. Todos nos preguntamos cómo será
el futuro tras el coronavirus. El virus llamado COVID-19, ha puesto sobre el
tablero un nuevo orden mundial. Las grandes catástrofes suelen traer nuevos
modelos sociales, económicos y geopolíticos.
Los cambios que podemos ver, serán a corto, medio y largo plazo. ¿Estaremos
preparados? Cambiar de prioridades es posible, solo hay que querer. No
sobrevivirán los más fuertes, sino los que más se apoyen.
Estamos descubriendo el valor del
conocimiento científico, de un sistema sanitario público sólido
dotado y de recursos.
El capitalismo es ya un modelo
obsoleto. Las clases dominantes están tratando de encontrar medios para
amortiguar este golpe salvaje a su economía. Rompiendo todas las reglas
democráticas que han regido durante los últimos 80 años en la mayoría de
Países.
Habrá un impacto en las desigualdades, tanto en acceso a
las redes de atención sanitaria, como en protección laboral, incluso en países
llamados desarrollados. Tendrá efectos desproporcionados en los más pobres, suponiendo una amenaza a largo plazo
para los derechos
humanos. Deberíamos encaminarnos por el bien común hacia una sociedad más
igualitaria, implantando la renta básica universal, una sociedad más
cohesionada y con más apoyo mutuo.
Las empresas constructoras, y los
satélites de ellas, irán perdiendo fuerza, debido a que el precio de la vivienda bajará.
Especular con la vivienda será más difícil. Los grandes tenedores y fondos
buitres, están abocados a su desaparición, o bien, a una gran remodelación de
su sector. No podrán poner precios de alquiler desorbitados, la oferta y la
demanda se estabilizarán.
Las economías serán intervenidas y
controladas. Por los Gobiernos de turno, para centralizar las gestiones, debido al
descontrol que han padecido en comunidades, landers, estados etc. La
adopción por parte de algunos países de poderes ilimitados de emergencia no
sujetos a revisión, justificando cambios represivos de la legislación
convencional, que seguirán en vigor mucho después del final de esta emergencia.
Acercando más si cabe a un sistema autoritario, con un auge de mayor censura, imponiendo
restricciones a la libertad
de prensa y de expresión.
Desplegando nuevas herramientas de
vigilancia. Escudriñando los teléfonos de los ciudadanos, haciendo uso de cientos de
millones de cámaras con reconocimiento facial, obligando a las personas a
controlar su temperatura, y su situación médica e informar sobre ellas, para
determinar rápidamente quiénes son los posibles portadores del coronavirus.
También siguiendo sus movimientos e identificar a quienes entran en contacto
con ellos.
Necesitarán ingresos para hacer frente a
la deuda
contraída para superar esta crisis sanitaria. Nos esperan subidas de impuestos,
pero también medidas creativas para aumentar la recaudación. Implicará un aumento
significativo de la deuda pública.
La pérdida de ingresos incurrida por
el sector
privado, y cualquier deuda generada para llenar el vacío, debe ser absorbida,
total o parcialmente, en los balances de los gobiernos. Los niveles de deuda pública,
mucho más altos, se convertirán en una característica permanente de nuestras
economías y estarán acompañados por la cancelación de la deuda privada. Deberán intervenir
para garantizar todas las pérdidas del sector privado. El funcionamiento normal
del mercado se dejará de lado. Las empresas en quiebra tendrán que
mantenerse a flote mediante subsidios, préstamos y garantías del ejecutivo
central. Si queremos que haya empleo y no tener a millones de parados.
La robotización es un proceso
que ya no tiene freno. Con todo esto, se acelera y potencia las máquinas y
sistemas de inteligencia artificial. Estos sustituirán a las personas, ya que
no enferman, no se quejan, y no hacen huelgas… Esto llevará y
multiplicará empleos
precarios, trabajadores vía Internet o telefónica, serán los nuevos esclavos digitales. El teletrabajo y al comercio electrónico es una tendencia
en alza, ha venido para quedarse. La regularización es necesaria para que
tengan sus derechos
protegidos y sean lo más justo posible. Esto abrirá el camino a nuevas
oportunidades de negocio, para quienes se adapten a estas tendencias
empresariales.
En la actualidad, el 29% de las tareas son realizadas por una máquina,
según el Foro Económico Mundial. Entre 400 y 800 millones serán desplazados de
sus trabajos, de aquí al 2030 por la automatización de las labores, tal y como
afirma un estudio de McKinsey Global Institute (MGI), la Universidad de Oxford
y el Banco Mundial.
Menos globalismo económico, producir al otro
lado del mundo no tiene sentido. Además, es terriblemente ‘antiecológico’ y
potencia las desigualdades entre los países, no necesariamente para ponerle
fin, o reducirla, sino para transformarla y producir lo que realmente
necesitamos. Intercambios tecnológicos, sanitarios y culturales.
Transporte menos contaminante y más ecológicos
para que tenga menos impacto en el medio ambiente. Reforzando el consumo de
productos de proximidad y la producción nacional. El turismo de cercanía crecerá frente a
los viajes al otro lado del mundo. Los viajes en aviones y barcos se reducirán,
estarán más controlados.
El dinero en efectivo tendrá los días
contado. Usar tarjetas es más higiénico y limita la economía sumergida. La
contrapartida es la pérdida de libertad. Los pagos
electrónicos harán más fácil fiscalizar nuestros gastos. Mentir será más
difícil. Sus hábitos quedarán registrados en su hoja de gastos.
Los pequeños nacionalismos tendrán que
adaptarse a esta situación. Las mentalidades cavernícolas no tendrán cabida en
el mundo post-coronavirus. Florecerá un nuevo patriotismo más asociado a
la solidaridad y al sentimiento de comunidad, donde personajillos que promueven
el odio, buscando la separación artificial de territorios, unidos por vínculos
emocionales e históricos, quedarán fuera de juego.
Una Organización Mundial
de la Salud, con más poder puede ser determinante para enfrentar las nuevas crisis que
se puedan avecinar. El futuro de la Unión Europea deberá ir por esa línea: o
asume un protagonismo decidido y refuerza sus instituciones, o dejará que otras
organizaciones internacionales más fuertes ocupen su lugar. La cooperación
internacional será esencial. De no ser así, habrá un agravamiento del caos
generalizado.
Hemos sido cobayas en experimentos
sociales a gran escala. ¿Qué ocurre cuando todo el mundo trabaja desde casa y
se comunica sólo a distancia? ¿Qué ocurre cuando escuelas y universidades dejan
de ser presenciales? En tiempos normales, los gobiernos, las empresas y las
juntas educativas no aceptarían nunca llevar a cabo semejantes experimentos.
Pero no son tiempos normales.Los hábitos cambiarán y pasaremos a
hacer más
vida en casa y a interactuar más a través del universo digital. La telemedicina,
la realidad virtual, el voto electrónico o los estudios online, pasarán a
formar parte de nuestra vida cotidiana.Problemas psicológicos aparecerán en
esta nueva etapa. Antes había muchas personas que vivían en un mundo virtual,
sin contacto personal, este proceso se acelera, viviendo falsas realidades en
nuestros hogares, sin salir apenas, solo con un simple clic estaremos
conectados. La realidad tal y como la conocemos será un recuerdo del pasado.Toda crisis es una oportunidad de
reiniciar. La humanidad debe darse cuenta del peligro que supone la
desunión. Si sigue este camino, dará lugar a catástrofes aún peores. Elegir la solidaridad mundial no sólo será una
victoria, sino también contra todas las futuras crisis que pudieran llegar.