Red de publicación y opinión profesional
Política · Economía · Sociedad · Cultura · Ciencia · Tecnología ·
Últimas etiquetas:   Poesía   ·   Pandemia   ·   Coronavirus   ·   Periodismo   ·   Crisis Económica   ·   Colombia   ·   Internet   ·   Escritores   ·   Lectores   ·   Estados Unidos



"Hasta El Último Hombre": Estamos aquí por una razón, solo necesitamos descubrirla.


Inicio > Cultura
02/06/2020


345 Visitas



Continuando con la filmografía de Andrew Garfield, anoche vi "Hasta El Último Hombre", una película dirigida por Mel Gibson en la que cuenta la historia (real) de Desmond Doss: el primer objetor de conciencia en recibir la Medalla de Honor al salvar a más de setenta y cinco hombres sin llevar o disparar un arma durante la Batalla de Okinawa, en la II Guerra Mundial.


No soy partidaria de las películas históricas, ni de los videojuegos o la Historia en sí, me resultan aburridos; siempre he buscado algo más artístico, literario o abierto a nuevas interpretaciones; algo capaz de reescribirse y convertirse en una pieza mejor, en algo que agradece el cambio y pretende seguir con él.

La Historia es contar, de nuevo y forma lineal, algo que ya se conoce y que no es explorable, lo que resulta frustrante.

Aunque este caso es una excepción y es que nunca me ha había quedado tan ensimismada viendo una película, las escenas bélicas, más bien; no sé si es por cómo están escritas, grabadas o por lo que representan: violencia, temor y desesperación.

Rabia e irracionalidad.

Quizá el plantearme de dónde procede ese odio y por qué escogemos hacerlo personal, por qué gritamos, llenos de ira y sangre caliente.

¿Qué nos mueve a luchar, a ser animales y defender cosas que no entendemos en su totalidad?

¿Qué parte de nosotros determina qué lucha es válida y cuál hay que erradicar, quién vive o muere?

A pesar de sus dos horas de duración y su temática no me aparté de la pantalla del ordenador, quizá fue por su dirección o la actuación de los actores. Por la historia de amor en segundo plano, pues todas las que ocurren en la época de los cuarenta o cincuenta me parecen espectacularmente bellas y elegantes.

Quizá sea porque me hizo pensar, no solo en las motivaciones del ser humano a actuar en contra de su instinto, lleno de miedo, dispuesto a morir; sino también por Doss.

Para conocerle un poco mejor, Desmond Doss, acorde a la película, creció en una familia cuyo padre había combatido en el ejército y había vuelto perdido. Sólo encontraba consuelo en el alcohol y no era capaz de comprender qué fue a hacer allí, no era capaz de ver su propósito.

A lo largo de la película, en el principio y a mitad, suceden cosas que te hacen ver por qué Doss no dispara armas, aparte de sus creencias, es un hombre de fe.

Ha visto como actúa la violencia y el incentivo a practicarla y quiere evitar que haya más oscuridad en el mundo, es un ser de luz, de ayuda y de esperanza.

Su propósito en el universo, en el mundo y en su vida es ayudar a los demás y hacer del mundo un lugar mejor, y no importan las creencias mientras se obre bien, eso es algo que mantengo.

Me gustaría hacer una pequeña inflexión aquí y volver a remarcar el hecho de como creemos que las personas rotas son aquellas que mejor son capaces de arreglar el mundo, como dije en el artículo anterior, no creo que una persona deba sufrir para querer erradicar el dolor, aunque haya excepciones.

Es como un salvavidas para mí negar tal cosa, pues me resulta extraño y casi irreal creer que una persona es insensible y egoísta hasta el punto de no detener una injusticia o trabajar para vivir en una sociedad mejor; no me parece racional pensar que se debe pasar por un castigo, una maldición, para ser la mejor versión de ti mismo. Eso no es una recompensa, no es algo que se gana, es algo que debes ser por ti y el mundo.

Pero como se suele decir, o como suele decir Hobbes, "el ser humano es esgoísta por naturaleza"; no somos capaces de ver más allá de nuestro límite si éste no se ve atacado.

En cambio, si nos perjudica el hecho de que alguien necesite ayuda, se la daremos, solo por nuestro bienestar. Por volver a ser ese engranaje que hacer girar al mundo.

También nos afecta a escala social: no nos importa la gente que desfallece en la calle, o pide, o ruega; nos interesa mostrar al mundo nuestra preocupación hacia algo que no queremos solucionar, a algo que nos vale de consuelo.

Es extraño como pensamos, nunca he sabido si interpretarlo como un mecanismo de defensa para no "asustar" a nuestra mente o si darle la razón a Hobbes.

Andrew Garfield lo comentó en una entrevista: vivimos en un mundo en el que se necesita sentir mucho y se necesita mostrar. Se necesita enseñar cuán profundo sentimos y que alguien nos acepte y nos quiera por ello. Necesitamos ser parte de algo y no caer en la incomprensión.

En situaciones así siempre destacan los traidores, los que no encajan y están perdidos, a ojos de otros. Esas personas que tienen vocación, una llamada, como Desmond.

