El principio del fin

Libre no es quien “hace lo que quiere”, sino quien sabe lo que quiere. Mientras no sepamos quiénes somos, mientras no sepamos qué queremos, mientras no tengamos ideas claras y sentido de la responsabilidad, pasaremos de una dependencia a otra.

 

. Mientras no sepamos quiénes somos, mientras no sepamos qué queremos, mientras no tengamos ideas claras y sentido de la responsabilidad, pasaremos de una dependencia a otra.

Nikos Dimou, La desgracia de ser griego.

Ayer comenzaron a llegarme noticias sobre el fin del confinamiento. Parece que el famoso coronavirus está remitiendo. Aun así, el final de este largo encierro no se va a producir de golpe. No soy entendido en la materia; pero creo que es una medida sensata. Por mucho que a mí, particularmente, me fastidie, pues todavía no puedo ir a donde quería y deseo ir. No obstante, voy a seguir las recomendaciones, y no por miedo a multas o denuncias. El monasterio de Veruela tendrá que esperar.

Hace ya tiempo, y en carne propia, experimenté cuánta tendencia hay, en muchas personas de este país, a llevar la contraria a aquello que se ha dicho. No me explico muy bien la razón de esas actuaciones. Me han parecido siempre el colmo de la necedad. Entendiendo por tal hacer una acción que perjudica a un tercero sin beneficiarnos a nosotros en lo más mínimo. Hace años, pues, tuve que ir al médico, y no por placer o por montar alguna tertulia en el ambulatorio. Tras varias visitas, análisis y contraanálisis, se me dictaron unas pautas de comida y de comportamiento. Contadas estas en las casas de los familiares, a donde iba a comer, se convirtió aquello en un tormento: siempre se me incitaba a saltarme las reglas. “Por un día no te va a pasar nada”. “Por una vez no te vas a morir”. “Por una cerveza bien fría no te van a llamar la atención”. Además, añadían como la panacea del razonamiento, si le hacía caso al médico, me iba a morir de hambre.

Ante tanta incitación a hacer a aquello que no debía, pensé que mis deudos y parientes querían liberarse de mi persona. Pero no, no era ese el caso. El caso es la tendencia, no sé si humana, o propiamente del país, de llevarle la contraria a alguien, médicos y autoridades, pero siempre en cabeza ajena. Tanto me cansó la incitación a hacer lo que no debía que propuse, a más de uno, acompañarme al ambulatorio, expulsar al médico de su despacho, ponerse él, o ella, la bata blanca, y comenzar a dictar sentencias y a extender recetas a pacientes y enfermos que fueran entrando. Entonces y sólo entonces declararon su incompetencia.

Esto tuvo la particularidad de retrotraerme una lejana tarde de mi infancia. Fue, según este recuerdo, a la salida de la escuela. Me fui a casa corriendo, como todas las tardes, con la idea de dejar la cartera e irme a jugar a la plaza del pueblo con mis amigos. Pero al llegar a casa, mis padres estaban hablando con una persona venida de la capital. No recuerdo a qué se debió aquella visita. Sé que frenó mis impulsos de salir a la calle, y sé que sufrí el consabido interrogatorio:

-¿Qué quieres ser cuando seas mayor?

Nunca me lo había planteado. Ni había pensado que algún día sería mayor. No dije nada. O dije que no lo sabía. Recuerdo, no obstante, que la pregunta me produjo cierto desasosiego, cierta tristeza. El forastero insistió.

-¿No te gustaría ser médico?

La respuesta, ahora sí, me salió de las entrañas. Y también ignoro de dónde me vinieron a mí aquellas palabras, aquellas ideas.

-No -dije.

-¿Por qué no te gustaría ser médico?

-Porque un médico sabe cuando se va a morir. Y diciendo esto, sin más, sin ni siquiera coger la merienda, salí corriendo. No regresé a casa hasta muy tarde.

Evidentemente no hace falta ser médico para saber que uno se está muriendo. Sí que hace falta serlo para conocer las enfermedades y la forma de combatirlas, aun sabiendo que la muerte nos espera a todos al volver la esquina. Lo cual no quiere decir que no podamos vivir contentos y con alegría.

Siempre, pues, he desconfiado de todos aquellos que saben de todo y entienden de todo. Porque sí, sabemos que vamos a morir; pero no sabemos la forma de atajar ciertas enfermedades, algunas de ellas nuevas. Cada siglo, o cada época, tiene sus particulares enfermedades, hablando siempre en términos generales. Y lo mejor, como siempre, es hablar con personas que las estudian y las conocen. Es mi humilde opinión.

