.
No soy partidaria de las películas históricas, ni
de los videojuegos o la Historia en sí, me resultan aburridos; siempre
he buscado algo más artístico, literario o abierto a nuevas
interpretaciones; algo capaz de reescribirse y convertirse en una pieza
mejor, en algo que agradece el cambio y pretende seguir con él.
La Historia es contar, de nuevo y forma lineal, algo que ya se conoce y que no es explorable, lo que resulta frustrante.
Aunque este caso es una excepción y es que nunca me ha había quedado
tan ensimismada viendo una película, las escenas bélicas, más bien; no
sé si es por cómo están escritas, grabadas o por lo que representan:
violencia, temor y desesperación. Rabia e irracionalidad.
Quizá el plantearme de dónde procede ese odio y por qué escogemos
hacerlo personal, por qué gritamos, llenos de ira y sangre caliente. ¿Qué nos mueve a luchar, a ser animales y defender cosas que no entendemos en su totalidad? ¿Qué parte de nosotros determina qué lucha es válida y cuál hay que erradicar, quién vive o muere?
A pesar de sus dos horas de duración y su temática no me aparté de la
pantalla del ordenador, quizá fue por su dirección o la actuación de los
actores. Por la historia de amor en segundo plano, pues todas las que
ocurren en la época de los cuarenta o cincuenta me parecen
espectacularmente bellas y elegantes. Quizá sea porque me hizo
pensar, no solo en las motivaciones del ser humano a actuar en contra de
su instinto, lleno de miedo, dispuesto a morir; sino también por Doss.
Para conocerle un poco mejor, Desmond Doss, acorde a la película,
creció en una familia cuyo padre había combatido en el ejército y había
vuelto perdido. Sólo encontraba consuelo en el alcohol y no era capaz de
comprender qué fue a hacer allí, no era capaz de ver su propósito.
A lo largo de la película, en el principio y a mitad, suceden cosas que
te hacen ver por qué Doss no dispara armas, aparte de sus creencias, es
un hombre de fe. Ha visto como actúa la violencia y el incentivo
a practicarla y quiere evitar que haya más oscuridad en el mundo, es un
ser de luz, de ayuda y de esperanza. Su propósito en el
universo, en el mundo y en su vida es ayudar a los demás y hacer del
mundo un lugar mejor, y no importan las creencias mientras se obre bien,
eso es algo que mantengo. Me gustaría hacer una pequeña
inflexión aquí y volver a remarcar el hecho de como creemos que las
personas rotas son aquellas que mejor son capaces de arreglar el mundo,
como dije en el artículo anterior, no creo que una persona deba sufrir
para querer erradicar el dolor, aunque haya excepciones. Es como
un salvavidas para mí negar tal cosa, pues me resulta extraño y casi
irreal creer que una persona es insensible y egoísta hasta el punto de
no detener una injusticia o trabajar para vivir en una sociedad mejor;
no me parece racional pensar que se debe pasar por un castigo, una
maldición, para ser la mejor versión de ti mismo. Eso no es una
recompensa, no es algo que se gana, es algo que debes ser por ti y el
mundo. Pero como se suele decir, o como suele decir Hobbes, "el
ser humano es esgoísta por naturaleza"; no somos capaces de ver más allá
de nuestro límite si éste no se ve atacado. En cambio, si nos
perjudica el hecho de que alguien necesite ayuda, se la daremos, solo
por nuestro bienestar. Por volver a ser ese engranaje que hacer girar al
mundo. También nos afecta a escala social: no nos importa la
gente que desfallece en la calle, o pide, o ruega; nos interesa mostrar
al mundo nuestra preocupación hacia algo que no queremos solucionar, a
algo que nos vale de consuelo. Es extraño como pensamos, nunca he
sabido si interpretarlo como un mecanismo de defensa para no "asustar" a
nuestra mente o si darle la razón a Hobbes. Andrew Garfield lo
comentó en una entrevista: vivimos en un mundo en el que se necesita
sentir mucho y se necesita mostrar. Se necesita enseñar cuán profundo
sentimos y que alguien nos acepte y nos quiera por ello. Necesitamos ser
parte de algo y no caer en la incomprensión. En situaciones así
siempre destacan los traidores, los que no encajan y están perdidos, a
ojos de otros. Esas personas que tienen vocación, una llamada, como
Desmond. Llevaba días pesando sobre ello, sobre la razón que nos
mantiene aquí y que nos hace movernos, sobre ese motor que tenemos que
alimentar para no caer en la locura que resulta dudar todo el tiempo;
llevaba tiempo pensando en la vocación, en mi llamada, y después de ver
la película he llegado a la conclusión de que no existe. No tengo
vocación, no tengo propósito, aunque hubo un tiempo en el que sí. Y no
logro comprender por qué ha desaparecido, solo lo justifico con cosas
que no puedo demostrar y nadie puede confirmar. Durante mucho
tiempo creí lo mismo que el protagonista de la película: "con el mundo
tan dispuesto a destruirse a sí mismo no me parece algo tan malo querer
unirlo un poco"; mi propósito era reparar, ayudar, unir aquello que el
mundo estaba desmontando pieza por pieza. Yo quería ayudar al
mundo a sentirse mejor consigo mismo, a quererse y aceptarse, a pesar de
todo; por eso contaba mi historia, la escribía, la plasmaba en los
personajes de mis relatos: para demostrar que nadie está solo. He
colaborado con organizaciones dedicadas a las cardiopatías para ayudar a
aquellos que se sientan inferiores por ser quiénes son, he hablado
sobre la salud mental, sobre los derechos que todos merecen tener de
amar y de creer sin límite. He usado la poca voz que tengo para decir
algo que deje huella, que resuene incluso cuando no hay eco. He querido ayudar. Ayudar. Y ayudar.
