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"Una ocasión para mandar"


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27/04/2020

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En tiempos de paz, lo de mandar políticamente suele ser cosa de niños, basta con atenerse al guión, entretener al auditorio con cuatro chorradas y no buscarse problemas. La situación es distinta cuando estalla el conflicto, porque el riesgo de que caigan proyectiles en el terreno que el mandamás comparte con sus subalternos es más que probable, aunque cobijados en el búnker del poder no se vean gravemente afectados. En las situaciones de conflicto, entiéndase aquellas que sobrepasan el estado de normalidad ciudadana, es evidente que el trabajo se acumula para los gobernantes. Hay que echar mano de los pocos recursos imaginativos de que se dispone y completar las carencias contratando personal técnico que ayude en la tarea de pensar para tratar de poner parches e improvisar, esperando que todo pase lo antes posible y quede en una mala pesadilla. Pero es en esta problemática en la que los que gobiernan no desaprovechan la ocasión para sacar tajada y disfrutar con el placer de mandar.

No debiera pasarse por alto, al menos como comentario, que ya es mala suerte tener que pechar con épocas conflictivas, cuando en la política lo normal es pasar el tiempo jugando al ejercicio retórico con banalidades, dirigir la propaganda dedicada a cantar las virtudes del mandatario ocasional, dar brochazos a base de ocurrencias por aquí o alguno por allá y en todo momento desplegar esa actitud innata para la verborrea personal. El obstáculo a superar es que los conflictos requieren soluciones y eso ya es otra cosa, porque no se trata simplemente seguir el protocolo habitual y pasar por caja para cobrar la nómina estatal, esperando que esta se prolongue el mayor tiempo posible. No obstante, pese a los naturales incordios que provocan las situaciones conflictivas, tampoco en semejantes momentos la cosa es tan grave porque, en lo que se refiere a soluciones, no es preciso derrochar dosis de ingenio, ya que suelen estar tomadas, basta con estar a la espera de lo que digan los superiores jerárquicos de eso que se llama la Unión Europea y los organismos internacionales. Con seguir sus consignas fielmente, ya es posible mantenerse en la onda y escurrir el bulto ante la ciudadanía.

Conflictos y sus correspondientes soluciones aparte, el hecho es que la actual patata caliente tiene otra cara, y es que se ha presentado como la gran ocasión para reafirmar en el mando a los elegidos para gobernar.

Por una parte, las elites políticas despliegan su poder amparadas en la misma norma que en condiciones de normalidad las mantenía atadas al respeto de los derechos y libertades de los ciudadanos. En esta ocasión se ha dado la vuelta a la tortilla, donde antes era gobernar, ahora se impone el ordeno y mando sin contemplaciones. Sobre la base de la ley, que es de todos, emergen los decretos, que son de unos pocos. Las elites políticas han recuperado su papel a plenitud y ahora no solamente gobiernan, en realidad mandan.

Por otra parte, la burocracia de los peldaños inferiores de la estructura estatal también disfruta de su cuota de poder. Junto al merecido descanso de algunos para no desentonar de la ciudadanía común, la labor de administrar se ha detenido, pero no está dormida, al menos en lo que se refiere a reforzar su poder sobre los administrados. Siempre vigilante con el personal díscolo, se dice que le espía, pero el hecho es que no le pierden de vista, y en el desempeño de tal función no hay vacaciones retribuidas. Como comprobante de tal actitud eficiente, pero ya más a las claras, están las multas, creciendo con vigor e intensidad, acompañadas de acusaciones de delitos de desobediencia, que parece ser dejan en una insignificancia aquello de la vieja ley mordaza. La cosa está en que, aprovechando la situación, al margen de esos ciudadanos rebeldes, no se puede obviar que, en algunas ocasiones, a la par también pulule la autoridad prepotente.

Entretanto, buena parte de la ciudadanía disfruta de unas largas vacaciones. Ciertamente un poco sosas, pero en el fondo rentables para el ahorro, porque reduce el flujo consumista. Al fin es posible lo de compatibilizar la vida familiar sin prisas ni sobresaltos. Además, el ocio ha encontrado otras ocupaciones casi olvidadas, como lo de leer. Y en lo laboral, se ha superado aquello de la semana de tres días, con uno de descanso en el medio, ahora se ha alcanzado una conquista mayor, la semana de descanso permanente, en algunos casos, aliviado a ratos por eso que llaman teletrabajo o también motivo de comunicación y esparcimiento para suavizar la monotonía del encierro. En general, los afectados por el nuevo modelo, se muestran tolerantes y confiados en que los mandantes sigan mandando, se prolonguen las vacaciones retribuidas y les liberen a perpetuidad de la antigua pesadilla del trabajo fuera del domicilio. Algunos creen haber descubierto que aquello de los derechos y las libertades están muy bien donde estaban y no echan en falta su ausencia.

Con todo esto, el elitismo, una doctrina que no ha desaparecido con el paso del tiempo, ha encontrado la ocasión para consolidarse a la vieja usanza. Los que mandan pueden hacerlo sin demasiadas limitaciones puesto que están amparados por la ley, que por lo que parece ha pecado de confiada al darles demasiada cuerda. Las elites democráticas, que estaban agobiadas por el peso del Derecho y el auge de las masas consumistas dispuestas a reclamar derechos y libertades, hoy disfrutan a placer de la diferencia del sentirse por encima de lo común, dando órdenes a los demás de cómo se tiene que vivir. El problema es que se acostumbren a mandar más de lo conveniente e inicien el viaje de retorno aligerando el equipaje jurídico con el que se ha venido dotando a la ciudadanía.

Planteando la cuestión en el terreno de la utilidad desde la perspectiva de las personas, resulta que, aunque se estreche el cerco a las libertades y a los derechos, en algunos casos, se ha mejorado en calidad de vida. De un lado, está lo de aquel dicho de cuerpo descansado dinero vale, incluso a pesar de las depresiones. De otro, aquello de nos engañarán en el sueldo pero no en el trabajo, es un buen argumento para consolarse durante la reclusión. En todo caso, hay algo más positivo referente a la salud, los niveles de estrés general se han reducido. Respecto a lo que suele llamarse la economía doméstica, la cuenta bancaria de los previsores probablemente estará algo más saneada. Mirando la situación desde esta perspectiva, parecería que actualmente todo son ventajas.

Antonio Lorca Siero.



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