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Conversaciones por la Vida


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27/04/2020


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Realizar el ejercicio catártico de conversar, de romper distancias y esgrimir vivencias, compartiendo historias comunes, inter generacionales, ha buscado romper el síndrome de la soledad, que nos puede sumir en el agobio y la pena. Significa mucho más que un ejercicio de sobrevivencia, ya que es levantar la palabra para construir nuevas realidades, sentirnos que en ese tejido de comunicaciones podemos recuperar libertades y proponer rebeldía. Porque si se sueña realidades para salir del túnel, asumiendo las dificultades y amenazas que enfrentamos, las palabras que cruzamos expresan deseos y aspiraciones que entre todos podemos viabilizar.


Sabiendo que nada de lo que ocurre es casual y que la ciudadanía (entendida como estamento transversal consciente de sus deberes y derechos en la vida en comunidad) tiene el desafío de recuperar su poder de decisión, buscando generar desde la sociedad civil, ideas fuerza que reflejen el interés general, que se esfuerzan por no ser utópicas, sino realistas y de sentido común, aunque apuesten a escenarios que pueden ser de baja probabilidad y que siempre irrogarán sacrificios y generosidad para asumirlos.

En medio de un torbellino, lo más certero es la muerte, pero, procurando imaginar que podemos vencer los determinismos y alejarnos de la fatalidad, con energías extraídas de la fe y la templanza, nos queda el deber de intentar la construcción de un mundo que valga la pena vivir, pensando en nuestros hijos, nietos y bisnietos.

En el ciclo de Conversaciones por la Vida hemos buscado escapar del tedio conformista que puede provocar el confinamiento y compartir sueños pequeños, que en su sumatoria cobran la fuerza de ese espíritu colectivo que no se resigna a la esclavitud y lucha por causas nobles y vivificantes. El sentido común que nos llama a deponer individualismos, conveniencias, cálculos, para trenzar las cadenas de colaboración, de amistad, de valores compartidos, todo lo cual debiera traducirse en mirar a lo elemental, a eso simple que hoy nos falta, a esa libertad soberana que significa cortar amarras y bregar como comunidad por un sistema que sea digno, aunque materialmente sea mucho más pobre que el mundo que nos tenía encandilados.

El sentido de pertenencia a una pobreza digna, solidaria, justa, debe partir desde la base social, para recomponer un tejido fragmentado por el sistema neoliberal, empezando desde esta contingencia un arduo trabajo por la sobrevivencia. En esos términos, volver las miradas a lo territorial inmediato, requiere entender la política mundial y su desarrollo, cómo se están desarrollando los conflictos por el poder mundial y, a partir de allí, tratar de entender que todas las certezas con que partimos el año 2020 se han desmoronado y un tiempo distinto surgirá después de la pandemia.

Ante el surgimiento de un nuevo orden mundial

Estamos presenciando la reestructuración del orden mundial y los países se refugian en sus territorios, asumiendo la fragilidad de la interdependencia en medio de una guerra comercial que ha escalado a una guerra sórdida, en donde se dispersa el poder mundial de los Estados y aparece la ofensiva de los intereses multinacionales, que están por encima de la dimensión intergubernamental, propiciando un gobierno mundial, en donde los países deberán subordinar aún más sus soberanías y sus procesos de integración regional, para resignarse a un orden emergente que consolidaría los intereses financieros globales, lo cual ha sido evidente en el intento por aprobar el TPP11, del cual Donald Trump se salió y en Chile se logró posponer gracias al movimiento social del #18O. Esta realidad no aparece en los medios oficiales porque las mayores cadenas noticiosas del mundo son propiedad de los grupos corporativos que se fusionan en la Trilateral Commission y el grupo Bilderberg, donde se reúnen los hombres más ricos del mundo, para planear acciones que luego implementan a nivel global.

Las masas han sido permanentemente manipuladas, a la vez que reprimidas cuando se han alzado con proyectos que amenacen ese poder mundial. Hoy estamos viviendo una pandemia, pero en sus vísperas, la ciudadanía mundial había recuperado protagonismo político, en Francia, Hong Kong, España, Colombia, Perú, Brasil y Chile. En esta etapa de pandemia, son muchas las preguntas sin respuesta que dan vueltas a nivel mundial. ¿Ha sido el Sars 2, Covid 19 un producto de ingeniería genética? ¿Es una pandemia creada para romper una burbuja creada por los capitales especulativos que son parásitos de la economía real? ¿Existe una acción malthusianista para reducir la población mundial? ¿Es la situación de excepción que vivimos un complemento que permite la pandemia para reprimir la explosión social, negando a la ciudadanía una salida soberana que genere un nuevo orden social que atienda al bien común y termine con los privilegios de las élites dominantes?

Conversar para insertarnos con soberanía y dignidad en el nuevo mundo

Ser bombardeados por el miedo podría permitir que la gente resigne sus derechos sociales y sus libertades cívicas a cambio de poder sobrevivir a la pandemia y a la etapa ulterior. En la dura realidad enfrentamos una pobreza profunda en amplias mayorías de chilenos, donde los sectores medios se pauperizan, sin tener derecho a ninguna ayuda efectiva de salvataje, es necesario conversar sobre el modo de vida que surgirá después de esto. Y acá es importante la experiencia compartida, el enfoque muldisciplinario y multivariable del problema. Ya el grueso de los chilenos veníamos organizando una salida a través del cambio de la Constitución Política, espacio que se logró en la calle y que la clase política lleno de letra chica y de trampas, pero que hoy está en riesgo, con la excusa de la pandemia y la recesión consecuente.

