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Silencio: Cuando la fe ciega abre los ojos.


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30/05/2020


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Ayer vi "Silencio", o "Silence", si preferimos ir por el título original. Dirigida por Martin Scorsese y protagonizada por Liam Neeson, Adam Driver y Andrew Garfield traslada a la pantalla la novela que Shūsaku Endō publicó en 1966 sobre la historia de dos jóvenes jesuitas que viajan a Japón en busca de un misionero que, tras ser perseguido y torturado, ha renunciado a su fe, y en donde serán capaces de ver la crueldad de los japoneses hacia los que pretenden promover la fe cristiana.






Su duración es de dos horas y cuarenta minutos y seguramente muchos os preguntéis como he podido aguantar tanto, debido a mi escepticismo y a mi (casi) ateísmo.

Los momentos desesperados conllevan medidas desesperadas, aunque la idea no era verla por la historia que contaba, sino más bien por uno de los actores, Andrew Garfield, al que seguramente habréis visto en la piel de Peter Parker/Spider-Man en The Amazing Spider-Man (1&2); según decían, esta era una de sus mejores actuaciones (y lo corroboro).

Como ya sabréis realizo una especie de ritual cada vez que un actor, actriz o director me interesa. No solo en cine, también en series, en arte o en literatura; me gusta conocer su trayectoria, ver su evolución y además me proporciona entretenimiento.

Sorprendentemente la película me hizo pensar, y me llamó mucho la atención, además la fotografía es espectacular y no me extraña que ganase el Óscar a la Mejor Dirección de Fotografía; podríamos decir que la historia se narra desde la perspectiva de una persona con fe ciega y yo nunca he sido capaz de ver la religión como una cuestión de fe.

Sé que suena estúpido, pues la religión se basa en eso, en creer sin dudar y plenamente; no es necesario ver aquello en lo que crees porque lo das por sentado. Supongo que nunca lo he podido interpretar así, por mucho que un cura me lo repitiese en clase o me hiciese acudir a misas.

Lo he visto como una barrera de la evolución, como un grupo de personas con los ojos cerrados y perdidos que no entienden el significado de lo que sea que signifique estar aquí. Lo he visto como dinero, como pecado y como lujuria y no conseguía comprender a aquellos que conseguían ver más allá, que contemplaban por encima de la valla que todos solemos ver.

Y, sinceramente, les envidio. Quiero decir, imaginad tener la capacidad de confiar tu vida y tu cordura a "eso", a "algo"; imaginad tener esa seguridad de que todo va a salir bien y de que nadie podría dañarte porque "algo", "eso", te protege y te observa, procura que seas una persona decente y te empuja a actuar a favor del bien.

Es como recuperar la inocencia de la infancia, donde todo parecía simple y brillante, donde no había necesidad de entenderlo todo porque nosotros le sacábamos una explicación completamente distorsionada que nuestra mente fuese capaz de comprender. Para mí es eso, ese limbo, esos niños que buscan explicación a aquello que no lo tiene y que viven con la ocurrencia que su cabeza ha creado con tal de protegerles.

Me da la impresión de que ellos viven y yo sobrevivo, de que ellos no piensan en cantidades excesivas porque "todo ocurre por una razón, una buena razón" y yo intento descifrar esa razón. Parece que ellos pueden enfrentarse a cualquier obstáculo y estar felices de tenerlo mientras yo me lleno de rencor y me resigno a creer que hay "algo" que nos haga sufrir de tal modo por nuestro bien.

Dios y la humanidad tienen una relación tóxica.

Muchos de los que estéis leyendo esto ahora podríais pensar que no sé de lo que hablo, que soy escéptica y poco incrédula. Mujer de mala fe, que no es capaz de creer en nada. No voy a mentir y decir que no soy desconfiada, pero tampoco voy a afirmar que no sé de lo que hablo, en realidad sí. Sé lo que escribo y conozco el porqué.

