. Una historia basada en como “sobrevivir al acoso sexual laboral”. Soy Elizabeth Taylor B., viví
en un lugar llamado Mucujún, estado Mérida y a los 42 años recuerdo que tuve
una infancia difícil, viví en un hogar disfuncional, con pobreza y padres que
no estaban preparados para educar. Soy la hermana mayor de cuatro hermanos y por
primera vez siento la necesidad de contar como desde mi corta edad comencé a
ser abusada sexualmente.
Recuerdo que tenía seis años
aproximadamente y mi madre me envió a comprar en la bodega que estaba al cruzar
la calle de donde vivíamos. Era atendido por un señor canoso, panzón, con uñas
largas y negras, al llegar estaba solo, me acerque al mostrador a pedir lo que
iba a comprar, me dijo que me acercará a él, me tomo por un brazo, y por mi
estatura solo podía ver sus piernas, comenzó a tocar mis partes íntimas, en ese
momento levante la mirada y pude ver su cara, salí corriendo lo más rápido que
pude y le conté a mi madre lo que había pasado, ella no hizo nada, ni un
reclamo tan poco hablo conmigo. Ahora que lo reflexiono me siento tan mal, no
me defendió, no hubo consejo o algo que hubiese hecho por mí en ese momento. No
volví a hablar de eso con nadie.
Posterior a eso aun pequeña, en una
visita a la casa de mi abuela donde estaban mis tíos y mis primos, uno de los
mayores, de trece años encerró a mis primitos y a mí en la habitación de mi
abuela, me coloco encima de la cama y puso su cuerpo sobre mí, hacía
movimientos muy extraños, eso duro por unos minutos hasta que mi madre se daría
cuenta que no estábamos a su lado, de pronto abrió la puerta y lo sorprendió,
nuevamente no dijo nada, no me defendió solo nos sacó de ese lugar.
Cabe destacar que viví en una casa
con falta de valores y poca comunicación entre los miembros de la familia, así llegué
a mis quince años dando traspiés. A esa edad conocí a un muchacho unos años
mayor, me supo seducir y perdí mi virginidad. En el momento no lo vi mal,
porque él estaba a mi lado. Al pasar los días noté que no me buscaba como antes
y había perdido el interés en mí.
Pasaron varios meses y continué con
mis estudios, conocí un par de chavos tuve relaciones sexuales con ellos, y
este sentimiento de vacío permanecía en mí. Estaba confundida ya nada era
igual. Al cruzar esta puerta de la sexualidad iba a enfrentar un mundo del cual
no estaba preparada, sin instrucciones y sin saber lo que me esperaba. No
contaba con nadie más que conmigo misma.
Un día mi amiga de la secundaria, Beatriz,
me comento que ella entrenaba cerca de su casa un deporte llamado Esgrima, me
dio curiosidad y le hice varias preguntas entre ellas los requisitos para
entrar. Aclaró que no se pagaba mensualidades y que podía hacerlo dos o tres
veces a la semana. Luego de unos días de pensarlo fui y me presenté. A la par
de eso mi familia se estaba desplomando, no teníamos para comer, mi papá tenía
una segunda relación extramarital y mi madre decidió dejarnos, se fue lejos, no
pudo enfrentar lo que pasaba así que nos abandonó.
Al mismo tiempo comencé a practicar
Esgrima, dos veces por semana. Todo iba bien hasta que el Entrenador a cargo de
ese deporte comenzó a decirme que usará el uniforme de clases, que le gustaba
verme llegar con el uniforme, cosas que no entendía en ese momento. Usaba el
uniforme porque salía de clases y bajaba directo a los entrenamientos. Esto se
debe a que vivía lejos y para no bajar a la casa y volver a subir me ahorraba
el dinero del transporte. A cabo de unas semanas nos informaron que había una
competencia en el estado Aragua (que queda a doce horas de donde vivía) en un
complejo deportivo ubicado en la localidad El Limón. Era mi primera experiencia
viajando sola. Pasaron muchas cosas en ese viaje, no estaba preparada económicamente
y el dinero que nos dieron del viaje trate de ahorrarlo y comprar comida para
la familia. Después de terminar la competencia nos regresamos a nuestro sitio
de origen, estaba confundida, aterrorizada, deprimida por no haber ganado la
competencia y no tener un buen desempeño.
Al llegar al Terminal de buses a
eso de media noche el Entrenador observó que estaba sola, pues ya a todos mis
compañeros los habían ido a recoger, y pregunto si alguien vendría por mí y le
conteste que “no”. Ofreció llevarme a su apartamento, accedí. Era un hombre alrededor
de 40 años, cubano y vivía con otro compañero, jamás pensé que podía tocarme o
tratar de abusar de mí, ya que él daba clases de Esgrima muchos jóvenes y tenía
una reputación que cuidar. Llegamos a su apartamento y a que no adivinan: lo hizo, esa noche intento tener
relaciones conmigo, le pedí que no lo hiciera, que no quería estar con él, me
aleje y no pude cerrar los ojos en toda la noche, apenas amaneció le pedí que
me llevara a mi casa pues era muy temprano y no quería permanecer un rato más
en ese lugar. En el camino me convenció que no le contará a nadie de lo sucedido
y mientras tanto vistiera mi uniforme de clases para ir a entrenar. Me cambié
de lugar de entrenamiento y no volví a verlo. Nunca le he contado a nadie esta
experiencia, es la primera vez después de tantos años.
