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Cartas desde mi habitación VIII (Brujas e Inquisición)


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23/05/2020

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Adonde el demonio puede hacer gran daño sin entenderle, es haciéndonos creer que tenemos virtudes no las teniendo, que esto es pestilencia.






Santa Teresa de Jesús, Camino de perfección.









Queridos amigos: como ya les conté a ustedes, en las cartas anteriores, este confinamiento por el coronavirus me ha llevado, entre otras cosas, a la gozosa relectura de la obra de Gustavo Adolfo Bécquer. Muy especialmente a la de su libro, Cartas desde mi celda. No es la primera vez que lo releo, ni mucho menos. No obstante, he podido comprobar, ahora, de forma muy clara, la gran verdad que encierra el dicho de Heráclito: nadie se baña dos veces en el mismo río. Nadie, en consecuencia, lee dos veces el mismo libro. En esta última relectura, se me despertó, cosa que no me sucedió anteriormente, un especial interés por las cartas VI y VIII, dedicadas a una cierta brujería.





Ni Bécquer, en su visita a Trasmoz, lugar de origen de la tía Casca, pretendió escribir una historia de la brujería, ni yo, permaneciendo en casa, lo intento. Creo que a Bécquer le interesaba lo pintoresco, contar historias, leyendas y consejas, sin más, aunque se le escapa alguna leve queja de tipo social, que no llega ni a ser crítica ni a arañar. No entraba en sus proyectos. En los míos tampoco.





A mí, esas dos cartas me despertaron la curiosidad, sentida ya de joven, por la brujería y por la Leyenda Negra. Si no me equivoco, en España, pese a dicha Leyenda, no hubo quema de brujas. Salvo la de Zugarramurdi, donde fueron abrasadas siete personas1. Tampoco me interesa hacer un estudio comparativo para demostrar que no fue España, ni de lejos, el país de dogmáticos furibundos e intransigentes que ha creado el chismorreo histórico. Cabe recordar que hasta el mismo protestantismo, que se rebeló contra Roma y el Papa, quemó a Miguel Servet, en Suiza nada menos. Por no hablar de Francia y Juana de Arco, o de los puritanos y las brujas de Salem y de letras escarlatas. No es por ahí por donde quiero transitar.





Pese a todo no pude evitar asociar a la bruja con la Santa Inquisición. Quizás por el recuerdo que me surgió de una primera lectura de la obra de Bécquer, o por otros libros que hacían hincapié en la relación de la brujería con la Inquisición. Recuerdo que, bien joven, me pregunté, en más de una ocasión, por qué esta no tomó cartas en el asunto de la tía Casca en Trasmoz. La respuesta es muy sencilla: la tía Casca no puede ser acusada, según la carta becqueriana, de herejía, ni de blasfemia, ni de nada que vaya en contra de la fe o la ortodoxia. Para eso hubiese sido necesario el potro y algún que otro personaje al que ayudarle a confesar con hierros, fuego y agua. Cosa imposible: la Inquisición ya no existía por aquellas fechas: fue suprimida en 1834, dos años antes del nacimiento de Gustavo Adolfo Bécquer.





Se me despertó entonces, cuando no me preocupaban las fechas, un cierto interés por estudiar la Inquisición. Tal vez influyó en ello la lectura de la novela de Aldous Huxley, Los demonios de Loudun, y la visión de la película de Ken Russell, inspirada en dicha novela. No me cupo en la cabeza entonces, ni me cabe ahora, que hubiera personas dispuestas a creerse todo cuanto dijeron las monjas de la pequeña ciudad francesa sobre íncubos y súcubos y demás parafernalia. Ni lo que afirman de la tía Casca. Es absurdo. ¿Quién se puede creer semejantes despropósitos? ¿Y entonces por qué se mantuvo la Santa Inquisición? La respuesta es sencilla.





Sabido es que en España había regiones, Aragón por ejemplo, que gozaban de cierta autonomía con respecto a la corona. Así Felipe II no pudo apresar a su secretario, Antonio Pérez, cuando este huyó de su vera llevándose documentos comprometedores. Felipe II no podía intervenir en Aragón, donde se refugió Pérez. Sólo podía hacerlo la Inquisición, que estaba por encima de derechos forales, ya que dependía directamente del Papa; y, en consecuencia, no tenía ninguna restricción. Yendo de la mano el Papa y Felipe II, sólo hacía falta acusar a Pérez de cualquier cosa contra la ortodoxia cristiana: sodomía, blasfemia, herejía… había donde escoger2.





