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Cartas desde mi habitación. (Los desvanes de la cabeza) V.


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02/05/2020

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No me podrán quitar el dolorido





sentir, si ya del todo





primero no me quitan el sentido.









Garcilaso de la Vega, Égloga primera.









Queridos amigos: Pocos de ustedes han estado en esta su casa. Tal vez debería haberla ofrecido con más insistencia. No me gusta ponerme pesado. Lo saben. Y no, no voy a describir ahora el piso. Es suficiente con decirles que la habitación llamada de matrimonio me la apropié, por su anchura, como lugar de estudio y de trabajo. No hace falta tanto espacio para dormir. En ella, pese a la poca gracia que me hace mezclar ropa con libros, monté estantes y mesas. Hay armarios empotrados en uno de los lados, de ahí la ropa, y dos largas paredes libres a derecha e izquierda. Como ustedes supondrán están ocupadas por dos altas estanterías llenas de todo tipo de libros. La pared que debería confrontar a los armarios empotrados es un enorme ventanal. Adosada a este está mi amplia mesa, la pantalla del ordenador y el teclado. Este ventanal me permite ver la confluencia de dos principales calles con una rotonda. Son avenidas amplias y muy concurridas tanto por coches como por peatones.





Me gusta sentarme ante este ventanal bien de mañana. Antes del amanecer. Leo los periódicos. Los coches no cesan de circular en una y otra dirección por las avenidas. Más tarde aparecen los autobuses escolares. Antes lo han hecho los alumnos, con sus mochilas en las espaldas, camino del cercano colegio. Los veo, móvil en mano, esperando pacientes, a que el semáforo les de paso. Por último, y cuando el tráfico es más intenso, llega un pequeño autobús azul. Se detiene detrás de un coche, aparcado frente a un concesionario de automóviles, y activa los intermitentes. Del coche baja una niña discapacitada. Tira de su madre. A veces, la madre de ella. Sube al autobús azul, la madre charla con alguien, y al cabo de unos minutos, sale el autobús camino de algún centro especializado.





El pequeño autobús azul suele llegar muy puntual. Tanto por la mañana, cuando recoge a la niña, como por la tarde, cuando se la devuelve a su madre. Tomé a ese pequeño autobús azul como punto de referencia para comenzar y terminar ciertos estudios que me llevo entre manos. Pero esta horrible pandemia lo ha desbarajustado todo: el autobús azul ya no se viene, ni el coche con la niña. Apenas si hay tráfico. Predominan los coches de la policía patrullando con sus azules luces. Y niños por la calle hace una eternidad que no veo. Es todo de una tristeza infinita. Algún peatón, de vez en cuando, cruza por el paso de cebra, por regla general con un perro, ignorando el color del semáforo, con guantes de látex y mascarilla. Si otra persona en sentido contrario, se cruza con él, ambos se distancian todo cuanto pueden. Agachan la cabeza. No se saludan.





Siempre me ha intrigado el nombre de una de estas amplias avenidas, tan vacías ahora. Me gustaría saber quién se lo puso y por qué. Es una manía que me persigue de pequeño. Tuve un familiar que era un poco pedante: de vez en cuando, aprovechando comidas familiares, se empeñaba en explicarnos porqué las cosas se llaman así y no de otro modo. A mí me llenaba de admiración, pese a las risas de sus cuñados, primos y demás. Yo lo oía con suma atención. Sin embargo, años después me percaté de que todas sus etimologías eran falsas, absurdas, aunque alguna de ellas, como el nombre de un pueblo, Medinaceli, la he oído repetida hasta la saciedad. Y leído.