Al principio de estos días de encierro, por el coronavirus, no dejaba de recibir mensajes por el móvil. La mayoría de ellos chistes sin gracia y tonterías de todo tipo. Fui dándome de baja en grupos y más grupos. Y en esas me llegó un mensaje, que ha sido el más inteligente de todos. Lo malo de estos mensajes es que citan a personajes importantes, pero jamás dicen de dónde ha salido lo que transcriben. Así, atribuido a Manuel Azaña, y no sé si lo dijo él o no, me escribieron, más o menos: “Si cada español hablará de lo que sabe, se crearía un silencio tan profundo que podríamos dedicarlo al estudio”.

En realidad no es un defecto español. Ya hace algún tiempo me enteré, por los periódicos, y por conversaciones con algún que otro ex alumno, que hay un movimiento, no sé si mundial, que está en contra de las vacunas. No es que me fie mucho de los periódicos. Pero no pareció nada sensato lo que, según estos, dicen aquellos. Mis ex alumnos, por otra parte, médicos en la actualidad, siempre me han dicho lo mismo:

-A mis hijos yo los vacunaré. Y te recomiendo que hagas lo mismo.

Ya no es mi caso. A mí todas estas cosas me interesan sólo teóricamente. Pero en el hipotético caso de que hubiera tenido hijos, hubiese hecho con ellos lo que hice cuando tocaba: vacunarlos. No he leído nada en contra de las vacunas que me convenciera. Además, y como es habitual en estos casos, hablan, opinan y dicen sandeces mil famosillos de medio pelo, necesitados de publicidad. Y, lo peor del caso, es que se creen con derecho a hablar de todo, cuando lo ignoran todo, por el mero hecho de ser conocidos un poco más allá de sus barrios de residencia. Me sorprende, de verdad, que haya personas que les sigan el juego.

No. No soy médico. Pero sé que me voy a morir. No sé todavía cuándo. Imagino que lo sabré cuando llegue el momento. Mientras, y por supuesto, cada uno es muy libre de hacer lo que quiera; pero yo prefiero seguir los dictados del médico a los de aquellos que me invitan, con un empeño digno de elogio, a saltarme las reglas. No lo voy a hacer. Tal vez me equivoque una vez más. Pero, desde luego, durante este encierro, largo y pesado, lo confieso, he hecho caso más a buenos amigos que a periódicos, a famosillos y a pretendidos periodistas conocedores del bien y del mal.

Un amigo, un melómano, no ha hecho más que enviarme enlaces de conciertos, sonatas, cuartetos, quintetos y hasta de óperas. La sinfonía más floja de las que me ha enviado vale mucho más que cualquiera de las insufribles e infumables series que, una y otra vez, sin descanso, recomendaban los periódicos. Para ellos era la mejor forma de pasar la cuarentena. No para mí. Gracias a mi amigo he descubierto mucha música que desconocía. Y me ha llenado de gozo oírla.

Hablando con otro amigo, por teléfono, le comentaba que entre las muchas recomendaciones hechas para pasar estos días de encierro, en ninguna constaba el estudio y aprendizaje del latín. Ambos nos reímos de buena gana.

-¿Te imaginas -le dije- que un periódico, en primera plana, en vez de las tonterías que dice este politicucho o el otro, aparecieran las declinaciones del latín?

Estallamos en carcajadas.

-¿O que pusieran frases en latín y al día siguiente dieran la traducción razonada?

Imagino que con el tiempo hasta algún que otro famosillo se metería por el medio para explicar que el nominativo es realidad un verbo disfrazado de lobo. La ignorancia es muy atrevida.

Evidentemente hay conocimientos que compartimos todos. No hace falta ser médico para saber que uno se está muriendo. Sí que hace falta serlo para curar o paliar ciertas enfermedades. Hace falta ser ingeniero para levantar un puente, y hace falta que alguien nos sujete la bicicleta cuando comenzamos a desplazarnos con ella. Dejemos, pues, que actúen quienes saben. Olvídemos de famosos y famosillos. Y de quienes buscan su propio provecho. El saber estar delante de una cámara, o de un toro, o querer que gane este político o el otro, no convierte, al deseoso, en el sabio Salomón ni mucho menos. Olvidémoslos. Y hagamos caso a lo que dijo aquel famoso filósofo:

“Todo el significado del libro puede resumirse en cierto modo en lo siguiente: Todo aquello que puede ser dicho, puede decirse con claridad: y de lo que no se puede hablar, mejor es callarse.”1

No hablemos de lo que no conocemos. Al menos hasta que en los periódicos aparezcan, día tras día, durante años, la gramática razonada del latín, por ejemplo. Cotufas en el golfo. Vale.

1Ludwig Wittgenstein, Tractatus logico-philosophicus. Madrid, 1973, Alianza Editorial. Traducción de Enrique Tierno Galván, p. 31

UNETE



Compartir
Tu nombre:

E-mail amigo:
Enviar
PDF

  • linkedin facebook twitter
  • ©reeditor.com
  • Todos los derechos reservados
  • Avisos Legales