Llevaba días pesando sobre ello, sobre la razón que nos mantiene aquí y que nos hace movernos, sobre ese motor que tenemos que alimentar para no caer en la locura que resulta dudar todo el tiempo; llevaba tiempo pensando en la vocación, en mi llamada, y después de ver la película he llegado a la conclusión de que no existe.

No tengo vocación, no tengo propósito, aunque hubo un tiempo en el que sí. Y no logro comprender por qué ha desaparecido, solo lo justifico con cosas que no puedo demostrar y nadie puede confirmar.

Durante mucho tiempo creí lo mismo que el protagonista de la película: "con el mundo tan dispuesto a destruirse a sí mismo no me parece algo tan malo querer unirlo un poco"; mi propósito era reparar, ayudar, unir aquello que el mundo estaba desmontando pieza por pieza.

Yo quería ayudar al mundo a sentirse mejor consigo mismo, a quererse y aceptarse, a pesar de todo; por eso contaba mi historia, la escribía, la plasmaba en los personajes de mis relatos: para demostrar que nadie está solo.

He colaborado con organizaciones dedicadas a las cardiopatías para ayudar a aquellos que se sientan inferiores por ser quiénes son, he hablado sobre la salud mental, sobre los derechos que todos merecen tener de amar y de creer sin límite. He usado la poca voz que tengo para decir algo que deje huella, que resuene incluso cuando no hay eco.

He querido ayudar.

Ayudar.

Y ayudar.

Todo se ha resumido a eso, a un gran poder de dar y no recibir, y estar agradecida; de ser abnegada y bastar con ver a personas inspiradas por aquello que he hecho, aunque sea pequeño.

Me sentí plena por mucho tiempo, como si perteneciese a ese lugar que siempre estoy buscando, pero que con los años ha ido desvaneciéndose.

Ya no quiero ayudar y es desmotivador, estoy desconcertada.

Hay una escena en la película en la que Doss dice: "puede que haya sido egoísta, pero si no me aferro a mis principios, a lo que creo, ¿qué me queda?"

¿Qué somos sino fieles a aquello que mantiene nuestra cordura, nuestra consciencia alejada de que cualquier remordimiento por no defender algo? ¿Por no vivir acorde y debido a algo?

¿Qué me queda, a mí, si no soy capaz de mantener esos estándares mucho más tiempo, si no me apetece defenderlos? El silencio y la agonía de preguntar "¿y ahora qué?", de perder.

Es algo que tememos: perder, incluso más que esa angustia de dudar.

Perder una apuesta, perder a un ser querido, perder una jugada; perder es la verdadera debilidad del ser humano, debemos ganar siempre y de forma continua. Debemos ser los mejores, y no en el mejor de los sentidos, hacemos cualquier cosa por ganar; también podemos aplicar eso a la película, en las escenas de guerra, en cómo transforman la resignación en algo personal y sienten la necesidad de servir a su país, de ganar sin importar las circunstancias o las consecuencias.

El protagonista servía a su país, sí, pero sobretodo a su voluntad. Salvó hombres del terreno enemigo, salvó a hombres de su pelotón y no paraba de repetir "por favor, déjame salvar a uno más".

Supongo que eso es inspirador, no recuerdo las veces que he dicho en mi vida "déjame ayudar a alguien más, estoy aquí para eso"; me imagino que de tanto repetirlo se gastó y perdió signifcado.

No se lo pedía a Dios, ni siquiera al universo o al destino, sino a mí; me forzaba a suplicarme que me dejase ayudar a otros y no paraba de repertirmse que ese era mi servicio y mi voluntad.

Y creo que estoy cansada, que he dejado de verlo como un impacto positivo en el mundo y lo he transformado en un meteorito, aunque no sabría explicar el porqué.

Me he sentido obligada a ser feliz, a ser luz y a acercarme al precipio de todos; no todo el mundo quiere o puede ser salvado, no todos escuchan, no todo el peso de sus mundos puede caer sobre mí. Podríamos decir que es un camino muy sufrido y acabamos absorbiendo la energía negativa de aquellos para irradiar la nuestra, lo que nos deja destrozados.

Morimos por alguien, aunque no nos guste admitirlo, nos sacrificamos por el bienestar de otros y acabamos siendo un "abogado de causas perdidas", pues intentamos reparar aquello que está muy roto e incluso, lo que no lo está, y perdemos la vista en el horizonte responsabilizándonos de aquello que no nos pertenece. Y es que podemos cambiar vidas y destinos, siempre que éstos estén abiertos o sin redactar.

Lo que yo prometía era una especie de salvación, un hombro en el que llorar, una consultora que tiene en cuenta todas las caras de la moneda. En definitiva, un alma que no juzga pero que a veces, no quería actuar como tal.

No me permití no hablar de mí, incluso cuando no quería; no me privé de aportar mi granito de arena incluso cuando no tenía, lo que hace difiícil no caer en la condesdencia.

¿Cómo digo "esto", como escribo "aquello", cómo actúo "así" de modo que no crean que estoy aquí por tendencia, por popularidad o reconocimiento; por hacer crecer mi ego a costa de otros?

