses de marzo y abril
donde, siendo el vicepresidente el máximo responsable de las residencias de
ancianos, se han cometido verdaderos atropellos y, “en vez de recibir
medicación, solo han recibido morfina”. ¡Qué afán tiene esta izquierda
desnortada con dejar a los mayores a su suerte! En su momento ya demostramos opiniones
diversas al respecto.
Ni siquiera
con la que está cayendo, y la inutilidad
e irresponsabilidad que está demostrando, faltan seguidores que se acercan al
‘vendeburras’ de Pablo Iglesias, el podemita. Lo curioso de ello es que muchos
se marchan igual que llegan porque ven en él al gallo de morón, sin más; ahí
tienen los casos de Gordillo, Pérez Royo,…. Y otros mucho menos mediáticos. No
dejan de ser simples aprovechados que viven avergonzados de no haberse sabido
ganar la realidad y estar en los medios de comunicación. Algo así como
Rodríguez Zapatero, pero en más gaznápiro, menos ‘príncipe’ de Delcy Rodríguez y menos oportunista.
A Pablo
Iglesias, el podemita, se le cayó el espantapájaros al afirmar que
“determinadas intervenciones europeas en Oriente Medio no contribuían a la
seguridad de los ciudadanos de Europa”. Lo peor de todo es que llamó “venganza”
a la acción organizada para intentar acabar con la barbarie del Estado
Islámico. No es de recibo eso de cortar cuellos, enjaular a personas e
introducirlas en agua hirviendo hasta verlas ahogadas, destruir obras de arte
milenarias e imponer matanzas absurdas, pero para el líder podemita es algo
normal y que él aplaude. La versión más odiosa y criminal de ese credo se lleva
hasta las últimas consecuencias en nombre de un dios y de un profeta.
Altos cargos
venezolanos, exafines a Hugo Chávez, decían de Pablo Iglesias que “es un
problema serio y un personaje peligroso al que hay que erradicar de los
aledaños del poder”. Esos personajes no podían imaginar que en 2020 sería
vicepresidente segundo del Gobierno de Sánchez, y mucho menos que el PSOE
estuviera a sus pies. Su ideario, basado en la violencia, la mentira y la
destrucción es lo menos conveniente para el Estado español. Ahí tienen el caso
de Venezuela en manos de un endiosado terrorista, capaz de mandar expropiar por
una opinión contraria a la suya o de disparar porque un grupo de huelguistas
pacíficos defienden un planteamiento diferente o instar a la violación de
estudiantes presas porque no delataban a sus compañeros y compañeras de lucha.
Lucha, lo llaman, a actuar con el mismo odio con que lo hacía Stalin, incluso
en la explicación de la gallina desplumada.
Si a todo
eso añadimos su postura marxista y la siniestra lista de seguidores,
sinceramente estamos ante un energúmeno peligroso, inconsciente y ridículo para
los tiempos en que vivimos. Tal vez lo peor de esa formación se encuentre en la
visión anticuada de muchos de sus fieles “pijiprogres”; no hay más que echar un
vistazo a la reacción de su portavoz que, al escuchar cantar la Marsellesa a la
clase política francesa, no se le ocurrió otra ‘lindeza’ que esa originalidad
de: “¡Putos fachas!”. Muchachos jóvenes con ideas viejas: una desastrosa mezcla,
casi tan desastrosa como la extrema izquierda a la que representan.