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Cartas desde mi habitación. III (Guerras y traidores)


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18/04/2020

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La vida humana no es otra cosa que un juego de necios.






Erasmo de Rotterdam, Elogio de la locura.









Queridos amigos -así comienza sus cartas Gustavo Adolfo Bécquer, y así las comienzo yo- me imagino que a muchos de ustedes les habrá pasado lo mismo que me ha sucedido a mí. Durante estos días de confinamiento, de encierro, de no poder salir a la calle por causa del virus, han sido varios los mensajes, a través del móvil, que he recibido hablando de la gente que, en su día, predijo cuanto está sucediendo ahora. Han aparecido más profetas sobre la faz de la tierra que caracoles en el campo tras un día de lluvia. Como quiera que, disgustado, empecé a desgarrarme de grupos y cofradías, ya no he recibido más noticias ni de profecías ni de profetas. Me gusta este puntual desconocimiento.





Ya hace mucho tiempo que me percaté, e imagino que a ustedes les habrá sucedido algo parecido, que los profetas, sibilas, oráculos, horóscopos y demás, utilizan un lenguaje ambiguo, no nada claro; y por eso, precisamente, capaz de ser interpretado en un sentido u otro. Recuerdo que, en mi afán lector, ya de bien joven, me enfrenté con la primera de las profecías: aquella que los angustiados atenienses recibieron del oráculo de Delfos. Deseaban saber qué podían hacer para defenderse de lo que se les venía encima: la invasión de Jerjes y de su poderosísimo ejército. Como sucede siempre, comprender la profecía a agua pasada es como coser y cantar:









No puedes Palas aplacar a Zeus, dios del Olimpo,





pese a que, en todos los tonos y con sagaz astucia súplicas le dirige.





No obstante, voy a darte ahora una nueva respuesta, inflexible como el acero.





Mira, cuando tomado sea todo cuanto encierran





la tierra de Cérope y el valle de Citerón augusto,





Zeus, el de penetrante mirada, concederá a Tritogenia un muro de madera,





único, pero inexpugnable, baluarte, que la salvación supondrá para ti y para tus hijos1.









Conocida es la perplejidad de los pobres atenienses, en Delfos y en Atenas: ¿un muro de madera para contener a un ejército tan poderoso como el de Jerjes? Sí, atenienses hubo que tomaron aquello al pie de la letra, y murieron en la acrópolis, parapetados tras troncos y maderos diversos. Los persas los salvaron sin mayores dificultades. Pero no era esa la interpretación correcta de las palabras de la Pitia. La correcta la dio Alcibíades: la salvación de la Grecia toda estaba en la flota, en los barcos, hechos de madera, claro. Así se puso de manifiesto en la famosa batalla naval en aguas de la rubia Salamina. Y aun así se logró la victoria gracias a las trampas y añagazas del mismo Alcibíades, ayudado en esta ocasión por Arístides, su rival político. Este fue condenado al ostracismo precisamente por haberse opuesto, tiempo atrás, a secundar a Alcibíades en su manía de poseer una gran flota, la muralla de madera.





Me llenaba de perplejidad, joven inexperto como era, el que el oráculo no le hubiera dicho claramente, a los angustiados demandantes, lo que debían hacer para salvarse de la muerte. Creí, inocente de mí, que hubiera sido más útil que la Pitia les hubiera dicho a los atribulados atenienses, con un lenguaje claro y sencillo: “mirad, construid una flota, y esperad en algún lugar estrecho, Salamina por ejemplo, donde los barcos persas, debido a su enorme cantidad, no puedan maniobrar. Allí los derrotaréis fácilmente, y allí estará la salvación de la Hélade”. De haber hablado de este modo y manera, se hubiera salvado la pobre y crédula gente que pereció en la acrópolis tras unos troncos de pinos. La Pitia, sin embargo, y como siempre, recurrió a un lenguaje ambiguo. Y el lenguaje ambiguo no es precisamente un lenguaje que cree confianza. Ni tampoco los exabruptos.