Mientras tanto sigue con mis
estudios, obtuve el título de secundaria y entre a la Universidad. Por falta de
apoyo y valores fui introvertida, hablaba poco y no tenía amigos. Tuve relaciones
con un par de hombres que me seducían para lograr algo de dinero o para salir a
un restaurant a comer y beber unos tragos.
A los 20 años quedé embarazada y
tuve mi primer hijo, salí a trabajar y hubo oportunidades en que hombres
mayores me seducían, muchas veces dije que no, sin embargo, mi falta de
autoestima y este patrón de comportamiento sumisa y callada seguía apareciendo
en mí. Trabaje de noche para sacar mis estudios adelante. Vivía en un mundo sumergida
en el alcohol, mientras dejaba a mi hija al cuidado de un familiar. Poco a poco
me fui superando y buscando otros trabajos con mayores oportunidades.
Un día se presentó la ocasión de trabajar
en una prestigiosa Empresa y fui la entrevista. Aceptaron mi solicitud. En
varias ocasiones pedí aumento de sueldo y un apoyo para la guardería de mi
hija, ya que vivía con lo justo. El Administrador negó dicha solicitud. El
padre de mi hija no me ayudaba en ese entonces. Pasaron varios meses, todo iba
muy bien, me adaptaba al sitio. Un día trabajando en la oficina se presentó el mismo
Administrador, mi relación con él era totalmente laboral, se acercó a mí y toco
mis senos con todo su morbo. Me quedé en shock, no supe que hacer, recogí mis
cosas y me fui. Llore toda la noche, mi trabajo estaba en juego ¿era él o yo?, ¿a
quien le iban a creer? si contaba lo que había sucedido, tenía que pagar
alquiler, guardería y una hija que alimentar. Después de todo me volví a quedar
callada, y seguí trabajando en ese mismo sitio. Vivía aterrorizada pensando que
se podía acercar a mí en cualquier momento. Afortunadamente me cambiaron de
oficina y pude estar más tranquila.
En el 2004 las cosas mejoraron por
un tiempo, me casé, tuve dos hermosos hijos, hoy día uno de 15 y otro de 12
años. Adelantando la historia llevaba a uno de ellos a su entrenamiento de
Karate, se me ocurrió la maravillosa idea de entrenar con los adultos, ya tenía
una amistad con el Sensei del Doyo, pero curiosamente en oportunidades me decía
que si necesitaba ayuda contará con él, ya por mi experiencia y a mis 38 años
no quería que se malentendieran las cosas. Solo que un día se complicó mi
situación económica y le pedí que me diera chance para pagar la mensualidad en
dos partes y accedió. Solicitó mi número de celular para enviarme la cuenta del
banco y así pagarle lo que debía. Fue mi peor error. Me escribía cada cinco
minutos cosas obscenas. No quería sacar a mi hijo de los entrenamientos, mi
hijo estaba muy ilusionado y no quería arruinarle el deporte que tanto le
gustaba. Cuando lo volví a ver, fue impactante su cara no era normal, sus ojos
me desnudaban. Pague mis cuentas y lo bloquee. Afortunadamente por fuerzas
mayores cambié de domicilio y no tuve noticias de él.
Mi dilema es el ahora, al cambiar
de domicilio, cambió mi lugar de trabajo, conseguí un sitio para trabajar como
asistente administrativo. Al principio todo era muy proactivo estaba muy contenta,
aprendí a conocer la empresa y sus archivos, la administración y los detalles
de la Ingeniería. Luego de un mes todo empezó a cambiar, mi jefe comenzó a
tomarme de la mano, y a tocarme las piernas, le di un alto a esta situación, Un
día se apareció frente a mi e intento darme un beso sin mi consentimiento, me
propuso un intercambio sexual. Le deje que no que se alejará, sin embargo, esto
paso también con otras chicas que llegan a trabajar a la empresa. A varias de
ella les tuve admiración por tener la valentía de renunciar y decir nunca más
al acoso sexual, siento que fui cómplice de todo aquello por saber lo que les
podía pasar y no hablar. Por otra parte, seguí callada antes que denunciar, por
miedo, por vergüenza y sumisa ante la necesidad económica que estaba pasando.
Aguante unos meses más y justo estamos atravesando la pandemia del COVID-19, estoy
en mi casa 53 días transcurridos y no he vuelto a trabajar en la oficina, se inició
la etapa de reapertura económica. De la empresa me escriben a mi WhatsApp, preguntado
si volveré, pero honestamente estoy mejor así, hay un sentimiento de renunciar
de no volver y decir ya basta, pero a su vez esta mi situación como madre pagar
el alquiler, comida, servicios, vestuario y pare de contar. Quiero tener la fortaleza
y colocar un alto al ACOSO SEXUAL LABORAL.
He
comentado a dos personas muy cercanas mi experiencia y me dicen que la
situación en la que me encuentro es muy peligrosa, que he callado por muchos años.
Solo el hecho de que te toquen, que te propongan un intercambio sexual por un
beneficio laboral, que te obliguen a tener relaciones sexuales y que te
amenacen o castiguen por no aceptarlo te ponen en una situación de alto riesgo.
Es necesario que denuncie esta situación y busque apoyo en quienes confíes, es
posible que no sea la única persona que está pasando por esto. El hostigamiento
sexual laboral no es normal. Y no merezco este maltrato.
Por eso
debemos saber que no estamos solas, denunciar y las autoridades tomar acción
inmediata. La felicidad de los hijos no está en un hogar violento, está en el
amor que sus padres les puedan dar. Juntos o separados.