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Cartas desde mi habitación IX (Una nueva despedida)


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30/05/2020

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Efectivamente, si elimináis a los griegos, con su filosofía y su arte, ¿por qué escala pretendéis todavía subir hacia la cultura?1






Frederich Nietzsche, Sobre el porvenir de nuestras escuelas.









Queridos amigos: como todos ustedes saben, cuando se inició este obligado encierro, por el coronavirus, tomé la determinación de escribir una serie de cartas, nueve en total. Hechas a modo de homenaje de las que escribió, ocioso es decirlo, Gustavo Adolfo Bécquer cuando, por causa de su enfermedad, se retiró al monasterio de Veruela. Allí escribió nueve cartas, recogidas en un volumen, Cartas desde mi celda.





Evidentemente, nada tiene que ver nuestro encierro con el sufrido por el poeta. Él, como cuenta en su libro, se pudo mover por los pueblos de los alrededores del monasterio, mientras que a nosotros nos ha sido negado salir de casa en un principio, y de la provincia a continuación. Mis viajes, pues, aquí queda constancia de ello, han sido a través de los libros. No es una mala forma de viajar. Y más, a falta de fotografías, si queda algo prendido en el alma del viajero.





Bécquer, a quien le estoy eternamente agradecido por su poesía y sus cartas, ha tenido, además, la virtud de recordarme viejas lecturas, que, a su vez, me han llevado a otras y otras más. Hubo un momento en que, por esto mismo, me aparté de los trabajos que estaba llevando a cabo para centrarme en las sugerencias de Cartas desde mi celda. Volví a mi viejos trabajos, no obstante, pensado que, al igual que con el número de las cartas, debía poner límite a aquella extracción de cerezas, enganchadas unas con las otras. Eternamente entrelazadas y sin mostrar jamás el fondo de la cesta. Era una locura. Había que limitarla.





Como ha sido claro y manifiesto, a través de su carta VI, en la que habla de la pretendida bruja de Trasmoz, se me despertó, de nuevo, el interés por la brujería y la Edad Media. Pese a los temores que he arrastrado durante muchos años, siempre he sido bastante escéptico con las historias de las brujas. Máxime cuando cayó en mis manos el famoso pasaje de Cervantes:





“Y así, aconsejada de una morisca, en un membrillo toledano dio a Tomás unos de estos que llaman hechizos, creyendo que le daba cosa que le forzase la voluntad a quererla: como si hubiese en el mundo yerbas, encantos ni palabras suficientes a forzar el libre albedrío; y así, las que dan estas bebidas o comidas amatorias se llaman veneficios; porque no es otra cosa lo que hacen sino dar veneno a quien las toma, como lo tiene mostrado la experiencia de muchas y diversas ocasiones.”2





Si a estas palabras le añadimos la triste historia de la Inquisición para muy poco da la brujería: nunca he visto en ella ni los inicios de la medicina, ni la liberación de la mujer, ni ataque a la ortodoxia ni nada que se le parezca. Mucha sandez, egoísmo y tontería sí, remozado todo, desde luego, con horribles crímenes. También ha servido la brujería, como el caso de Rojas, para explicar el cambio de rumbo de la buena de Melibea. Esta, como es sabido, pasa del rechazo más absoluto a las palabras de Celestina y de Calisto, a entregar su cordón y a abrir la reja de su jardín. Los extremos se tocan.





Y la Inquisición, según me parece cada día más evidente, utilizó la brujería como Alcibíades su perro: para desviar la atención de otros asuntos y negocios nada honestos ni cristianos, aunque hechos por destacados miembros de la Iglesia.





Sea como fuere, el intento, una vez más, de aproximarme a la brujería, me llevó al recuerdo de un libro en el que se justificaba la actuación de la santa inquisición. No solo se justifica sino que se alaba. Es el colmo del Humanismo, según el teólogo de turno. Estoy hablando ahora de Thomas Mann y de su libro Doktor Faustus. Lo leí siendo muy joven, lo volví a releer, y he vuelto a caer en sus redes. Ahora, sin embargo, no era ni la brujería ni la teología lo que me interesaba. Iba más bien tras la música. Y en ella me he engolfado.





