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Cartas desde mi habitación VII. (Sobre brujas y brujerías)


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15/05/2020

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Resistamos, amigo, usando como potente revulsivo contra estos males la verdad y el sentido común: con él no hay peligro de que nos asusten esas patrañas vanas y vacías.






Luciano el Samósata, Cuentistas o el descreído.









Queridos amigos: como todos ustedes saben y no ignoran, estamos inmersos en un universo de filosofías no escritas, de ideas recibidas, y de mundos pocas veces, o jamás, cuestionados. A pocas preguntas que nos hagan, insidiosas o no, o si nos tropezamos con un pequeño Sócrates, nos percatamos, rápidamente, de la escasa consistencia de nuestros conocimientos. Aceptados sin más. Todos, o casi todos. Con el paso del tiempo, sin embargo, el hombre, o algunos, comienzan a cuestionarse varias de esas ideas recibidas. Los pretendidos saberes terminan por convertirse entonces en un castillo de naipes, que se desmorona con el más leve roce. Cierto es, en consecuencia, que al final de la vida, cuestionados muchos conceptos, se encuentra uno con aquello de que, verdaderamente, lo único que se sabe es que no se sabe nada. Y gracias si sabe eso.





Viene tan breve prólogo como consecuencia de la relectura de las cartas de Bécquer, escritas en el monasterio de Veruela, Cartas desde mi celda. Nos vamos a centrar en dos, la sexta y la séptima. Si en la VI habla del asesinato de una pretendida bruja, la tía Casca, en la VII cuenta cómo una moza, sobrina del mosén, para más señas, se convierte en el origen de todas las brujas de la comarca, merced a unos pendientes y a un vestido nuevo. Evidentemente, las cartas de Bécquer no son un estudio sobre el origen de la brujería ni mucho menos. Cuenta, y ya es suficiente, las leyendas que, al parecer, corrían por el Somontano, Veruela, Trasmoz, etc., sobre las brujas y su mundo. Aun así, a mí me despertó, o acrecentó, el interés por esta figura que tanto éxito ha tenido en los cuentos infantiles, y en una cierta historiografía.





No soy experto en el tema, ni mucho menos. Tampoco lo pretendo. Sí que es cierto, como dije en una anterior carta, que, hace años, un amigo me regaló el libro de Jules Michelet, La bruja. Lo leí de joven, y lo olvidé. Me quedó de él una idea vaga de la bruja como iniciadora de la medicina. Al leer por enésima vez el librito de Bécquer, caí en la cuenta de que la brujería de la que habla este, de la tía Casca, nada tiene que ver con la medicina, ni con sanar los cuerpos de los dolientes. Ni con la Edad Media, ni con el pretendido derecho de pernada o de otras injusticias, origen de la brujería, como cuenta Michelet. Hay una cierta concomitancia, sin embargo: la denuncia de la miseria.





Tuve un cierto interés en el estudio de este manido tema. Para hablar con verdadero conocimiento de causa tendría que conocer toda la literatura antigua que se nos ha conservado al respecto. No la conozco. Pero parece ser que el único relato de terror que han llegado hasta nosotros, de Grecia y Roma, es uno y el mismo: el que narra Luciano el Samósata, imitado o copiado, luego, por Plinio el Joven1. Es la inocente historia de un fantasma. Todas las noches se aparece este en una casa, alquilada a un bajísimo precio, con chirriar de cadenas. Interrogado el fantasma por un aguerrido filósofo, que no lo teme, resulta ser el cuerpo virtual de unos huesos. Este pide que sean desenterrados del patio de dicha casa, y llevados al lugar a donde deben reposar. Nada tiene que ver el relato de Luciano el Samósata, con las brujas ni con el Macho Cabrio.





Quizás lo más cercano a ellas sean las figuras de Circe y de Medea. Dudo, no obstante, que alguien las juzgue como brujas, en el sentido que lo conocemos, un sentido más próximo a Celestina, o a las que retrata Cervantes en Coloquio de los perros o El licenciado Vidriera. Ninguna de estas mujeres, sin embargo, cuestionan ningún artículo de fe. Y si bien Celestina parece que se vale de algún encantamiento para doblegar la voluntad de la dura Melibea, ni de lejos eso parece claro en la obra de Fernando de Rojas. Hay interpretaciones para todos los gustos. Tantos son los bachilleres, tantos son los pareceres.





Ignoro, por otra parte, volviendo a la antigüedad clásica, si el mundo de las brujas tiene alguna deuda con las bacantes. Es posible que se puedan relacionar. Es posible. Pero siempre he visto un punto de discordancia fundamental. Ese punto me ha servido para desconfiar de algunas cosas y cuestionarme otras. Dioniso, a través de la desenfrenada bacanal de sus seguidoras, y del despedazamiento del rey Penteo a manos de Ágave, su propia madre, consigue ser admitido como dios en Grecia. Como se puede ver es un dios con poderes muy limitados. O que exige sacrificios humanos, aunque este no volverá a repetirse. Creo que algo similar le sucede a Satán, al Macho Cabrio, o como quieran llamarlo. Sus poderes, si hacemos caso a las brujas, son más que limitados. Me remito con ello a una discusión de juventud, pero que sirvió para comenzar a delimitar el terreno. A cuestionar las ideas recibidas.