Esta relación del poder con la Iglesia, a través de la Inquisición entre otras cosas, sí que estaba llena de lógica y era fácilmente comprensible. Se explica, y explicaba, por la defensa de los privilegios de unos y de otros. La fe siempre ha sido lo de menos. O la doctrina de Cristo, o como quieran llamarlo. Y por eso mismo me seguía interesando el problema de la Inquisición. Necesitaba saber cómo se puede pasar de un “amaos los unos a los otros” a tantas torturas y salvajadas infringidas en nombre de no se sabe qué dios. Nunca me ha entrado en la cabeza que por una nimiedad, por un error, por una tontería, por un quítame allá esas pajas, engendrado o creado, etc., se le diera tormento y se quemara viva a una persona. Todo eso no eran más que pretextos, desde luego. Pero ¿cómo se llega a ellos?





Lo podía explicar fácilmente aduciendo que ni inquisidores ni papas, ni obispos, ni curas ni frailes, ni todos aquellos que participaron en semejantes bestialidades, tenían un atisbo de fe o de caridad cristiana o pagana. Buscaban su propio bienestar; y, desde luego, iban a emplear todas las armas que tuvieran a su alcance para acabar con quienes deseaban arrebatarles sus privilegios. Fueron los abusos eclesiásticos, y de la nobleza, los que propiciaron el éxito, y la muerte, de Joaquim de Fiore, Thomas Müntzer, los dulcinistas, los protestantes en España, las pretendidas brujas, y algunos más. Y ahí sí que la Inquisición jugó un papel primordial, importantísimo. Eso sí, rebozando sus bestialidades con la religión y la defensa de una ortodoxia de la que ellos eran sus máximos representantes. En la tierra y en el cielo. Pestilencia y nada más, como dice la madre Teresa. Quien también, por cierto, estuvo muy cerca de caer en las garras de la Santa Inquisición. Parece ser que fue Felipe II quien la salvó.





Ni Trasmoz, ni la tía Casca, ni su bestial asesinato, tuvieron nada que ver ni con la Iglesia ni con la Inquisición. Bécquer atribuye la muerte de esta anciana, a manos de algunos de sus vecinos, al atraso y a la ignorancia en que estaba sumida España en aquellas y en posteriores fechas. Es una explicación. Bécquer abunda en ella al interrogar a la muchacha, vecina de Trasmoz, que le sirve en su celda de Veruela. Esta mujer cree en brujas y en brujerías a carta cabal. Leer las declaraciones de la chica a estas alturas suena a terrores atávicos rebozados de atraso, ignorancia e impotencia. Le sangra a uno el corazón oyéndola. Máxime cuando parte de esas supersticiones, la España negra, estuvo en el origen de algunos bestiales asesinatos. Se buscó, a través de la sangre joven de algún pastorcillo, capturado por el monte, la cura de la enfermedad de algún pudiente.





No dudo de la palabra del poeta, del diálogo con esta chica. Pero también pensaba, y sigo pensándolo, que la gente de esos pueblos tiene bastante sentido común. Sí. Está claro, me decía a mí mismo. Sentido común. Pero entonces, ¿cómo te explicas el nacimiento de los fascismos, del odio al extraño, del nazismo? En algún punto de la historia o me estaba desviando, o, lo que es más probable, planteaba mal la cuestión. Y entonces surgió la respuesta. Y se me pusieron los pelos de punta. Vino por dos fuentes diferentes. Una de ellas fue santa Teresa.





Aun sabiendo que ni la tía Casca, ni Trasmoz, tenían nada que ver con la Inquisición, a la que Bécquer ni siquiera nombra, tuve verdadero interés, en esta última relectura de Cartas desde mi celda, en dar de nuevo con el texto que justificaba la barbarie de esta santa institución. Recordaba haberla leído en un libro de Thomas Mann; pero no en cuál de ellos. Me pareció una locura releerlos todos. Me dejé, pues, llevar por mi intuición, por los borrosos recuerdos. Y recordé que El elegido cuenta la historia de un hijo, nacido del incesto, heredero él de Edipo, ya que también tiene hijos con su propia madre. Pensé que era el indicado para albergar alguna que otra página sobre la Inquisición. Pues el tal hijo del pecado llega a Papa ni más ni menos. Me equivoqué; pero el libro me interesó y lo terminé. Máxime cuando entre sus páginas hallé un manuscrito, redactado muchos años atrás, mucho antes de comprarme dicho libro, en el que contaba una conversación con un amigo.





Este me contó, según ese manuscrito que conservo, que un día, hablando con su madre, le dijo que, en la clase de religión, habían puesto al cura, al profesor, en un aprieto: le habían planteado que si Dios sólo creó a Adán y a Eva, y estos se habían multiplicado, necesariamente sus hijos tenían que haber cometido incesto. Así que no entendían por qué estaba prohibido ahora por la Iglesia que uno tuviera comercio carnal con su madre o su hermana. El profesor se enfureció.