Yo he rezado, yo he creído en Dios, pero dejé de hacerlo. O al menos me atreví a ponerlo en duda.

Cuando era más niña nunca me había replanteado su existencia, había hecho la comunión y le había dado por hecho, aunque nunca sintiese esa "llamada" que debes recibir al tomar el cuerpo de Cristo.

Sí que hablaba por las noches con Él, o al techo, y le preguntaba por qué el mundo funcionaba de aquel modo, ya que para mí se estaba rompiendo en aquella época.

Le pregunté cosas que años más tarde le pregunté a las monjas del instituto y me respondieron con "Dios tiene un plan para ti, te ha hecho así por un motivo que no debes cuestionar", o con un "eres especial a sus ojos". Les agradecí los comentarios pero no lo creí, ni creí que mis actos los limitase Él; me resultaba curioso el razonamiento que relacionaba el sufrimiento y el dolor con el de la bondad y la modestia, supuestamente Él te hace daño y te da algo que no puedes soportar para que te rompas la espalda aguantando tal peso y seas capaz de apreciar todo lo que ha creado. Para que hagas de eso algo mejor.

Yo no creo que mi solidaridad provenga de ese capricho, me parece inhumano pensar que el dolor nos hace mejores. Cualquier persona que haya tenido una vida sin "complicaciones" podría ser buena, y hay millones de ejemplos sobre eso.

Lo único que hacemos es aguantar el peso, y rompernos los huesos y buscar el lado positivo de ese dolor porque no tenemos opción, porque colapsamos si no lo hacemos, porque es mejor convencerse de que ese dolor es útil que hundirse con él.

Es el modo de sobrevivir, es instinto.

Recuerdo que hubo un tiempo donde recé más, allá por el 2013, porque estaban ocurriendo muchas cosas.

Descubrí facetas de mí que nunca habían despertado y no recé porque desaparecieran, pero sí me desahogué con el techo por las noches y lo dije en alto, por extraño que me resultase. Aunque esto fue una excepción, la mayor parte del tiempo rezaba por no dejar morir.

Por agosto del 2013 mi abuelo empeoró enormemente, aunque ya estaba mal. Yo no había tenido una relación estrecha con él, nunca la había tenido como otros podrían haberla vivido, por factores externos que no vienen al caso. El problema es que no recuerdo ni recordaba, por aquel entonces, pasar tiempo con él, pero sí recuerdo apreciarlo y quererlo.

Nunca tuve nada en su contra, en realidad nunca tuve nada en contra de nadie; no elegí bando, no tomé decisiones ni me dejé influenciar, como muchos creen, porque no podía. Porque no tenía edad de hacerlo ni de ser manipulable.

Si hago memoria puedo ver vagamente varios momentos con él a lo largo de mi infancia, aunque son pocos. Sinceramente, solo soy capaz de retratar uno y ni siquiera es nítido.

Con el tiempo, y cuando dejas de ver a alguien y no mantenéis el contacto, su rostro se pierde y deja de tener significado. Se convierte en un extraño y eso es lo que estaba pasando.

Así que recuerdo hablarle al techo por las noches y pedir que no se lo llevase, aunque era imposible que eso no ocurriese, la ciencia sí era fiable, y fría.

Una parte de mí sabía que aquello no iba a ocurrir, iba contra todo sentido o razón, pero rezar se basa en eso: en creer ciegamente, en una cuestión de fe.

Supongo que por eso no soy capaz de verlo como tal, porque la mía fue traicionada. En este momento me sentí como el protagonista de la película, pues la persona que siempre le había prometido lo inalcanzable, que le había asegurado que los sacrificios tenían recompensa y le había hecho sufrir tanto, le estaba demostrando su verdadera cara: que todo aquello no tenía fin, ni principio, ni razón de ser, y eso le hizo dudar hasta el punto de querer apostatar. Dejó de creer, se rindió.