Es curioso cómo esta forma de hablar define a un político o a otro. O, mejor, su posición en la cadena por el poder. Ya sabemos todos que la democracia, el voto, ha terminado por convertirse en una tiranía: el candidato a la presidencia o a lo que sea, más que defender sus ideas, si es que las tiene, debe caminar con pies de plomo para evitar no perder votos, es decir no molestar a nadie, salvo en algún que otro país, que en todo hay excepciones. En esos está permitido el exabrupto, la falta de educación y la más mínima corrección. En otros, y van quedando pocos, cuando alguien está en el poder utiliza un lenguaje ambiguo con respecto a su gestión pasada y a la futura. Por el contrario, el político que está en la oposición es claro y contundente. Hasta que llega al poder, donde debe caminar de puntillas, de cara a la galería, para mantenerse en él. Y vuelta a empezar.





Cuando se sabe lo que se desea, o cuanto va a suceder, se utiliza un lenguaje claro y sencillo. Por ejemplo: mañana lloverá mucho o quiero llegar al poder porque sé cómo hacer que todos ustedes tengan una vida sana, feliz y de calidad. Y a continuación se explica el programa con toda claridad. Pero, por supuesto, como dijo aquel, un país que tiene quinientos quesos distintos es difícil de gobernar: si se pide este queso, se disgusta a aquellos comensales, y viceversa. Y si estos o aquellos tienen poder económico utilizarán el dinero para acabar con quien les molesta. Hasta sobornarán a la Pitia para hacerle decir lo que a ellos les conviene o interesa. Y siempre habrá quien acepte el prebendas. Y siempre habrá descontentos. Es mi predicción o profecía para el día de mañana. Esperemos, no obstante, que ese descontento se manifieste de muchas formas, pero nunca utilizando la violencia ni coaccionando a nadie. Sí, ya sé, aquam a pumice postulare. Cotufas en el golfo.





Recuerdo también que, siendo joven, cerré el libro donde estaba la profecía de la Pitia preguntándome, lo mismo que hago ahora, por qué esta no profetizaba el final de las guerras, y lo que se debería hacer el hombre a fin de lograrlo. Terminar con tanto inútil derramamiento de sangre. Me escandalizaba leyendo aquellos libros, y otros de historia más o menos recientes, al percatarme de la enorme cantidad de personas que han muerto a lo largo de los tiempos por culpa de las malditas y odiosas guerras. Muchas más, creo, que en todas las pestes y pandemias juntas habidas y por haber.





Un combate, una batalla, sea por lo que fuere, es lo más necio y bestial que se puede dar entre humanos. Nada más ruin y bajo que violentar a una persona y acabar con su vida. Hace falta ser animal, más que animal. Me pone los pelos de punta. Recuerdo que leyendo aquellos libros, siendo muy joven, insisto, se me ocurrió la idea, jamás llevada a cabo, de hacer un largo listado con todas las guerras que han habido desde que el mundo es mundo, hasta ahora. Y, a ser posible, con el número de bajas que causaron. Y de mutilados. Sin olvidar las violaciones de todo tipo. Saldría un libro tan inútil y grueso como espeluznante. Y siempre aparecería alguien dispuesto a negar que el sol sale por el día y se oculta por la noche. Otra profecía.





Había cosas entonces, y aun las hay ahora, que me ponen los pelos de punta. Eran los juicios sobre los traidores. Los que, según los historiadores, cambian de bando por los motivos que sea.





No tardé en percatarme, como imagino que les habrá pasado a muchos de ustedes, que pocos historiadores hay fiables u objetivos. El lector o estudioso debe andar con sumo cuidado con sus palabras, tanto como con las de la Pitia, o las de los candidatos a la presidencia de cualquier país. No todos siguen las huellas de Polibio, por desgracia.





