Red de publicación y opinión profesional
Política · Economía · Sociedad · Cultura · Ciencia · Tecnología ·
Últimas etiquetas:   Poesía   ·   Pandemia   ·   Escritores   ·   Lectores   ·   Periodismo   ·   Lectura   ·   Filosofía   ·   Libros   ·   Reseña   ·   Coronavirus



Cartas desde mi habitación. IV Balcones


Inicio > Ciudadanía
25/04/2020

152 Visitas



Ninguna llaga tanto se sintió que por luengo tiempo no aflojase su tormento, ni placer tan alegre fue que no lo amengüe su autenticidad. El mal y el bien, la prosperidad y la adversidad, la gloria y pena, todo pierde con el tiempo la fuerza de su acelerado principio.






Fernando de Rojas, La Celestina.









Queridos amigos: estoy llevando este largo encierro, imagino que igual que ustedes, de la mejor forma posible. Como cualquier mortal, añoro mis largas caminatas por la sierra, y poder tomarme un vaso de vino en algún bar apartado y con poca clientela. Añoro eso, y las viejas usanzas: no hace mucho a un vecino lo denunciaron porque el buen hombre, a la hora que le venía en gana, se ponía tocar la trompeta a pleno pulmón en su casa. Se lo prohibieron. Ahora, como venganza, todas las tardes, desde su balcón, nos deleita con unas sentidas notas de El sitio de Zaragoza. Los hay patriotas a carta cabal. Nadie lo ha denunciado, por supuesto. Y lo añoro, la verdad.





Es curioso: antes los balcones servían para ver pasar la procesión, a la gente paseando, o para ver el toro embolado, donde lo había. Ahora son útiles para poner la ropa a secar, en tendederos semiocultos, o atronar a los vecinos rompiendo cazuelas o partiéndose las palmas de las manos aplaudiendo al sol o a la luna, según la hora de la convocatoria. Esta nueva misión de los balcones, sin procesiones por las calles, sin paseos, sin toros ni vacas, me ha recordado, una vez más, la figura de Gustavo Adolfo Bécquer.





Tanto el balcón como Bécquer se han politizado.





Nunca me había planteado, joven y ferviente lector de sus Rimas, o adolescente encandilado por Cartas desde mi celda, su filiación política. Fue tras mi primer viaje a Veruela cuando surgió ese apunte. Buscando más y más información sobre su vida y el monasterio, vi, a través de Internet, una serie de cuadros, Los Borbones en pelota, realmente obscenos. En ellos aparecen Isabel II, y los duendes de la camarilla, en unas situaciones de las que mejor no hablar. Han sido atribuidos dichos cuadros a su hermano, Valeriano Bécquer, con pareados del propio Gustavo Adolfo. Los rechacé de plano nada más verlos. No me casaban tantas obscenidades con la idea que tenía yo de Bécquer. Aquello no tenía nada que ver con sus escritos, con ninguno de ellos.





No tardé mucho en leer, no recuerdo dónde, que era muy poco probable que dichos cuadros fueran de los hermanos Bécquer. Estos, al parecer, eran partidarios de Narváez, es decir de Isabel II. En consecuencia no tenía ninguna razón de ser una crítica tan feroz y bestial por parte de estos hermanos. No quise indagar más. Me pareció una pérdida de tiempo. Surgió, sin embargo, la idea, cómo no, de un Gustavo Adolfo reaccionario, conservador, tradicionalista. También leí opiniones al respecto. Algunas de estas se apoyan, para ver el lado oscuro, en fragmentos o ideas esparcidas por la carta IV. En esta carta, sin embargo, es donde asegura que tiene fe en el porvenir.





Creo que era lo que podríamos llamar un hombre moderado.





El siglo XIX fue un siglo de enormes transformaciones. No sólo por los magníficos inventos que se hicieron durante esos años, y que cambiaron la faz de la tierra, sino por recurrir, igualmente, a viejos usos y costumbres. Entre ellos estuvo, de forma recurrente, la puesta en marcha, una y otra vez, sin descanso, del invento más antiguo y del que nunca ha dejado de servirse el hombre: la guerra. Aquí, en este corralón lleno de sol, dejando de lado el imperio y su sangría, tuvimos la Guerra de la Independencia y la Guerra Carlista, o, mejor dicho, las tres guerras carlistas. En sesión continua y sin apenas descanso. Y sin que nadie saliera al balcón a protestar con cazuelas o con trompetas o a tocar el himno de Riego. Y ríase usted, ante estas cuatro salvajadas, olvidemos el imperio, de la mortandad de cualquier peste o de las provocadas por el tristemente famoso coronavirus.