Debo confesar, antes de seguir, que siempre he sido una persona muy miedosa. Lo he pasado mal por culpa de mis terrores. Así que mi primera aproximación al mundo de las brujas fue muy aprensivo, y estuvo lleno de recelos y necias precauciones. Dichos temores, sin embargo, poco a poco fueron desapareciendo. La tía Casca, carta VI, y la sobrina del mosén, VII, están en el final de la cadena.





El mentado libro de Jules Michelet, La bruja, puede provocar, en este siglo, todo lo que se quiera menos miedo. Yo diría que es un relato muy simplista de la brujería, si es que esta existió alguna vez. Hace ya muchos años, discutiendo con una amable persona, que se reía de mí por mi incapacidad para ver cierta película, comenzó a resquebrajarse mi temor. Fue entonces cuando pude aproximarme al mundo de las brujas, de Satanás, sin temer nada. Y el razonamiento fue muy simple y sencillo. Tan simple y sencillo que me asombré de que semejante simplicidad no se me hubiera ocurrido mucho antes.





Siempre, a través de mi educación cristiana, he oído decir que el Demonio es el reverso de Dios. La pregunta, por lo tanto, es muy sencilla: ¿Supone eso, teniendo en cuenta que Dios es infinita sabiduría, que el Diablo es infinita necedad? No, respondían. O me explicaban que la prueba de su gran inteligencia es hacernos creer que no existe. Algo así como me recomendaban, de joven, en ciertos lugares: lo mejor es pasar desapercibido. Pero lo malo de Satanás es que desapercibido nunca ha pasado. En absoluto. Ahora bien, ha sido aprovechado, y muy bien aprovechado, para desviar la atención de donde no debía ponerse.





Y fue entonces, a veces las cosas son muy sencillas, cuando planteé la pregunta que me permitió ver aquella película, incluso reírme de ella, y leer relatos sobre brujas, brujos y demás. ¿Qué sentido tiene -pregunté- que Satanás, o el Mal, con todo el poder que tiene, con toda su sabiduría, se posesione de una pobre chica, en la realidad dicen que fue un chico, de poco menos de catorce o quince años? ¿Qué sentido tiene, y vuelvo a Michelet, que Satán se haga presente en una choza de un campesino cuando tiene el castillo, la corte, la curia y toda su parafernalia a su alcance? ¿La pretendida liberación de la mujer? No la veo por ninguna parte: si no depende del clero, pasa a depender de Satán. Y aquelarres y bacantes, como toda reunión del mismo sexo, debían ser muy aburridas. Sí, vale, el Macho Cabrío. Con un comportamiento similar al de un sultán. No veo la liberación de la mujer por ninguna parte. Pero quizás esté equivocado.





Por otra parte, si de verdad el Demonio, Satanás o como quieran llamarlo, quería, en serio, hacerse con el alma del campesinado, idea de Michelet, lo tenía muy fácil: hubiera sido suficiente con darles a las mujeres, siempre la mujer, la posibilidad, a cambio de su alma, por supuesto, de transformar, como Circe, a los hombres en cerdos. Y si estas hubiesen transformado en tales a los señores feudales, al clero que los apoya, a sus mesnadas, etc, hubieran tenido carne para toda la Edad Media y parte del Renacimiento. Y las discusiones de vecinos, en la aldea, en lugar de terminar en guerras y matanzas, hubiesen terminado en piaras y pocilgas y más y más cerdos. En caso de que las mujeres hubieran tenido veleidades de regresar al redil de la cristiandad, se provoca una buena hambruna, y vuelta a empezar. Y todas las pocilgas para Satanás. Por desgracia, no sucedió de esta forma.





La miseria, como la de la sobrina del mosén, siempre se vende muy barata: dos pendientes, un vestido nuevo y alguna baratija más, es suficiente. Los eternos abalorios. Satán es un pobre miserable.





