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Imperecedero libro


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09/03/2011

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Imperecedero libro

Al libro, parece, le quedan tantos días de vida como a la Humanidad. Las nuevas tecnologías apenas agregan valor a una invención humana insustituible, innegable, imprescindible

Armando Coll

 

Que no se regocije la insaciable arrogancia de la tecnología en el responso por el libro. Las plañideras del vehículo de la cultura por excelencia, sí, el libro en todas sus variantes, ya no conmueven. Es una añoranza antes de tiempo, un luto chusco. La tecnología ha terminado por rendirse ante la supremacía libresca.

Quien se complazca con Twitter, el e-mail, y los sumarios digitalizados de la biblioteca universal, quien crea que así estará debidamente nutrido su intelecto, medrando sólo de la ciberesfera y la proliferación de wikis, de links y poco confiables hipertextos, no será sino un huérfano, puesto que todos esos nuevos soportes que proporciona la tecnología son hijos irredentos, obligados tributarios del libro. El libro les concede el genoma y determinará su función y comportamiento por lo que le quede de vida a la humanidad.

El e-book no es sino un epígono tardío y balbuceante del códex . No nos confundamos. La tecnología sólo agrega valor a un bien insustituible, el libro que, como bien dice Umberto Eco en un título comentado semanas atrás en este espacio representa a la civilización lo mismo que inventos tales como la rueda o la cuchara, el martillo o las tijeras: “Una vez se han inventado, no se puede hacer nada mejor. El libro ha superado la prueba del tiempo (…) Quizá evolucionen sus componentes, quizá sus páginas dejen de ser de papel, pero seguirá siendo lo que es”. (Nadie acabará con los libros. Lumen, 2010. En colaboración con Jean-Claude Carrière y Jean-Phillipe de Tonnac)

Y me permito matizar al gran maestro italiano: ¿acaso esos “nuevos componentes” verdaderamente “evolucionen” el libro?

Por eso hurto el término a las ciencias económicas: valor agregado. La tecnología solo agrega a una función irreemplazable. El e-book vale ante el concepto de libro tanto como la licuadora al del mortero. Facilita la tarea, ¿pero acaso la refina?

El tiempo que uno pasa adaptándose a las innovaciones incesantes del ciberespacio, el cambio continuo de “plataformas” de sitios tan útiles como Youtube se lo sustrae a la irrepetible experiencia que depara tras la portada de un libro de viejo.

No niego que he sido yo el más seducido por las infinitas posibilidades de acceso a la cultura que me brinda internet, pero con igual perplejidad atestiguo la sub utilización que los no-lectores, los que nunca han abrazado un libro, olfateado la piel de sus páginas, el retrogusto de tinta y papel que queda tras una larga vigilia de ensimismada lectura (cuando como sugería Elías Canetti, las pestañas parecen chasquear como para pedir una pausa al ojo insaciable del lector), hacen del monumental medio que anunció el tercer milenio, así como la imprenta partió en dos la historia del Viejo Mundo y dio a luz el Nuevo.

Las nuevas tecnologías no están sino al servicio de una función tan antigua como el homo sapiens; no son sino una extensión ¿McLuhan dijo? de las facultades que definen al hombre desde que existe sobre este adolorido planeta.

Innovación, repetición

Esa noción sobrevalorada tal vez desde la Revolución Industrial, la innovación, muchas veces no agrega otra cosa que nuevos hábitos de consumo ¿el medio es el mensaje, diría McLuhan?

¿Será que me veré en el trance de rematar los libros viejos que acumulo en casa para juntar los 300 dólares que vale un lector de libros electrónicos (y vaya que sí quiero uno)?

Pero, un momento. ¿Qué hace un compulsivo comprador de nuevas tecnologías con un i-pad si nunca leyó siquiera Las Memorias de Mamá Blanca o El principito, o la Biblia, o si acaso las novelitas seriales de Mickey Spillane, entre otros sucios paper-backs que uno compraba en cualquier kiosco?

Puede que aquel portador del lector de libros electrónicos (el famoso Kindle de Amazon o cualquier modelo equivalente de la competencia) cuya curiosidad jamás haya sido sacudida por ese infinito que deparan las páginas impresas a lo largo de los siglos, le dé el uso rudimentario que un párvulo pueda darle a su primer libro, ese en el que por vez primera logra juntar las letras del alfabeto y hacer sentido. Como si cada vez que alguien fuese a encender un zipo tuviera que dar el paso gigantesco que dio aquel Neanderthal que en la tiniebla de los tiempos se adueñó del fuego al golpear una piedra con otra. Y así pudo iluminarse, calentarse y cocinar el alimento por cuenta propia.







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