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Cartas desde mi habitación VI (Huésped de las tinieblas)


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09/05/2020

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Nos hacemos la ilusión -si es que nos la hacemos- de que poseemos el óvulo fecundo de un poema o de un cuadro, y no tenemos, en definitiva, nada en nuestras manos.






Azorín, El escritor.









Estoy por darles la razón a quienes dicen que no hay nada mejor que prohibir una cosa para que esta sea buscada con ahínco. Hace ya un mes que, debido a la pandemia del coronavirus, no podemos ni debemos salir de casa. Sólo se permite transitar por las calles para las cosas imprescindibles, compra de comida fundamentalmente. De todo lo demás, dicen, se puede prescindir, hasta de los libros. No es así. Por supuesto.





No. Yo no podría soportar este encierro sin ellos. Así que, una y otra vez, en este largo enclaustramiento, me he acordado de una escena de la película de Fred Zinnemann, Un hombre para la eternidad, basada en los últimos años de la vida de Thomas Moro. Moro, como es sabido, se enfrentó a su rey, Enrique VIII, porque no reconoció la legalidad de su divorcio. Eso le costó ser encerrado en la torre de Londres, y la cabeza.





A fin de doblegar la voluntad de Thomas Moro, y de hacerle firmar un documento, reconociendo la validez del divorcio de Enrique VIII de Catalina de Aragón, el funcionario de turno ordena que le sean quitados los libros que Moro tiene en la prisión. Es la escena que más me impactó de aquella película. Más que la decapitación del propio Moro, cosa que se sabía que se iba a producir de un momento a otro. Me pareció de una crueldad inaudita privar al hombre de sus libros. Cuánta bestialidad y cuánta sin razón cabe en el pecho del hombre.





Afortunadamente este largo encierro no nos ha privado de ellos. No podemos salir en su búsqueda; pero contamos ahora con los ordenadores. A través de los cuales se pueden conseguir muchos libros y en casi todos los idiomas, el latín y el griego entre ellos. ¡Qué feliz hubiera sido Moro con uno de estos aparatos! Tengo, además, en casa tantos libros pendientes de una revisión, de una relectura, que si este confinamiento se convirtiera en una cadena perpetua ni aún así me los terminaría. Antes se acabarían mis días.





Ignoro, y de aquí la importancia de la prohibición, en qué momento de mi vida comenzó mi afición por visitar lugares importantes por quienes los habitaron. O las casas donde habían vivido. Recuerdo de aquella época de búsqueda e inspección, un tanto absurda, que la mejor forma de viajar, de visitar lugares y espacios, fue la que iba en busca de una forma de hacer un arco, de ver una gárgola atípica, o un tejado o una torre un tanto extraña y original: allí no cabía el fraude ni el engaño. No, en los otros espacios, los habitados por escritores o poetas, no me engañaba nadie: era mi propia mente quien se creaba sus fantasmas. Fantasmas, inútil es decirlo, que se desvanecían ante la realidad.





Leí en un libro de Azorín, ya no recuerdo en cual, que había que visitar los lugares donde vivieron y penaron los escritores que admiramos. Según él era importante para conocer su obra. Le hice caso. Visité su propia casa, la pensión de Machado en Soria, busqué por Santander la de Pérez Galdós, di con la de Blasco Ibáñez, las del Greco y Unamuno, sin olvidar la supuesta casa donde vivió Max Estrella, el valleinclanesco personaje de Luces de bohemia. Y siempre me quedó un regusto amargo en la boca. Aquellas casas, con sus habitaciones tan estrechas, su falta de comodidad, me parecieron tristes, pequeñas, oscuras. Hasta el aula de fray Luis de León me resultó fría, muerta. En vano traté de imaginarlo dando una clase, o a Azorín, en su desangelado despacho, escribiendo aquella prosa tan clara, tan nítida. Aquellos excursiones fueron un fiasco.





No quise visitar la supuesta casa de don Miguel de Cervantes.