También he oído decir siempre, y seguimos con las ideas recibidas, que creer el Demonio presupone creer en Dios. Van tan de la mano como Zeus y Hera, Osiris e Isis o Balaam y su burra. Y entonces volvía a surgir la pregunta: ¿Por qué es Satán, y no un enviado de Dios, quien se aparece en la cabaña de los campesinos? Sí, cierto es: la Virgen se aparece a unos pastorcillos, pero siempre lo hace, como cuenta el mismo Bécquer en su última carta, para lanzar mensajes absurdos y melifluos: indicar el lugar donde quiere que se le levante una iglesia o una capilla. Hacer un viaje tan largo, del cielo a la tierra, para transmitir semejante mensaje, me parece una tomadura de pelo. Hubiera sido mejor, digo yo, ya que en Veruela se presenta ante un señor feudal, decirle a este que dejara de vivir a costa de los campesinos, que no les cobrara el diezmo, que dejara de guerrear y pelear, que levantara escuelas, etc, etc. Nunca hace eso, no sé porqué. Lo mismo que cuando, según leyendas cristianas, se aparecía algún santo o ángel en alguna batalla, a imitación de Afrodita y compañía en la guerra de Troya. Aquí, debido a la larguísima confrontación contra el moro, tuvimos muchas apariciones celestiales. Estas siempre luchaban a favor de los cristianos. Ni Mahoma ni sus seguidores eran hijos de Dios. Lo del hijo pródigo no se aplicaba en este caso. Importaba que los cristianos tenían razón, no la doctrina de su fundador. Lo de amaos los unos a los otros, como dicen los políticos cuando meten la pata, hay que matizarlo.





Hubiera sido muy de agradecer, por lo mismo, que ya que se tomaban la molestia, Santiago Matamoros, por ejemplo, de presentarse en el campo de batalla, lo hubiera hecho para frenar la guerra, para impedir matanzas y salvajadas y no para contribuir a las mismas. Sí, efectivamente, el poder y la iglesia han sido muy astutos: se han servido de Satanás para desviar la atención, para poner el foco donde ellos querían. E igualmente sucedió con las brujas o con sus leyendas.





Se me quedaron grabadas a fuego las palabras del clérigo, confesor de las monjas de Loudun. Estas desdichadas mujeres vieron en su confesor la reencarnación del Demonio. Al ser torturado por los buenos inquisidores, preguntó, roto, resquebrajado y lleno de sangre: “¿Dónde está la caridad cristiana?” Siguieron despedazándolo sin miramientos. Y tan a fondo lo hicieron que lo llevaron a la hoguera en parihuelas. Exactamente igual fue conducido aquel soldado, en la película de Kubrik, Senderos de gloria, ante el pelotón de fusilamiento. Cabría preguntarse si las monjas de Loudun, como otras muchas pobre muchachas, estaban en el convento por vocación, o porque las familias no sabían qué hacer con las mujeres que no podían casar, o no servían para alianzas políticas. Una situación que ha dado origen a varias novelas y, creo, a algún que otro proceso. Los conventos. El gran interés de Satanás y de Pérez Galdós.





Las monjas. Fueron una constante preocupación en la obra de don Benito Pérez Galdós. Encerradas unas, se escapan otras2. Y otras, enamoradas, son capaces de prometer la vida eterna a quien ocupa, en el paredón, y ante el pelotón de fusilamiento, el lugar que debería corresponderle al hombre del que se ha enamorado3. Tal vez no pudieron escaparse las pobres monjas de Loudun. Encerradas de por vida, siendo todavía unas niñas, es normal que vieran allí al demonio y a toda su parafernalia. Pero la corte terrenal en lugar de sacarlas de allí, de preguntarles si verdaderamente deseaban estar en el convento, torturaron y mataron al pobre cura confesor, encarnación del Diablo según ellas. No cabe, desde luego, más piedad. Ahí sí que estaba presente el mal, la necedad, la intransigencia y el Macho Cabrio. Y teniendo todo esto en sus manos, es un chiste hacer que un personaje tan inteligente como el señor Satanás se ocupe de unos pobres campesinos que no tienen ni donde caerse muertos, o de una pobre muchacha que no tiene un par de pendientes que ponerse para ir al baile. Se ocupan de ellos el poder, pero para desviar la atención. Algo así como hizo Alcibíades con su famoso perro: para que no hablaran de él, y dado que este tenía fama de hermoso, le cortó el rabo. Eso se convirtió en la comidilla de Atenas, y Alcibíades, entre tanto pudo hacer lo que le dio la gana sin que nadie le dijera nada. Y eso que no contaba con la Santa Inquisición. Vivir para ver. Vale.









1Luciano el Samósata, Cuentistas o el descreído, en Relatos fantásticos, Madrid, 2017. Traducción, de El cuentista, de Jaime Curbera, p.129 y ss, y Plino el Joven, Epìstolario, libro VII, carta XXVII. Véase también Vicente Adelantado Soriano, Cartas a autores clásicos, Long Island edito. Colección dorada, Cartas a Plinio el joven, XIV, p.159





2Así comienza el episodio titulado la vuelta al mundo en la Numancia, febrero de 1849, cuando al protagonista le cae un bulto desde el tejado de un convento en Játiva. El tal bulto es una monja con ansias de libertad. Cap. I





3Benito Pérez Galdós, Un voluntario realista, véase en especial, cap XXX y ss.



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