Red de publicación y opinión profesional
Política · Economía · Sociedad · Cultura · Ciencia · Tecnología ·
Últimas etiquetas:   Poesía   ·   Cultura   ·   Periodismo   ·   Lectores   ·   Política   ·   Quintana Roo   ·   Guayaquil   ·   Religión   ·   Padres   ·   Cuentos



"Empresas de papel"


Inicio > Economía
02/05/2020

198 Visitas






La empresa es la pieza fundamental para el desarrollo de la ideología capitalista, pero no todas las empresas creadas para esta actividad pueden calificarse realmente de capitalistas, básicamente porque sus gestores las desvían de su finalidad principal. Es frecuente que, aunque consideradas capitalistas, no cumplan con el principio básico del capital y solamente estén diseñadas para producir riqueza personal a sus gestores y en menor medida al accionariado. En estos casos el principio de capital ha sido sustituido por el de riqueza. De manera que con este objetivo las empresas son puestas a obtener beneficios personales y funcionar al día a base de créditos, subvenciones y artificios contables para pagar menos impuestos y salarios, careciendo en definitiva de entidad como empresa. Tan extendido está el planteamiento que son pocas las empresas realmente dedicadas a cumplir con la ideología capitalista de crear capital, porque muchas se mueven no al ritmo de generar de capital propio, sino al que marca la búsqueda de enriquecimiento de sus gestores. Tampoco estos pueden considerarse capitalistas, a tenor del sesgo dado a la empresa, ya que se trata de simples empleados de la misma, lo que no obsta para que sean inversionistas. A diferencia del burgués, en permanente simbiosis con la empresa, algunos gestores empresariales simplemente la utilizan para obtener beneficios particulares.

Lo que se ha convertido en práctica empresarial sigue un modelo económico que se asemeja a un castillo de naipes, en el que tan pronto se descoloca una pieza cae el entramado. Exceso de confianza, imprevisión, irresponsabilidad, falta de percepción del riesgo y arraigo creciente de la cultura del endeudamiento son algunas características de la doctrina económica dominante. En principio va ganando terreno una forma de operar, incompatible con cualquier empresa que se defina como continuadora del espíritu del capitalismo, porque el dinero de los beneficios se diluye o reparte alegremente sin quedar remanente en el fondo propio de la empresa. Se aprecia en esta práctica la entrega sin condiciones al sistema, en la que el aparato estatal y los organismos económicos internacionales se postulan como garantía de su funcionamiento. Por otra parte, la marcha empresarial es totalmente dependiente del crédito permanente y de la financiación ajena, lo que permite reforzar el entramado y crear una amplia red de empresas de las mismas características.

En el plano de la gestión hay una percepción de dependencia y precariedad, de la que se deriva la urgencia de vaciar la caja diaria. No es infrecuente que se reparta su contenido generosamente entre los de la casa y los de fuera de ella con vistas, se dice, a la obtención de futuras ganancias. Buscar la influencia para operar con ventaja en la red de dependencia, con la vista puesta en obtener mayores beneficios juega cierto papel en el modelo. Hay que tener en cuenta que los nombres sonoros de la política y otras elites del complejo social frecuentemente se incorporan como decorado a las empresas con sueldos generosos, pensando en utilizarlos para ganar influencia y acumular privilegios. A nivel social también se despilfarra buscando empatía y se contribuye a cualquier causa publicitaria a la espera de teóricos beneficios. En tales casos se trata, más que de mejorar la situación económica de la empresa, de recoger en su momento beneficios personales asociados al nombre comercial.

De esta situación parece desprenderse que quien más y quien menos opera sin dinero y funciona a base de avales, créditos y el valor de su prestigio en el entramado. Su sostenibilidad depende de que funcione al unísono todo él y no se corten los lazos reticulares. En la empresa, lo que entra por un lado se va por otro, no hay inversión de capital en la mejora financiera de la misma, no existe un fondo de capital y lo que se produce se desvía a mantener la posición en la estructura y el resto a la riqueza personal de sus gestores, sin que quede nada en la caja, haciéndola infiel a la ideología del capitalismo, porque la empresa no crea capital, sencillamente lo despilfarra. Como no hay inversión de capital propio tampoco hay riesgo económico personal en el negocio, los gestores trabajan para otros y solo están a la expectativa de beneficios para repartirlos de inmediato entre ellos. El riesgo empresarial, algo que era fundamental en el empresariado capitalista, parece haber desaparecido al contar con la estabilidad del sistema. De ahí que la empresa se haya convertido en un aparato de transformación, movido por el trabajo, que en cuanto deja de entrar material se volatiliza al instante. La razón es que no se trata de una empresa capitalista, en cuanto que carece de espíritu productivo propio, simplemente se trata de una máquina más, puesta al servicio de la especulación personal.

Suele suceder que cuando menos se espera el cuento de la lechera llega a su término, las empresas tenidas por sólidas, que parecían asegurar lo del bien-vivir, dando por un lado y quitando por otro, son humo publicitario, porque resulta que no cuentan ni con un mínimo fondo de capital ni reserva ni recurso propio alguno, ya que viven como la mayoría de las personas, al día, nutriéndose de la trama del consumo. Incluso ese rimbombante capital social —que por lo general suele ser cuantitativamente ridículo—, al igual que los apuntes contables, son puro maquillaje con escaso soporte real, porque cuando ha llegado la hora de la verdad resulta que no hay nada en efectivo.

Todo se desvanece si hay un tropiezo en las previsiones, porque el entramado no está preparado para imprevistos y las empresas son chiringuitos que se dicen empresas capitalistas, por llamarse de alguna manera siguiendo la tendencia del sistema, que solo están a la espera del crédito ajeno, y en el mundo del dinero el efectivo juega su papel. Por otra parte, no han sido diseñadas para generar capital real, solamente dinero para repartir. Al carecer de recursos propios, quiere decirse que no tienen fondos y la empresa solamente es lo que suena, un rótulo comercial. Lo que caracteriza a este moderno producto especulativo es que ha sido desprovisto del espíritu capitalista. De ahí que haya que referirse a ellas como simples empresas de papel.

Antonio Lorca Siero.



Etiquetas:

Compartir
Tu nombre:

E-mail amigo:
Enviar
PDF

0 comentarios  Deja tu comentario




Los más leídos de los últimos 5 días

Comienza
a leer


Un espacio que invita a la actualidad e información
 

Publica tus artículos


Queremos ser tus consejeros y tu casa editorial

Una comunidad de expertos


Rodéate de los mejores y comienza a influir
 

Ayudamos a tu negocio


El lugar y el momento adecuado donde debes estar
Secciones
21216 publicaciones
5196 usuarios
Columnas destacadas
Los más leídos
Mapa web
Categorías
Política
Economía
Sociedad
Cultura
Ciencia
Tecnología
Conócenos
Quiénes somos
Cómo publicar en Reeditor
Contacto
Síguenos


reeditor.com © 2014  ·  Todos los derechos reservados  ·  Términos y condiciones  ·  Políticas de privacidad  ·  Diseño web sitelicon.com  ·  Únete ahora