Cuando tu propósito se convierte en una obligación, entonces, ¿cómo puede seguir considerándose una razón para vivir? Podemos extrapolarlo a cualquier aspecto, como nuestro trabajo o nuestros hobbies; cuando algo que nos apasiona comienza a ser un deber, ¿qué sentido tiene, si no somos capaces de realiarnos cómo personas, como humanos y no máquinas?

Siempre se ha dicho que conviertas aquello que amas en tu trabajo, ¿y si la responsabilidad de hacerlo incluso cuando no hay tiempo, ganas o inspiración lo estropea? ¿Qué nos queda, si no podemos escapar de la rutina, si esa burbuja ya no es un hogar?

No siempre quiero ser feliz, no siempre quiero tener esa positividad que la gente espera que tenga y que tanto les irrita; no quiero ser un ejemplo, no quiero contar mi historia o ser recordada, no si resulta una obligación.

Podríamos decir que me forcé a ser aquello que todos decían, una persona fuerte y capaz de ver el lado bueno en todos y en todo. También soy alguien capaz de ver el lado malo, aunque no lo muestre, porque cuando lo hago todos creen que exagero.

Mi propósito no es mío, no fue dado, no fue un regalo o un don, fue una imposición; fue una vía de escape para razonar que tiene que haber algo detrás de todo.

Fue una máscara, un empujón hacia "lo correcto", hacia esa imagen de la que hablaba al principio: el sufrimiento está idealizado y solo aquellos que lo padecen pueden cambiar las cosas.

Fue una repetición constante de "debes cambiar el mundo por todos aquellos que dijeron que no podrías y por todos los que no pudieron", fue una venganza.

Fue la expectativa del mundo, la supuesta valentía y fuerza que me atribuían, fue egoísta y personal.

Y aún sigo esperando a que ese interruptor se active, a que la luz se encienda, después del desengaño; nunca me he sentido completa o pertenenciente a nada, incluso cuando me imagino un futuro resulta borroso y desencajado porque nada parece llenar esa incertidumbre.

Ni siquiera un trabajo, ni siquiera cuando publiqué un libro o gané certámenes de fotografía, ni siquiera cuando estudié; "¿y ahora qué?" era lo único capaz de decir. Nunca resulta suficiente.

Garfield ha hablado varias veces de cómo descubrió que su vocación era actuar, de que quería contsr historias que significasen algo para él y para el mundo; como Doss, hacer algo que tenga valor y deje constancia.

Varias veces ha contado esa historia de cómo se emocionó al ver una parte de los ensayos de una obra de teatro del instituto y cómo "algo" dentro del él comenzó a funcionar y dijo "esto es lo que soy, lo que quiero hacer durante el resto de mi vida".

Admiro a las personas capaces de sentirse útiles y no caer en lo obsoleto, de continuar creciendo con aquello que se les ha encomendado; me enamoro fácilmente de aquellos que tengan una relación con su alma y y el universo tan estrecha que no dudan, al menos en este aspecto, de su misión; que no vacilan al caminar por el mismo lado y son capaces de descubrir algo nuevo en eso, no hay rutina a pesar de la repetición de una misma acción.

Haciendo memoria puedo recordar el único momento en el que, quizás, sentí aquello era algo mío: cuando leí a Bécquer por primera vez y me aventuré a escribir, aunque siempre existió el miedo y la duda de estar imitando, de que todas las composiciones, artículos y reseñas resulten ser copias o contenido vacío.

Escribir mucho y decir poco, quizá me obligué a escribir por la necesidad de validación, de ser parte de un plan.

Y creo que no hay mejor forma de acabar este artículo y resumir todo este caos que con una frase de "Til Kingdom Come", de Coldplay: "I don't know which way I'm going, I don't know what I've become" ("No sé en que dirección voy, no sé en qué me he convertido")

No sé que estoy haciendo.

•••

Podéis ver la película en Amazon, alquilándola o comprándola.

Podéis leer sobre Desmond Doss aquí y aquí.

Y escuchar la canción de Coldplay aquí.





Etiquetas:   Cine   ·   Religión   ·   Filosofía   ·   Guerra   ·   Cultura   ·   Reseña   ·   Crecimiento Personal

Compartir
Tu nombre:

E-mail amigo:
Enviar
PDF

0 comentarios  Deja tu comentario




Los más leídos de los últimos 5 días

Comienza
a leer


Un espacio que invita a la actualidad e información
 

Publica tus artículos


Queremos ser tus consejeros y tu casa editorial

Una comunidad de expertos


Rodéate de los mejores y comienza a influir
 

Ayudamos a tu negocio


El lugar y el momento adecuado donde debes estar
Secciones
20676 publicaciones
5137 usuarios
Columnas destacadas
Los más leídos
Mapa web
Categorías
Política
Economía
Sociedad
Cultura
Ciencia
Tecnología
Conócenos
Quiénes somos
Cómo publicar en Reeditor
Contacto
Síguenos


reeditor.com © 2014  ·  Todos los derechos reservados  ·  Términos y condiciones  ·  Políticas de privacidad  ·  Diseño web sitelicon.com  ·  Únete ahora