Hice, no obstante, un último intento de seguir las huellas de un escritor, de tratar de conocerlo un poco más a fondo, según Azorín, cuando di, una vez más, en leer los Episodios nacionales, de don Benito Pérez Galdós. Este, si no recuerdo mal, en varios pasajes de sus Episodios, en uno por lo menos, nombra el monasterio de Veruela. Seguramente dicho nombre, como tantos otros, se me pasó por alto en las anteriores lecturas, o no le di más importancia. Pero coincidió ahora con un ferviente entusiasmo por Gustavo Adolfo Bécquer y su libro Cartas desde mi celda. Libro escrito a raíz de una estancia en Veruela. Los hermanos Bécquer, como ustedes saben, pasaron una larga temporada, siete meses creo recordar, en dicho monasterio.





Durante este largo confinamiento di en leer, una vez más, el libro de Bécquer, Cartas desde mi celda. Y, sin poder remediarlo, quizás porque no puedo hacerlo, porque no está permitido salir, ni lo voy a intentar, me han entrado unas ganas enormes de volver a visitar el monasterio de Veruela.





No puedo salir. No puedo volver al monasterio. Al menos por ahora. Lo visité, una última vez, libro en ristre, buscando los lugares descritos por Bécquer, tratando de seguir sus andanzas. Fui incapaz de encontrar ningún rastro de su paso por allí. Ni siquiera el pueblo de Trasmoz es como él lo describió. Imagino que para bien de sus habitantes. Y eso sí, no deja de ser curioso que una visión sobre un pueblo, una anécdota, se haya convertido en un pretendido y feo reclamo turístico. Trasmoz se ofrece al visitante como el pueblo de las brujas. En una casa se venden mágicos hechizos, brujas sobre escobas y toda la parafernalia de todas las tonterías que a ustedes se les ocurran, y para todas las situaciones que quieran.





Siempre me ha causado una infinita tristeza la lectura de la carta VI de Bécquer. Se desarrolla casi toda ella en Trasmoz. Relata un pastor, hablando con el poeta, el asesinato, no se puede llamar de otra forma, de la tía Casca. Los mozos que la ejecutan dan sus razones para ello antes de rematarla: a uno le embrujó el mulo, que ni comía ni bebía, arruinándolo; al otro le ligó a su hermana; y al demás allá ya no recuerdo que le hizo. La apuñalan y la arrojan a un barranco. Queda prendida de unas ramas de donde la despeñan a cantazos. Es de una crueldad y una bestialidad sin parangón.





No pude dar con el acantilado por donde arrojaron a la tía Casca. Sí que dí con el cementerio. Inútil buscar su lápida. Un cementerio abandonado, triste, melancólico, pero muy lejos del rechazo que me producen los cementerios de las grandes capitales.





Paseando por las calles del pueblo, asfaltadas, sin carros, mulos ni pastores, di con una tienda de productos para hechiceras y aquelarres. Con carteles en los que se anunciaba un concilíabulo de brujas en el pueblo donde habitan por excelencia. No sé porqué. Recordé entonces, a la vista de tanto peluche brujeril y de tanta parafernalia infernal, que, hacía ya algunos años, un amigo viajó a Francia. Como recuerdo de su viaje me trajo un famoso libro: La bruja, de Jules Michelet. Ya no recuerdo si aquel libro fue el inicio de un cierto interés mío por las brujas, o si mi amigo me regaló el libro, en francés, porque habíamos tenido alguna conversación al respecto. No lo recuerdo.





Sí que recuerdo, por el contrario, lo que me contó otro amigo. Me sorprendió en aquel entonces. Poco después me provocó una sonrisa tan amplia como la tienda de productos mágicos que, por supuesto, no pisó Bécquer ni el mejor de sus sueños. Ante el libro en cuestión, La sorcière, me contaron que dicho libro se escribió como homenaje de Michelet a la mujer. Al parecer este buen hombre, un destacado historiador francés, se pasó toda su vida entre libros, mamotretos, legajos y demás. Y siendo ya mayor, e inexperto en ciertas artes, se propasó con la criada, o la criada con él. De resultas de ello, Michelet descubrió a la mujer y a sus encantos, el amor y sus delicias. Y escribió La bruja, como un homenaje al género femenino. La historia, francamente, estaba muy bien traída. Una pena que no fuera cierta. Jules Michelet, según consta en su biografía, se casó a la edad de 26 años. Que estuviera enamorado de su mujer o no, no lo sé. Que el libro fuera un homenaje a su primera esposa, o a las que vinieron después, también lo ignoro. El libro es, más que nada, un furibundo ataque a la Iglesia y al feudalismo. Pero con escasa o nula base histórica.