El gobierno se ha desnudado en su ADN más de ultraderecha y ha buscado criminalizar y apagar la protesta social. En Chile el período cuarentenario, el confinamiento, ha sido en verdad voluntario y las fuerzas sociales, como el Colegio Médico y los trabajadores de la Salud y la Educación, han llevado la voz de oposición técnica hacia medidas tardías o débiles, que han priorizado la continuidad de los negocios, antes que la vida. Y, volviendo a legitimidad del poder a los espacios locales, han sido los Alcaldes los interlocutores más confiables para la población. En términos de medidas de apoyo, las que se han implementado han fortalecido a la banca y los grandes grupos del retail, pero, al extenderse la pandemia, se viene, como pólvora seca, una etapa de desesperación de los sectores desprovistos de ingresos, que ven multiplicar sus deudas y sumergirse en una impotencia de volver a supuestas normalidades. La economía de crecimiento ilimitado ha muerto y lo que ahora se sincera y extiende, es la precariedad de la red social, principalmente para los sectores medios, comerciantes, profesionales independientes y trabajadores por cuenta propia, que arrastran la realidad de venir con una deuda que consume el 70% de sus ingresos.

En función de lo cual, la salida cívica es perentoria y hay que asumir que la reacción se escudará en el régimen de excepción y la pandemia para que ello no fluya. Conversar por la Vida significa enfrentar la cultura de la muerte donde habría chilenos desechables, en zonas de sacrificio, en el campo que sufre la sequía y la usurpación del agua, la que llega racionada por camiones aljibes, todos chilenos pobres, que podrían estar condenados a muerte. Conversar por la Vida es asumir una responsabilidad política para actuar proactivamente para que el engranaje social siga cuidando a los más débiles, preparando en los espacios comunales acciones de protección, como mejoramiento de barrios, desmalezados, sanitización, con personas cesantes que puedan obtener algún mínimo ingreso durante la crisis.

Conversar para un compromiso por la Vida en Chile.

No podemos permitir que el hambre, el resentimiento o la ira, dominen las decisiones del movimiento social, sino tratar de canalizar toda esa energía hacia sentimientos de honesta colaboración, defensa local y autocuidado, integrándonos en las Juntas de Vecinos, Colegios Profesionales, Sindicatos, para ejercer la soberanía popular en ayuda mutua y también en colaboración frente a la delincuencia en los barrios. Es decir, el movimiento social debe mutar de la marcha y el graffiti hacia la acción social responsable, demostrando que no somos una montonera sino una comunidad que asume su responsabilidad y genera espacios para ejercer un poder popular de sentido común, como interlocutores válidos de los alcaldes, sin clientelismo alguno, de manera inclusiva, pero con disciplina, en donde las prioridades que se tomen, se respeten. Una ardua tarea es consolidar y mover de manera ordenda a una ciudadanía que viene enferma de individualismo, anomia y desconfianza. Hacer política desde la base social es un camino lleno de trampas y malas prácticas que se debe erradicar. De esto hay que conversar, con vecinos, profesores, psicólogos, sociólogos, servidores públicos, trabajadores sociales, comerciantes, gremios y sindicatos.

Conversemos por la Vida en todo el engranaje social, partiendo desde las familias, en sus diversas formas y expresiones, en cada grupo familiar, en los diversos niveles, espacios o territorios, partiendo de lo inmediato hasta llegar a un sentido espiritual y planetario de la existencia. Pasar esas dimensiones, significaba que podremos cruzar visiones, por actividades y roles, para hacernos una idea de los escenarios que deberemos enfrentar. Abrir la mente para entender el torbellino. Antes, todos teníamos ciertos grados de certeza, pese a que siempre trataron de manipularnos con el manejo mediático. Conversar significa sentirnos ciudadanos, planteando miradas desde distintas ópticas, pero todos apuntando al interés general.

Sin duda, conversar es difícil al principio, pero el lenguaje crea realidades y de nosotros depende hacerlo, con mente abierta, escuchando, formándonos cada cual su propia opinión, pero buscando comunes denominadores para ordenar la convivencia que viene. Por décadas, hemos sido movidos a la pasividad y el individualismo. Pero en períodos de emergencia, incendios, terremotos y ahora esta pandemia, somos capaces de sentarnos con el adversario y dar una nueva mirada al conflicto, para escuchar y dar razones, logrando ganar en respeto mutuo primero, y en consensos básicos luego.

Los seres humanos hemos asumido nuestra indefensión y la necesidad de recomponer nuestras relaciones humanas como seres gregarios, que debemos colaborar para convivir en paz, en equilibrio. Superemos situaciones de dominación que agobian nuestras mentes y espíritus, seamos capaces de rechazar derroteros no deseados, alcancemos la libertad de no caer más en la obsecuencia, esa doblez espiritual que nos alejaba de los valores que traíamos desde la esencia de nuestras familias y barrios, recuperemos esos valores y principios de respeto mutuo, solidaridad, colaboración y compromiso con el bien común, resignando egos y protagonismo. Conversemos para que cambie el ánimo de nuestros barrios, de nuestra ciudad, conversemos para darnos los abrazos que extrañamos, para sacar todo lo fatuo de la convivencia y forjar entre todos un país para todos, que pueda mantener su dignidad en la comunidad internacional.

Hernán Narbona Véliz, Periodismo Independiente, 26, Abril 2020.

 



Etiquetas:   Política   ·   Relaciones Internacionales   ·   Chile   ·   Sociedad Civil

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