Los espías del régimen siempre permanecen al acecho frente a la libertad de expresión, por si se desliza al terreno de lo políticamente inconveniente, haciendo uso de sus máquinas, de la información privilegiada y de la influencia de la que disponen sobre todos los miembros de cualquier aldea de la globalidad. Su objetivo es estar informados de cuanto se respira, late y cuece en la totalidad de la conciencia colectiva para sacar sus propias conclusiones y transmitirlas a los mandantes, al objeto de que tomen sus medidas. A cambio de sus autorizadas aportaciones perciben los correspondientes emolumentos en forma de salarios u otras prebendas a cargo del erario público, con inclusión en nómina o bajo cuerda. Más o menos así viene funcionando el tema de la libertad de hablar y escribir bajo control permanente, por aquí, por allá y por acullá.