Con todo ello, evidentemente, no sólo estaba cambiando el país, sino que también se estaba perdiendo mucho patrimonio, continuamente saqueado por unos y por otros. Se levantaron voces en contra de ese saqueo, por supuesto, Las de Larra y la de Bécquer entre otras. ¿Tradicionalistas? Como dice él mismo, siempre hay cosas que deberíamos conservar. Bécquer puso su empeño en ello y nos dejó, como testimonio, un magnífico libro, Historia de los templos de España. Lástima que sólo se ocupara de Toledo. A la vista de todo ello, no creo que nadie, actualmente, sea tildado de tradicionalista, con el mal sabor de boca que tiene dicho calificativo en España, porque proteste o se queje de las múltiples salvajadas cometidas por los talibanes allá por donde han pasado. Y no han sido solo ellos, por supuesto.





Las heridas en el caso de España han sido muy profundas. Más de lo que tal vez vieron o imaginaron Larra y Bécquer. Así es suficiente con ir a visitar viejos conventos o catedrales: siempre, el amable guía, fraile o seglar, hombre o mujer, traerá a colación el saqueo de los franceses, la desamortización de Mendizábal y, por supuesto, la guerra civil de 1936. Entre unos y otros dejaron al patrimonio en los puros huesos. Y creo que eso es lo que trataban de evitar ambos, la desaparición del patrimonio, que no otra cosa. Pues no debemos olvidar que en la carta VI cuenta la historia de la tía Casca, cuyo asesinato, por brujería, achaca al atraso milenario que sufre el país. Hace lo mismo en otras partes del libro. Por lo tanto, decir que Bécquer fue tradicionalista es dejar fuera del encuadre más de media persona del retratado.





Uno de los graves problemas de la humanidad es que la lengua es lineal. Siempre unas cosas, al relatarlas, van detrás de las otras cuando, en la realidad, sucedieron todas al mismo tiempo. Y conforme vamos leyendo unas, vamos olvidando otras. Es interesante, al respecto, el esfuerzo que hace Polibio a la hora de escribir su Historia: cuenta cualquier acción recordando siempre, o casi siempre, que, al mismo tiempo, estaba sucediendo tal y cual otra, ya relatada por él. Los esfuerzos de Polibio por unificar los hechos relevantes, que ocurrieron simultáneamente, son enormes y muy de agradecer.





Alguien dijo que le gustaría escribir una novela como si fuera una ópera: que varios personajes hablaran a la vez. Algo así ha intentado el cine dividiendo la pantalla y narrando varias acciones al mismo tiempo. Pero el hombre está limitado. Una cosa detrás de otra. O todos cantando, pero cantando lo mismo. O se convierte, de lo contrario, en una conversación, a grito pelado, en un bar donde todos hablan con todos y nadie sabe lo que dice el vecino. La pantalla de un cine o una televisión dividida en escenas produce dolor de cabeza e insatisfacción: imposible asimilarlo todo al mismo tiempo.





También yo, por supuesto, tenía una parcial visión de Bécquer. Así que fue toda una sorpresa saber que Valeriano Bécquer no soportaba a su cuñada; y que esta, que también estuvo en Veruela, terminó por traicionar a su marido con un bandorelillo de poca monta. En la biografía de Bécquer escrita por Rafael Montesinos hay una fotografía de la casa de Noviercas (Soria), y el lugar donde, se lo señaló una anciana, “se escondía el hombre para celar a su mujer”1. Detrás de este gran hombre no hubo una gran mujer. No obstante, se hizo carne y sangre aquella rima:









Cuando me lo contaron sentí el frío





de una hoja de acero en las entrañas;





me apoyé contra el muro, y un instante





la conciencia perdí de donde estaba2.









Se esfumaron las horas felices de Veruela. Aquellas caminatas por los pueblos de los alrededores. Las descripciones de unas vidas llenas de trabajo, de penalidades, miseria y atraso. ¿Cómo se permite un país tener a pueblos y pueblos viviendo en aquellas condiciones? No. El libro de Gustavo Adolfo Bécquer no tuvo la resonancia que tuvo en su día la película de Luis Buñuel, Las Hurdes tierra sin pan. Eran otros tiempos. Pero, como siempre, el gobierno iba a la suya, y quienes lo apoyaban también. En sus planes no entraba mejorar la vida de nadie, salvo la suya, por supuesto. Luego, por supuesto, lo negarán, se les hará la boca agua hablando de la grandeza del país y desplegando enormes banderas. Por muchos metros cuadrados que tengan dichos trapos, siempre el sudario se queda corto.