Todo se ha resumido a eso, a un gran poder de dar y no recibir, y estar
agradecida; de ser abnegada y bastar con ver a personas inspiradas por
aquello que he hecho, aunque sea pequeño. Me sentí plena por
mucho tiempo, como si perteneciese a ese lugar que siempre estoy
buscando, pero que con los años ha ido desvaneciéndose. Ya no quiero ayudar y es desmotivador, estoy desconcertada.
Hay una escena en la película en la que Doss dice: "puede que haya sido
egoísta, pero si no me aferro a mis principios, a lo que creo, ¿qué me
queda?" ¿Qué somos sino fieles a aquello que mantiene nuestra
cordura, nuestra consciencia alejada de que cualquier remordimiento por
no defender algo? ¿Por no vivir acorde y debido a algo? ¿Qué me
queda, a mí, si no soy capaz de mantener esos estándares mucho más
tiempo, si no me apetece defenderlos? El silencio y la agonía de
preguntar "¿y ahora qué?", de perder. Es algo que tememos: perder, incluso más que esa angustia de dudar.
Perder una apuesta, perder a un ser querido, perder una jugada; perder
es la verdadera debilidad del ser humano, debemos ganar siempre y de
forma continua. Debemos ser los mejores, y no en el mejor de los
sentidos, hacemos cualquier cosa por ganar; también podemos aplicar eso a
la película, en las escenas de guerra, en cómo transforman la
resignación en algo personal y sienten la necesidad de servir a su país,
de ganar sin importar las circunstancias o las consecuencias. El
protagonista servía a su país, sí, pero sobretodo a su voluntad. Salvó
hombres del terreno enemigo, salvó a hombres de su pelotón y no paraba
de repetir "por favor, déjame salvar a uno más". Supongo que eso
es inspirador, no recuerdo las veces que he dicho en mi vida "déjame
ayudar a alguien más, estoy aquí para eso"; me imagino que de tanto
repetirlo se gastó y perdió signifcado. No se lo pedía a Dios, ni
siquiera al universo o al destino, sino a mí; me forzaba a suplicarme
que me dejase ayudar a otros y no paraba de repertirmse que ese era mi
servicio y mi voluntad. Y creo que estoy cansada, que he dejado
de verlo como un impacto positivo en el mundo y lo he transformado en un
meteorito, aunque no sabría explicar el porqué. Me he sentido
obligada a ser feliz, a ser luz y a acercarme al precipio de todos; no
todo el mundo quiere o puede ser salvado, no todos escuchan, no todo el
peso de sus mundos puede caer sobre mí. Podríamos decir que es un camino
muy sufrido y acabamos absorbiendo la energía negativa de aquellos para
irradiar la nuestra, lo que nos deja destrozados. Morimos por
alguien, aunque no nos guste admitirlo, nos sacrificamos por el
bienestar de otros y acabamos siendo un "abogado de causas perdidas",
pues intentamos reparar aquello que está muy roto e incluso, lo que no
lo está, y perdemos la vista en el horizonte responsabilizándonos de
aquello que no nos pertenece. Y es que podemos cambiar vidas y destinos,
siempre que éstos estén abiertos o sin redactar. Lo que yo
prometía era una especie de salvación, un hombro en el que llorar, una
consultora que tiene en cuenta todas las caras de la moneda. En
definitiva, un alma que no juzga pero que a veces, no quería actuar como
tal. No me permití no hablar de mí, incluso cuando no quería; no
me privé de aportar mi granito de arena incluso cuando no tenía, lo que
hace difiícil no caer en la condesdencia. ¿Cómo digo "esto",
como escribo "aquello", cómo actúo "así" de modo que no crean que estoy
aquí por tendencia, por popularidad o reconocimiento; por hacer crecer
mi ego a costa de otros? Cuando tu propósito se convierte en una
obligación, entonces, ¿cómo puede seguir considerándose una razón para
vivir? Podemos extrapolarlo a cualquier aspecto, como nuestro trabajo o