La última noche que vivió, mi madre estaba en el hospital y yo me fui a la cama y volví a rezar, y recuerdo reír al ver lo ingenua que era, que una parte de mi cabeza me decía que resultaba de chiste, que debía de ser una broma que fuese capaz de hacer algo tan poco consciente.

Supongo que de eso se trata, de no ser consciente, de no ser real y aferrarse a cualquier cosa.

Me enfadé con Dios, aunque ya lo estaba, porque no le veía el sentido al circo que había creado; no le veía la razón y pensaba que había perdido el juicio: Él sabía que estaba arrepentida, que tenía remordimiento y quería enmendar los errores y no me lo permitió. Supuestamente Él te perdona y te da una segunda oportunidad, ¿por qué no hizo eso conmigo?

Ahora suena a locura, y lo es, pero para la chica de trece años de entonces no lo era.

Aunque no dejé de rezar, ni siquiera sé si aquello era rezar, siempre he tenido una relación extraña con Dios.

No me santiguaba, no recitaba un "Padre Nuestro", simplemente comenzaba a hablar con mis expresiones, con mis frases y mi forma de expresarme. Lo hacía de modo personal y no como una formalidad, pues nunca lo vi como algo superior. Creo que a día de hoy aún sigo haciendo eso, a veces, y lo vacilo y me río. Me tomo su existencia con humor.

Aún continué hablando, pero no con Él, sino con mi abuelo, aunque dejé de hacerlo con el tiempo porque no llevaba a ninguna parte, nada se solucionaba y el tiempono retrodecía; ¿para qué seguir?

Empecé a relacionar la muerte y la fe con aquello que yo podía palpar o al menos, con aquello que podía ver y sabía que no iba a juzgarme; comencé a relacionar las estrellas con cada lápida y el universo con cada cementerio. La vida con la naturaleza y llegué a la conclusión de que hay algo mayor, sí, pero no somos nosotros ni Dios, sino el mundo.

El universo, la Tierra, y que estamos a su disposición, ni siquiera a la nuestra. Somos huéspedes que se creen reyes cuando no lo somos.

También indagué en otras religiones, como el Budismo, pues ellos no ven más allá de un hombre que mediante meditación y buena obra llega a la paz interior y al Nirvana, y era lo más parecido a los que llegaba cuando ayudaba a alguien, aunque nunca llegué a creer en ello plenamente; fue pura curiosidad.

Ví más factible creer en la suerte y en el karma, en el destino, en tus acciones tienen consecuencias inmediatas y no se tienenen cuenta sólo cuando mueres; no había cielo o infierno porque resultaba imposible no pagar por tus actos en vida.

Llegué a la conclusión de que no podemos escapar de las creencias, ya sea cualquier cosa o persona, cualquier religión: siempre vamos a creer en algo.

Puede que sea algo que carezca de sentido o sea más razonable, pero siempre va a ser fe, ciega y plena.

Hay una entrevista que Andrew Garfield hizo sobre la película en la que dice que "todos rezamos, la diferencia es que no sabemos a qué le estamos rezando" y no tengo más opción que darle la razón.

Puede que no recemos cómo está estipulado, a lo que está estipulado, pero depositamos nuestra esperanzas en algo y esperamos que eso nos haga sentir "como en casa", como siempre hemos pensado que seríamos.

Nunca he entendido esa expresión, y es que nunca lo he sentido.

Supongo que eso también es parte de intentar creer en algo, de seguir buscando por eso que nos haga sentir completos, porque nunca estamos.

En mi caso fue hablar con el techo durante un tiempo, aunque sabía que ni había nada ahí o más arriba; creer en la naturaleza o en las leyes del karma, o el universo. En una idea romántica de la literatura y el arte, de la música, de la filosofía y el amor en sí; de ayudar sin intereses, de poner la otra mejilla aunque no me queden y de ser una incomprendida. De viajar y conocer, aunque no haya nada que descubrir.