Muchas veces, enfadado, le he exigido a la universidad, al sistema educativo, lo que este no podía darme. He lamentado, en infinidad de ocasiones, que no se me diera, a lo largo de mi vida estudiantil, ni una sola clase de música. Me encantaría ser capaz de leer una partitura, de comprender qué es una fuga, por qué Beethoven, según algunas opiniones traídas por Mann, no llegó a dominarla; qué es un contrapunto, etc. etc. Es una de las tantas carencias que tengo. No obstante, reconozco que he tenido suerte, mucha suerte, dentro de lo que cabe. En un curso del bachillerato, en el instituto Benlliure de Valencia, tuve una profesora de historia del arte que fue, para mi, una revelación. Por desgracia no recuerdo su nombre. Recuerdo que era una mujer joven. Y que en un momento determinado nos invitó, a quienes quisiéramos asistir, a oír música clásica. En un aula , fuera del horario escolar, puso su propio tocadiscos en marcha, y comenzó a sonar algo que no había oído en mi vida.





No voy a decir que aquello fuera un flechazo porque no lo fue. Fue una pequeña iniciación. Yo admiraba a aquella profesora. Y estaba convencido de que lo que ella recomendaba valía la pena. Planteé, pues, en casa la conveniencia de estudiar música. Los denuestos y las risas fueron de tal calibre que no hubo más que hablar. A cambio, mis padres, como compensación, me regalaron un magnetófono. Fui como loco buscando quien me dejara discos, y quien me los pudiera grabar. Conseguí una cosa y otra, y oí mucha música. Sin ninguna preparación teórica, sin que nadie me dijera o recomendara esto o aquello. Ignoro, además, si aquella profesora, y me duele mucho no recordar su nombre, sabía o no sabía música. Sea como fuere, gracias a ella conocí a Beethoven, a Bach, a Mendelssohn… El resto fue cosa mía.





Sí, ya sé que Bécquer no habla de música en sus cartas. Pocos autores lo hacen. No es una excepción. Sí que habla, en esa su última carta, de una pretendida aparición de la Virgen exigiendo que le erijan una capilla cerca del monasterio de Veruela. He sido siempre tan escéptico con estas apariciones divinas como en las cosas de las brujas. Bien es cierto que diosas y diosas intervienen sin descanso en la guerra de Troya. Pero, terminada esta guerra, ni aparecen en Salamina, ni en las Termópilas, Platea, Siracusa, las Epópilas o cualquier escenario de aquellos que hizo famoso la necedad y la crueldad humana. Tampoco consta que se apareciera a ningún soldado o general en las dos guerras mundiales, en los campos de concentración nazis, o en las guerras civiles de este corralón lleno de sol. Una pena: tal vez hubieran podido acabar con tanta y tanta salvajada.





He reflexionado sobre ello en más de una ocasión. Y llegué a la conclusión de que el hombre está solo. Muy solo. Ni hay dioses ni divinidades. Pero siempre, de aquí y de allá, llegan mensajes. Unos se oyen, y otros, por desgracia, pasan desapercibidos. Sin duda debido a las propias limitaciones humanas. No nos da para más. Viene esto a cuento de que, pocos días después de aquella minoritaria audición de música clásica en el instituto, el profesor de lengua y literatura nos hizo caer en la cuenta, en otra memorable clase, de la musicalidad de las oraciones de Valle-Inclán. Para acabar de demostrarlo le encargó a un compañero, que tocaba la guitarra, que les pusiera música a un par de oraciones valleinclanescas. Fue penoso. Pero a mí, no sé porqué, se me quedó la idea de que cuanta más música oyera, mejor escribiría: sería capaz de darle cadencia y musicalidad a mis escritos. Y dicho y hecho. Pasé horas y horas oyendo música. Siempre a través de grabaciones. Oír música en directo todavía tendría que esperar unos años.





Con el paso del tiempo, riéndome de mis propias ideas, consideré que aquello, la música, lo poquito que conocía de ella, había sido el inicio de la verdadera aparición divina. Lo que Bécquer, y otros muchos autores, describen como la cierva blanca; el animal al cual persigue el cazador, en medio de la tormenta, y que lo lleva allá donde está esperando la aparecida divinidad. En mi caso esta divinidad estuvo largo tiempo esperándome, sin desmayo. La música, como una cierva blanca, me llevó a ella.