Me hubiera gustado mucho que hubiese sido posible lo que pide Gustavo Adolfo Bécquer en su controvertida carta, la IV. No dejar que se pierda la tradición, salir a los pueblos, hablar, indagar, fijar todo aquello que está a punto de desaparecer. Escribirlo. Saber. Lo hizo el propio Bécquer con su hermano Valeriano, que iba dibujando las cosas que consideraba dignas de pasar al papel. Y también el mismo Gustavo Adolfo: la primera carta de su magnífico libro, Cartas desde mi celda, es una narración costumbrista: cuenta una forma de viajar que ya está periclitada, muerta y enterrada. Hoy es imposible un personaje como el famoso zaragozano, compañero casual de viaje de Bécquer. Imposible ir comiendo y bebiendo en el vagón de un tren. Imposible siquiera entablar conversación con alguien: los asientos no están encarados. Y el viajero, nada más ocupar su asiento, desenfunda el ordenador portátil, o el móvil, se encasqueta los auriculares y no habla ni consigo mismo. Para bien o para mal. Depende de la forma de juzgar de cada uno. Aunque ya se sabe lo que dijo aquel:





“En efecto, si a todos los hombres se les diera a elegir entre todas las costumbres, invitándolos a escoger las más perfectas, cada cual, después de una detenida reflexión, escogería para sí las suyas; tan sumamente convencido está cada uno de que sus propias costumbres son las más perfectas”1.





Creo que, en el fondo, es un problema de pereza: cambiar de costumbres, o de lo que sea, lengua, religión, forma de hacer las cosas, etc, exige trabajo, mucho trabajo. Y, por regla general, se rechaza todo aquello que supone un esfuerzo, renunciar a la vida muelle. Aun sabiendo que nadie regala nada. Aun así, y pese a todo, yo me hubiese lanzado de mil amores, libreta o móvil en mano, para hablar con quien fuera y saber el porqué del nombre de una de estas avenidas, vista a través de mi ventanal, que confluye en una gran rotonda. Vacía ahora.





Dudo que alguien del vecindario lo sepa. Dudo que lo sepa cualquier habitante de las fincas que limitan a la avenida por uno de sus lados. Y dudo que alguien me atendiera si me encarara con él con tan peregrina pregunta. Me daría la espalda airado. Y no sería de extrañar que terminara en manos de la policía a la tercera o cuarta encuesta que hiciera. Han cambiado mucho las cosas. Mucho. No es que sea imposible, hoy en día, hallarse con un personaje como el zaragozano de la primera carta de Bécquer. Hoy, más bien, es susceptible de ser considerado un loco quien se acerque a una persona para preguntarle el porqué del nombre de su pueblo o de su calle. Hemos llegado a un punto que hasta se mira de mala manera a aquel que entra en un lugar público y saluda con un “buenos días” o “buenas tardes”. La lanzan miradas de espanto y desprecio, cuando lo miran, y nadie responde, por supuesto.





Quizás para descubrir el porqué del nombre habría que recurrir a las actas del ayuntamiento, suponiendo que fuera en un pleno donde se determinara el nombre de la avenida. Y suponiendo, que ya es mucho suponer, que quien lo propuso justificara la elección de dicho nombre.





Pese a todo es muy de agradecer que se hayan recogido músicas, canciones, romances y cuentos que circulaban por los pueblos hasta hace bien poco. Imagino que para hacer una cosa similar se debe conocer a la gente, o tener simpatía, o, como siempre, ofrecer dinero. Yo intenté hacer una pequeña investigación sobre la existencia de los maquis. De lo único que me percaté es de que todavía sigue siendo un tema tabú: nadie quería hablar. Cosa que tampoco entiendo. Aun así, pese a esos silencios, pensé que a Gustavo Adolfo Bécquer le hubiera gustado conocer algunos de aquellos pueblos que visité. Parte de la población se ha percatado que se está perdiendo todo su patrimonio. Lo están recogiendo en pequeños museos. Y están restaurando lo que buenamente pueden. En otros, por desgracia, la incuria y la dejadez es tan poderosa, o más, que la piqueta del obrero, tan temida por Bécquer.