nuestros hobbies; cuando algo que nos apasiona comienza a ser un deber,
¿qué sentido tiene, si no somos capaces de realiarnos cómo personas,
como humanos y no máquinas? Siempre se ha dicho que conviertas
aquello que amas en tu trabajo, ¿y si la responsabilidad de hacerlo
incluso cuando no hay tiempo, ganas o inspiración lo estropea? ¿Qué nos
queda, si no podemos escapar de la rutina, si esa burbuja ya no es un
hogar? No siempre quiero ser feliz, no siempre quiero tener esa
positividad que la gente espera que tenga y que tanto les irrita; no
quiero ser un ejemplo, no quiero contar mi historia o ser recordada, no
si resulta una obligación. Podríamos decir que me forcé a ser
aquello que todos decían, una persona fuerte y capaz de ver el lado
bueno en todos y en todo. También soy alguien capaz de ver el lado malo,
aunque no lo muestre, porque cuando lo hago todos creen que exagero.
Mi propósito no es mío, no fue dado, no fue un regalo o un don, fue una
imposición; fue una vía de escape para razonar que tiene que haber algo
detrás de todo. Fue una máscara, un empujón hacia "lo correcto",
hacia esa imagen de la que hablaba al principio: el sufrimiento está
idealizado y solo aquellos que lo padecen pueden cambiar las cosas.
Fue una repetición constante de "debes cambiar el mundo por todos
aquellos que dijeron que no podrías y por todos los que no pudieron",
fue una venganza. Fue la expectativa del mundo, la supuesta valentía y fuerza que me atribuían, fue egoísta y personal.
Y aún sigo esperando a que ese interruptor se active, a que la luz se
encienda, después del desengaño; nunca me he sentido completa o
pertenenciente a nada, incluso cuando me imagino un futuro resulta
borroso y desencajado porque nada parece llenar esa incertidumbre.
Ni siquiera un trabajo, ni siquiera cuando publiqué un libro o gané
certámenes de fotografía, ni siquiera cuando estudié; "¿y ahora qué?"
era lo único capaz de decir. Nunca resulta suficiente. Garfield
ha hablado varias veces de cómo descubrió que su vocación era actuar, de
que quería contsr historias que significasen algo para él y para el
mundo; como Doss, hacer algo que tenga valor y deje constancia.
Varias veces ha contado esa historia de cómo se emocionó al ver una
parte de los ensayos de una obra de teatro del instituto y cómo "algo"
dentro del él comenzó a funcionar y dijo "esto es lo que soy, lo que
quiero hacer durante el resto de mi vida". Admiro a las personas
capaces de sentirse útiles y no caer en lo obsoleto, de continuar
creciendo con aquello que se les ha encomendado; me enamoro fácilmente
de aquellos que tengan una relación con su alma y y el universo tan
estrecha que no dudan, al menos en este aspecto, de su misión; que no
vacilan al caminar por el mismo lado y son capaces de descubrir algo
nuevo en eso, no hay rutina a pesar de la repetición de una misma
acción. Haciendo memoria puedo recordar el único momento en el
que, quizás, sentí aquello era algo mío: cuando leí a Bécquer por
primera vez y me aventuré a escribir, aunque siempre existió el miedo y
la duda de estar imitando, de que todas las composiciones, artículos y
reseñas resulten ser copias o contenido vacío. Escribir mucho y decir poco, quizá me obligué a escribir por la necesidad de validación, de ser parte de un plan.
Y creo que no hay mejor forma de acabar este artículo y resumir todo
este caos que con una frase de "Til Kingdom Come", de Coldplay: "I don't
know which way I'm going, I don't know what I've become" ("No sé en que
dirección voy, no sé en qué me he convertido") No sé que estoy haciendo.••• Podéis ver la película en Amazon, alquilándola o comprándola. Podéis leer sobre Desmond Doss aquí y aquí. Y escuchar la canción de Coldplay aquí.