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Macarillas, guantes y demás lindezas


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19/05/2020

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Porque es tarea de los que mandan, hacer más felices con sus cuidados a los gobernados, mientras que los tiranos tienen la costumbre de procurarse sus propios placeres con los trabajos y los males de otros.






Isócrates, Discursos.









Vaya por delante, antes de comenzar, que ni pertenezco a ningún partido político, ni quiero pertenecer. Tengo mi ideología, por supuesto. Pero eso no me impide reconocer cuando unas cosas están bien o mal hechas. Estoy muy lejos de ser un miembro de esas familias que defienden que “cualquier necedad hecha por uno de los nuestros, deja de serlo”. Una necedad, la haga quien la haga, siempre será una necedad.





Tampoco soy ningún entendido en sanidad, pandemias, virus y demás. No voy, por lo tanto, a decir si esto o aquello se tenía que haber hecho de esta forma o de aquella. Sí que me fío, y mucho, de los médicos y enfermeras que, por suerte, me han atendido en el ambulatorio de la seguridad social. He seguido sus consejos a rajatabla. Y no he dejado de alegrarme cuando, por fin, he podido salir de casa a caminar, a comprar y a airearme un poco.





Y me he asombrado mucho. Muchísimo. Ya sé que tenemos cierta tendencia a culpar a los demás de cuantas cosas negativas nos ocurren. No dejo de acordarme de un cuentencillo que me contó uno de los primeros maestros que tuve: “Si el niño aprueba -me dijo- es porque el niño es muy inteligente; si suspende, es que el maestro es un burro”. Al tener tantos alumnos, la responsabilidad del maestro quedaba un tanto diluida, o acrecentada. Depende, como siempre, de quién lo analizara.





Imagino que dar clases a todo un grupo de alumnos, y lograr que todos saquen algo en claro de la asignatura, debe de ser un tanto complicado. Mucho más, por supuesto, gobernar un país con tantos habitantes. Máxime cuando cada uno de ellos es un maestro en el tema que se tercie y en el momento que se quiera.





El coronavirus, la pandemia, parece ser que nos ha cogido a todos desprevenidos. Es normal, por lo tanto, que ante una situación tan terrible se cometan errores. Sin duda se han cometido. Y se pueden subsanar. Otros errores nos han advertido de la peligrosidad de privatizar ciertos servicios. De esto, sin embargo, nos olvidamos rápidamente. Creo que estamos formando y fomentando una sociedad en la que brilla por su ausencia la más mínima solidaridad.





No, no voy a emplear grandes y grandilocuentes palabras. La solidaridad es algo tan sencillo como la educación. Y la educación , entre otras cosas, nimias, en utilizar las papeleras para depositar en ellas las cosas que ya no vamos a utilizar. Viene esto a cuento de la cantidad de mascarillas, guantes y otras lindezas que hay últimamente por las calles de la ciudad. Al parecer ya nos hemos acostumbrado a ver por ellas cajetillas de tabaco, colillas, latas de refrescos y hasta pañales de criaturas. No falta, por supuesto, algún que otro descerebrado que rompe cualquier botella de vidrio en el carril bici: debe de ser muy divertido ver como se pincha la rueda de alguna bicicleta.





Siempre he sostenido que esta pandemia no iba a cambiar nada. Me equivoqué. Al no haber tanta gente por la calle, algunas personas han sacado sus perritos a pasear y tal cual. La calle está llena de recuerdos de dichos animalitos. Sus dueños ni se han molestado en tener un mínimo de civismo ni en recoger los recuerdos de sus bichos. Según unos hacen muy bien, pues así dan faena a los barrenderos y crean puestos de trabajo. Según otros, sobre los que tiran guantes y mascarillas, hay que odiar al delito, pero compadecer al delincuente. Y según los de más allá, caceroladas y cencerradas porque quiero salir de casa e ir al bar y no me dejan.





Y aquí viene otra sorpresa: ahora se exige mascarillas para entrar a comprar en las grandes superficies. En los bares, recientemente reabiertos, que son más reducidos, no se puede ir con mascarilla. Al menos hasta que inventen una que permita no contagiarse y disfrutar de la cerveza o del carajillo. Los bares, por otra parte, ya pueden poner sillas y mesas en las aceras por donde también circulan bicicletas, patinetes y perros. ¿Cómo se puede mantener la distancia de seguridad entonces? Muy fácil: jugándose el tipo y caminando por donde circulan los coches. Que por cierto, son los únicos que circulan por su derecha. Los peatones van por donde les da la gana. Y es suficiente que uno vaya por su derecha para que el que viene de frente le entren unas ganas enormes de ir por su izquierda. Eso sí, con mascarilla, guantes y armadura de acero inoxidable.





Imagino lo difícil que debe de ser gobernar un país: imposible contentarlos a todos. E imposible que cada uno de nosotros llevemos un policía detrás para evitar que tiremos las mascarillas en medio de la calle, o dejemos que el perrito haga de las suyas donde le viene en gana. No. La educación no la va a dar el partido político que esté en el poder. Es algo más sutil. Y más viendo el ejemplo que están dando entre ellos. Todo vale con tal de hacerse con el poder. Hasta que los gobernados pierdan la salud. Ahora bien, hay que decir que muchos de estos lo harán de muy buena gana siempre y cuando les dejen hacer lo que les venga en gusto. Y si se contagian los demás, que el gobierno hubiera actuado a tiempo. Al fin y al cabo, el delito es odioso y el delincuente digno de lástima. Y en mi familia y mi partido no se dicen más que genialidades.





Como me dijo una amable enfermera: “salga a caminar de noche fijándose dónde pone los pies”. Creo que es lo mejor. No se puede confiar en nada más.







Etiquetas:   Educación   ·   Solidaridad

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1 comentario  Deja tu comentario


Vicente Adelantado Soriano, Educación Quisiera disculparme ante los lectores por un par de erratas. No me había percatado. El título, evidentemente, es Mascarillas, que no Macarillas. En el párrafo sexto hay una omisión: No, no voy a emplear grandes y grandilocuentes palabras. La solidaridad es algo tan sencillo como la educación. Y la educación , entre otras cosas, nimias, en utilizar las papeleras para depositar en ellas las cosas que ya no vamos a utilizar.
Debería decir Y la educación, entre otras cosas, nimias, consisten en utilizar...
Siento los errores.




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