No menos cierto es, y Bécquer lo sabía muy bien, que el pueblo pintoresco no lo es tanto para quien vive en él. No hay más que leer el trasiego de las mozas de Añón, camino de Tarazona, para ganar cuatro chavos. En mi caso, a veces, tengo suficiente con echar mano de la memoria. El otro día, un familiar me envió un mensaje diciéndome que iban a dedicar un programa de televisión al pueblo. Puse la tele, y salió lo que me imaginaba: cinco minutos de tonterías y necedades. Y fotos antiguas, de calles y plazas, en blanco y negro, o en sepia, sobre las que sobreponían los mismos paisajes, actuales, y en color. No valía la pena conservar nada de aquello. Calles estrechas, pequeñas, sucias. Casas sin agua corriente, sin luz, sin comodidades. ¿Cómo pudieron vivir allí nuestros antepasados? ¿Qué vida les esperaba a las muchachas de Añón o de Trasmoz? ¿Cómo no ofrecer, ante tanta pobreza, el alma al diablo por unas arracadas o un collar? Hasta el mismo Satanás debió sentir pena por ellas.





Bécquer exclama, ante tanta pobreza, tanto trabajo, que “hay en este mundo desigualdades que asustan”2. Y, por supuesto, las mujeres pobres ríen y cantan, y las ricas lloran en muelles cojines tras haber asistido a una función de ópera. Moderado sí que era, desde luego.





De todo este tipo de cosas se pueden sacar muchas enseñanzas o ninguna. Y como todo, también esto es susceptible de ser manipulado, tergiversado e ignorado. No me cabe duda de que Bécquer era un hombre moderado. No oscurantista, ni mucho menos. No puede serlo un hombre que es capaz de escribir una prosa tan clara y limpia como la que utiliza en su libro, Cartas desde mi celda. Los críticos se encontraron con algo totalmente nuevo, como lo son también sus Rimas. Y con una falta de imaginación, y un desconocimiento que apabulla, lo encuadraron todo en el último suspiro del romanticismo patrio o algo parecido. Bécquer murió de tuberculosis, que no es una enfermedad romántica, sino propia del siglo XIX. La gran enfermedad del siglo XIX, dejando de lado las innumerables guerras, fue el suicidio.





Ni se suicidó ni fue el final de ninguna etapa. Fue, por contrario, el inicio de una nueva poesía. Toda la generación posterior bebió en sus libros. Y marcó a poetas y prosistas. De forma indeleble. No obstante, la ignorancia, la necedad, la dejadez, el desprecio, ha llegado hasta el punto de que, en una clase, sí, en una clase de literatura, oí decir al profesor que Bécquer era un hombre tan ridículo, tan cursi, que hasta su propio nombre lo era. Los alumnos que iban a por nota le rieron la gracia.





Ahora Gustavo Adolfo Bécquer ha pasado a ser un clásico, un autor del pasado. Tal vez algo así como un pueblecito pintoresco que se deba visitar. Pero lo bueno de este pueblecito es la inmensidad de cosas que alberga y enseña. No, no se puede reducir a cuatro tonterías o varios abalorios y un supuesto traje típico. Por cierto, nunca me he creído eso de los trajes típicos. Me parece que todo son invenciones y manipulaciones interesadas. ¿Qué traje típico ni qué gaitas podían llevar las mujeres de Trasmoz o las de Añón? ¿Y las de mi pueblo? Suficiente tenían si les llegaba para un delantal y un jersey en invierno.





Bécquer creó una nueva poesía. Bien es cierto que tuvo sus antecedentes. Nada sale de la nada. Estuvo Agusto Ferrán, estuvo la poesía romántica alemana, y Calderón y el teatro del siglo XVII español. Sí, queridos amigos, tenemos muchas cosas que conservar. Pese a las muchas necedades que se digan en contra de ellas, pese a los disparates y a la ignorancia. A veces, en el silencio de la noche, cuando no suenan ni aplausos balconiles, ni necios trompeteos, suenan voces lejanas, el dolorido sentir, leves susurros de voces que nos vienen de la lejanía de los tiempos. La de Gustavo Adolfo Bécquer siempre está entre ellas. Vale.









1Heródoto, Historia, Libro III, 38,1, Madrid, 1995. Edi. Gredos. Traducción de Carlos Schrader.





2Gustavo Adolfo Bécquer, Cartas desde mi celda, Carta V



Etiquetas:   Educación

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