El libro de Michelet, pese a todo, fue para mí muy sugerente: se me ocurrió aplicarle a él la continuidad que muchos profesores, en las aulas, aplicaban, por ejemplo, a la literatura. Según ellos, sin la Iliada no existiría la épica; sin la Odisea, los libros de viajes que llegan hasta nuestros días, etc. Y, sin las brujas, pensaba yo, se hubiera interrumpido la cadena de sacrificios humanos, que también han tenido sus continuadores. Estos, como se sabe, se practicaron en pueblos antiguos: los persas enterraban a personas vivas como sacrificios, los romanos tenían sus luchas de gladiadores, y el cristianismo, hasta bien entrado el siglo XIX, tuvo sus brujas y sus hogueras. El problema de los habitantes de Trasmoz, como el de Pármeno y Sempronio, fue no denunciar Celestina a la tía Casca ante la Inquisición. Unos no lo hicieron porque tenían mucho que callar; y otros porque, cuando asesinaron a la anciana, ya había dejado de funcionar la Santa Inquisición y el Martillo de herejes.





Las brujas siempre han tenido mala prensa. Siempre han sido vistas como mujeres malvadas. Como el chivo expiatorio. Y siempre, además, aparecen en pueblos míseros, atrasados y con pocos atractivos. ¿Nunca hicieron el bien? Seguramente serían mujeres conocedoras de remedios para muchas enfermedades, para aliviar dolores. ¿Qué sentido tiene que la tía Casca embruje a un mulo para que ni coma ni beba? ¿Para qué semejante tontería? ¿Y alguien en su sano juicio se puede creer que mediante un hechizo se puede trastocar la voluntad de la rubia o una morena que ni sabe de nuestra existencia? No hay más que leer El licenciado Vidriera para percatarse de ello.





Siguiendo, pues, los pasos de Bécquer por Trasmoz, me percaté de que él no estaba allí. Era evidente. Evidente era que estaba en sus libros, como el resto de autores. Y de este, las cartas V y VI, escritas en Veruela, queriéndolo él o no, para mí se han convertido en una denuncia del atraso del país, de la ignorancia, del olvido de muchas personas, y de la miseria. Cierto es que Bécquer, ante esas “desigualdades que asustan” lo encomienda todo a la Providencia. Era un hombre moderado. Nada romántico, pese a manuales e historias de la literatura. ¿O no es una característica importante del romanticismo la exaltación de la libertad? Con diez cañones por banda…





No, Gustavo Adolfo Bécquer no hace ningún llamamiento a la libertad ni a nada. Describe, busca la emoción, el temblor, el paso del tiempo, la fugacidad, no volverán aquellas golondrinas, la melancolía. Y aún así, se puede ver un atisbo de denuncia, tímida, en estas dos cartas. Dejan, cuanto menos, mal sabor de boca. Y más si se tiene presente que el país estaba dividido por unas terribles guerras carlistas, una guerra familiar que se extendió por toda la geografía hispana gastando hombres, mujeres y recursos. Más nos hubiera valido olvidar aquellas nefastas guerras dinástica y atender a nuestros vecinos. Tal vez entonces hablaríamos de la tía Casca en otros términos. Sí, ya lo sé. No hace falta que me lo digan: pedir cotufas en el golfo. Pues eso. O como decía Azorín, nada en nuestras manos. Aun así, las ganas de volver a Veruela son inmensas. Es como si hubiera por allí un cendal flotante de leve bruma... Vale.





Etiquetas:   Libros   ·   Viajes

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