No sé porqué desde bien pequeño mostré un rechazo visceral hacia todas las reglas gramaticales y hacia los verbos. Era incapaz de distinguir el presente del imperfecto y este del perfecto. Memorizar aquello me parecía una enorme pérdida de tiempo. Siempre terminaba cerrando el libro y leyendo historias, poesías o lo que fuera. Todo menos las aburridas reglas gramaticales. En un establecimiento, del que me sacaron a la fuerza, di un año de latín. El profesor que impartía la materia era una maravilla: nos hizo leer el principio de la Biblia, adaptada, para que nos percatáramos de la importancia de los casos: el nominativo, es decir, Caín, mata a Abel, que es acusativo… Aquello fue genial. También me explicó la importancia de las etimologías: perfecto es lo acabado, lo terminado, fui, lloré. Imperfecto lo que está por terminar, era, amaba.





Me dieron más y más explicaciones gramaticales. Muchas más que de música. Y también pensé, tenía claro ya que quería ser escritor y morirme de hambre, que cuanto más latín, y griego por añadidura, supiera, mejor escribiría. Supongo que todos necesitamos una zanahoria para continuar caminando. Esas fueron las mías. Mis apariciones. Música y lenguas clásicas. Y sí, di en estudiar latín. Es imposible hacerlo sin un profesor. Y no lo tenía. Por eso admiraba la educación recibida por Adrián Leverkühn, Mann, Nietzsche y demás. Me obsesionó la idea de averiguar cuánto latín o griego sabían estos, o Bécquer y Galdós. Algo sabían, desde luego. Los elogios de Galdós al latín, a lo largo de los Episodios nacionales, son varios y sentidos. Me enteré de que Nietzsche, por otra parte, era un excelente helenista. Y que había escrito un libro, El porvenir de nuestras escuelas, donde, se me dijo, hace un elogio de la cultura clásica. Sí que lo hace. Pero hay más, mucho más. Sea como fuere, hasta allí me condujo la cierva blanca. Y allí me aposenté. En el estudio de las lenguas clásicas y sus obras. Y ahí estoy. Estudiar música es más complicado. Pero disfruto oyéndola.





Mis apariciones, pues, al contrario que la descrita por Bécquer en su última carta, han sido varias, y se han alargado en el tiempo. De ellas, además, no va a quedar ninguna capilla ni ningún recuerdo material. Es mejor así. A los nostálgicos siempre nos quedarán Veruela y Trasmoz. Allí nos veremos, si Dios quiere.





Y con esto me despido. Ha sido la mía, al contrario que en la última carta de Bécquer, una larga aparición de toda una vida. Y, desde luego, costó menos erigir la capilla, el monasterio de Veruela, y alguna que otra catedral, que aprender yo latín. Estudiar una lengua solo a través de sus textos es tan costoso como complicado.





No sé si mis particulares apariciones me han hecho mejor, o que escriba medianamente bien, como me propuse. Sé, eso sí, que disfruto mucho con muchos libros y oyendo conciertos y más conciertos, sea encerrado como estos días, o con la posibilidad de salir a la calle e ir a las vecinas montañas.





Me maravilla, por cierto, que mucha de esa música sea interpretada por personas muy jóvenes. Viéndolas me quedo estupefacto: yo me equivoco continuamente con el teclado del ordenador, y estas chicas, tan jóvenes, están delante del piano, sin partitura para más inri, interpretando sonatas y sinfonías de Beethoven, o de quien sea, sin equivocarse jamás de tecla. Y mira que tiene un piano. Y cómo tocan el violín. Qué envidia. Y mientras algunos de nuestros políticos haciendo patente su falta de respeto y educación. Alejados del insulto y la bronca, no dan para más. Vale.









1Frederich Nietzsche, Sobre el porvenir de nuestras escuelas. Barcelona, 2009, Tusquests editores. Traducción de Carlos Manzano, p. 155





2Miguel de Cervantes, El licenciado Vidriera, Madrid, 1982. Clásicos Castalia, p.116



Etiquetas:   Música

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