Sabido es que el clero en España siempre ha gozado una falta de preparación rayana en la más burda ignorancia. La cuestión se solucionó, como era de esperar, con expulsiones de clase, suspensos en la asignatura, etc. Pero lo sorprendente del caso, me dijo mi amigo, fue la respuesta de su madre. A ella, cuando le contó lo acaecido en el instituto, le pareció totalmente lógico lo del incesto. Nadie, le dijo, va a querer a un hijo como una madre, o una hermana. Mi amigo se asustó. Y creo que fue a partir de ese momento cuando comenzó a sentir una cierta frialdad y un cierto distanciamiento hacia su madre. Y no porque esta estuviera de mal ver ni mucho menos. Las leyes y las costumbres cambian.





No, no estaba en El elegido lo que yo buscaba.





Me sucede con los libros, y con las películas, lo que rara vez me pasa con las personas: desde sus estantes, sin moverse, me llaman descaradamente. Y, por regla general, es para bien. Estos días de encierro he estado oyendo mucha música clásica. Lo he hecho a través de YouTube, en la televisión. Me encanta ver los movimientos de los músicos, sus gestos, o los del director. Sí. Creo que la música hay que verla. Oírla en disco, como he hecho siempre, es un poco frío, aburrido diría yo.





Dejé, pues, el libro de El elegido en su estante, y me recreé, al mismo tiempo, en otro, también de Thomas Mann. Este tiene la fotografía de una partitura de música en la portada. Eso, en ese momento, despertó mi interés. El libro, además, está totalmente subrayado. Y consta, en la primera página, que se ha leído varias veces. Doktor Faustus. Lo dejé sobre la mesa. Comencé a releerlo poco después. No tardé mucho en dar con lo que estaba buscando.





Los extremos se tocan. Los habitantes de Trasmoz, los asesinos de la tía Casca, pueden pasar por ser unos atrasados, unos ignorantes, unos bestias. Ahora bien, el personaje de Mann, aparecido a las pocas páginas de comenzado el libro, no les va a la zaga, pese a todos sus estudios y títulos académicos. Representa este personaje, Schleppfuss de apellido, la más pura perversión del espíritu y de la mente, lo que ya anunciaba santa Teresa de Jesús. Y lo que explica, más que satisfactoriamente, a la Inquisición, a los nazis y a todas la bestialidades de la humanidad. Por enésima vez me quedé estupefacto.





“Ponía visible empeño en dar a entender que el concepto de Humanidad no era una invención del pensamiento libre; que lejos de ser su propiedad exclusiva, esta idea ha existido siempre, y que, por ejemplo, la Inquisición se inspiraba en la más acendrada humanidad.”3





Cuenta Schleppfuss, profesor de teología, con total seriedad, que una mujer, durante años, tuvo comercio con un íncubo, incluso junto a su marido, mientras este dormía, y durante los días santos. Descubierta por la Inquisición, dicha mujer confesó y aceptó de buena gana la muerte en la hoguera. Era una forma de escapar del demonio. Se ve que no había otra forma más suave de librarla que esa especie de horrible suicidio consentido. Y aquí viene la perla, la panacea:





“Pero cuán espléndida no era la unidad cultural que resultaba de esa concordancia armónica entre el juez y el delincuente y cuán henchida de cálida humanidad la satisfacción de haber, en el último momento, procurado a esta alma el perdón de Dios, después de haberla arrancado por el fuego a (sic) las garras del Diablo”.4





Depravatio animi. No admite otra definición. Como no lo admite toda aquella persona que cree ser el enviado de algún dios, o el poseedor de alguna verdad. Es decir, y como quería santa Teresa, pestilentia animi. Creer que tenemos alguna virtud en no teniéndola. Y ello, dejando de lado las motivaciones económicas, nos ha llevado a guerras, masacres y muertes y más muertes. Tanta bestialidad hay en los asesinos de la tía Casca como en los razonamientos del doctor Schleppfuss. Más en este, si cabe con todos sus brillantes estudios teológicos. Estos de tan sutiles se han quebrado. Por ello habría que reivindicar a la santa de Ávila. Ahora bien, no deja de llamarme la atención que, en este largo encierro por el coronavirus, ningún periódico ni gurú cultural haya propuesto su lectura, ni la de Bécquer. Ni siquiera se ha repuesto la serie que se rodó sobre ella hace años. Tal vez sea este el país que más desconoce a sus propios autores. Quizás estén hechos para otros estómagos o para gentes que quieran huir de la depravatio. Vale.





1Julio Caro Baroja, Las brujas y su mundo. Capítulo XIII





2Véase al respecto Gregorio Marañon, Antonio Pérez. Espasa Calpe, Madrid, 2006. ps.495 y ss.





3Thomas Mann, Doctor Faustus, Barcelona, 1978. Traducción de Eugenio Xammar, p.124 y ss.





4Ibídem.



Etiquetas:   Dogmatismo

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