Mi fe ciega se deposita en personas, como mi mejor amigo, que le doy por hecho, aunque no lo vea; en aquello que me hace sentir lo más próximo a un hogar.

Supongo que siempre estamos rezando, ya sea al dinero, a las celebridades o al alcohol.

Supongo que siempre estamos adorando, y que no importa lo que sea mientras nos inspire, nos emocione, nos enamore o nos anestesie.





•••

La película es preciosa y muy cruda, te muestra la otra cara de la moneda, aquella que la religión no quiere que veas y es que, no siempre está ahí. No está ahí, directamente; simplemente nos sacrificamos, engañados y esperamos a que todo salga bien.

Las actuaciones son espléndidas y es muy cierto que hay que destacar la de Garfield, es un hombre de muchas facetas y es increíble la capacidad que tiene de encarnar cualquier papel y hacerte creer que son personas completamente distintas y sentidas. Da personalidad a los personajes y no todos consiguen eso, muchos tienen una actuación lineal.

Liam Neeson me encanta, aunque no he visto mucho de su cine, pero creo a la hora de interpretar a este personaje ha sabido captar muy bien a un hombre derrotado que no es capaz de encontrar el sentido a aquello por lo que ha dado la vida, por lo que supuestamente su vida tiene razón de ser; aún así te dan a entender, o al menos yo lo entendí así, que ninguno dejar de amar en Dios. Simplemente se cansan y se sienten solos, intentan sobrevivir.

La fotografía es espectacular, eso es algo que ya he mencionado antes y tengo que volver a mencionar. La única pega que podría tener el metraje es su duración: tienes que tener muchas ganas, paciencia y tiempo para verla porque hay momentos en los que puede hacerse pesada y espesa.

Aún así, cualquier película que sea capaz de hacerte pensar y reflexionar como se ha hecho en este artículo, merece la pena verla, no importan las creencias.

Si queréis ver la película podéis comprarla o alquilarla en Amazon, pues no está en ninguna plataforma en España a

Si queréis ver esa parte de la entrevista la tenéis aquí. También os dejo la traducción a la que hago referencia: 





"Hice una audición para «Silence» [...] Mi preparación duró un año, tuve un año para prepararme e ir a rodar, y recé todo un año.

Nunca había rezado antes, en realidad; y desarrollé una relación con algo superior y mejor que yo. Llámalo Dios, llámalo amor, llámalo como tú quieras: sustitúyelo por tus creencias.

Me di cuenta de que rezamos todo el tiempo, solo que no somos conscientes de a qué rezamos; hay un impulso humano para adorar y exaltar la divinidad, para buscar una conexión con lo divino.

Desgraciadamente, en nuestra cultura, somos guiados y conducidos no más que a adorar cosas falsas y vacías.

Cómo las celebridades.

Cómo el consumismo, consumir bienes: un nuevo par de zapatos, popularidad.

Conseguir ser exitoso a raíz de lo que los estándares modernos establecen, siendo esto tener un buen coche, una mujer preciosa, dos niños y una valla blanca alrededor de la casa.

Todas estas son mentiras que nos han vendido.  Tuve un año para explorar, lo que imagino, es esta idea de "adorar algo"; la idea de qué es realmente lo que estamos buscando y como podemos ir a los lugares que nos completen.

Aunque es algo mortal, doloroso.

Nunca llegarás allí, es un dolor, una pena continua.

Es la hermosa agonía de nunca lograr hacer una actuación perfecta, aunque creo que ese es el objetivo: que nunca va a suceder.

Los tejedores de alfombras, en Persia, crean estas perfectas, maravillosas y ornamentales piezas artesanales las cuales marcan con un cuchillo en la parte trasera solo para honrar el hecho de que Dios es perfecto y el ser humano no lo es.

Sucedía lo mismo con los actores de teatro antiguamente: se subían al escenario y escupían antes de cada actuación solo para mostrar un tipo de irreverencia y ser conscientes de su humanidad.

Y está bien porque te libera de ser un Mesías."



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