Insisto en que nunca me ha parecido relevante conocer la postura política de Bécquer y de su hermano. No sé, pues, hasta qué punto apoyaría a Narváez o dejaría de hacerlo. No sé qué pensaría del famoso rasgo de Isabel II, que desencadenó la noche de san Daniel, novelada por Galdós. No creo que ese conocimiento sera relevante para comprender su obra. Creo que era un hombre moderado, o esa imagen se me ha quedado a mí. No me entra en la cabeza, pues, un Bécquer saliendo al balcón con una cazuela en la mano o una tuba lanzando brindis al sol.





Como saben todos ustedes, queridos amigos, todos tenemos nuestras limitaciones y costumbres o manías. Yo hace tiempo que di en no recomendar nada a nadie. Tampoco opino de lo que no sé. Y hay muchas cosas que no entiendo. Pero, como dicen por ahí, doctores tiene la iglesia… No, no salgo al balcón, en medio de todo este duro confinamiento, más que por la noche, cuando no hay nadie, y solamente para ver si llueve o hay luna llena. Voy a comprar al mercado, de día, porque no tengo más remedio. Allí guardo las distancias con las otras personas, y, si puedo, que puedo, no hablo con nadie.





Me molesta ya tanto profeta de pacotilla diciendo lo que va a venir o dejar de venir. O tanto sabio que sabe, mejor que nadie, gestionar todo tipo de cosas aunque su casa sea un puro desastre. Estoy convencido, digan estos lo que quieran, de que todo, a la larga, va a seguir igual o peor. Yo opino como Celestina: el hombre se acostumbra a dolor; y el dolor o la angustia siempre pierden “su acelerado principio”. Retomada la normalidad, a los pocos pasos volveremos a tropezar con la misma piedra.





En casa estudio, consulto diccionarios y escribo. Me informo, y leo los periódicos, cada vez con más aprensión y menos interés por sus críticas o apoyos a este o al otro partido político. Las opiniones de los políticos son de una mediocridad que espanta. Sus palabras, interesadas. Y los periódicos no les van a la zaga. Unos y otros hacen buena aquella vieja sentencia de Polibio: “Es una maldad tan ignorante como evidente la del que cree que si él cierra los ojos los vecinos no ven nada.”3 Aunque tal vez Polibio se equivocara, y cuando cierran los ojos unos, los cierren los otros. Todos al final, como Argo seducido por la flauta de Pan, nos entregamos al dulce sueño cuando no nos erigimos en justicieros y vengadores. Mientras, esperamos un Mendizábal que nos desamortice y nos arroje de estos claustros y estos balcones. Afortunadamente, en el claustro y en el siglo, siempre habrá buenas personas, gente sensata con la que hablar, y siempre, desde luego, nos quedará Gustavo Adolfo Bécquer y el dolorido sentir. Y su libro Cartas desde mi celda. Si me permiten ustedes que me contradiga, les recomiendo que lo lean. Vale.





1Rafael Montesinos, Bécquer, biografía e imagen. Fundación José Manuel Lara, Sevilla, 2005. p. 277





2Gusavo Adolfo Bécquer, Rimas, XLII





3Polibio, Historias. Madrid, 1991. Edi. Gredos, traducción de Manuel Balasch Recort, p.451



Etiquetas:

Compartir
Tu nombre:

E-mail amigo:
Enviar
PDF

0 comentarios  Deja tu comentario




Los más leídos de los últimos 5 días

Comienza
a leer


Un espacio que invita a la actualidad e información
 

Publica tus artículos


Queremos ser tus consejeros y tu casa editorial

Una comunidad de expertos


Rodéate de los mejores y comienza a influir
 

Ayudamos a tu negocio


El lugar y el momento adecuado donde debes estar
Secciones
20604 publicaciones
5120 usuarios
Columnas destacadas
Los más leídos
Mapa web
Categorías
Política
Economía
Sociedad
Cultura
Ciencia
Tecnología
Conócenos
Quiénes somos
Cómo publicar en Reeditor
Contacto
Síguenos


reeditor.com © 2014  ·  Todos los derechos reservados  ·  Términos y condiciones  ·  Políticas de privacidad  ·  Diseño web sitelicon.com  ·  Únete ahora