Así no entendía, cuando lo relatan, que traten de traidor a quien reveló a los persas la existencia de una senda oculta. Yendo por ella, los persas pudieron burlar la entrada de las Termópilas; y, rodeándolos, acabar con Leónidas y los trescientos espartanos. No se dice nada de las razones que tuvo este pastor, si es que las tuvo, para señalar dicha senda al ejército de Jerjes. Ni una palabra. O tal vez sea una pura leyenda. Pero está claro que Atenas y Esparta, en más de una ocasión, trataron con puro desdén a sus vecinos y conciudadanos. Atenas, por otra parte, podría ser una democracia para los atenienses. Para el resto, sin embargo, era un imperio que exigía fuertes impuestos. ¿Qué había de malo en liberarse de ese yugo?





La historia está llena de traiciones, o lo que se entiende por tal. Aunque rara vez se dan explicaciones de la traición. Hay tanto una filosofía no escrita sobre ello como una enorme cantidad de literatura al respecto: según una y otra, predomina siempre, o debe predominar, el concepto de nacionalidad, de patria, dioses, y lengua común, a otra consideración cualquiera. Pero esta filosofía justifica, sin más, las posibles traiciones o desafecciones de muchos pueblos durante la segunda guerra púnica: no se sentían una unidad de destino con Roma, no formaban una nación. Y Aníbal les ofrecía la posibilidad de romper el yugo romano, como Jerjes con Grecia. Roma, a quien estaban sometidas muchas tribus, no era más que un pueblo más grande y poderoso que el resto. Tanto es así que hasta Tito Livio parece no creerse del todo alguna que otra traición, como la del lucano Fulvio. Este, y no está nada claro, le tendió una trampa, en connivencia con los cartagineses, al tribuno romano, y acabaron con su vida. No obstante, Livio, como digo, no se lo acaba de creer. Ofrece varias versiones sobre la muerte del tribuno.





Ni los poblados romanos, ni mucho menos los griegos, formaban lo que hoy llamamos una nación. Grecia e Italia, que no existían como tales, eran ciudades o polis independientes. Y cada una luchaba por su propio gobierno, territorio y poder. Por lo tanto, si alguien lograba unir a esos u otros pueblos, tenía, o podía tener, la victoria asegurada contra los otros, desunidos. Muchos de ellos, además, se pasaban al vencedor aumentando así sus fuerzas. Fue el problema de los griegos contra los persas. Y en esa situación confiaba precisamente Aníbal cuando llevó la guerra a la península Itálica.





Y leídas ambas invasiones, me vuelvo a reafirmar en la idea de que no hay peor peste, ni más mortal, ni cosa que más degrade al ser humano, que la guerra. Siempre hecha por afán de poder, de tierras y de dinero. Con todas las excusas y encendidas proclamas del momento que quieran. Pero no hay más.





Es curioso que los profetas de antaño no se lancen hogaño a pronosticar lo que nos espera tras esta inesperada pandemia. Son profetas a hechos pasados. Yo, que no soy vate, ni nada que se le parezca, digo, con un lenguaje claro, nada ambiguo ni alambicado, sentado en mi butaca, que nada va a cambiar. Que de aquí dos días todo estará olvidado y todo seguirá igual. Que pocas personas han aprovechado estos días de encierro para leer, estudiar o reflexionar -si, ya lo sé, pedir peras al olmo. Y dado lo que se ha ofrecido por las televisiones, y las horas consumidas frente a este aparato, mucho me temo que el lavado de cerebro va a contribuir a ello en buena manera. Es fácil, pues, responder a la pregunta de la Esfinge: ¿Cuál es el animal que tropieza siempre con la misma piedra?





Habrá, pues, como siempre, corrupción, privatizaciones, amiguismo, puestas corredizas y giratorias, soflamas y más desigualdad social. Y si la brecha llega a ser muy grande, alguna que otra posible guerra. Y más peste, traiciones, más trapos al viento y más patriotismo de voceras.





Siguiendo con el patriotismo, las traiciones y la guerra, la peor peste de todas, me llamó la atención que, durante la invasión napoleónica de España, gran parte de los intelectuales fuesen lo que se ha dado en llamar afrancesados. Partidarios, por lo tanto, de los franceses, que no de la monarquía patria. No creo, por ello, que estuvieran en contra de su país. Todo lo contrario. Estaban, eso sí, en contra de tanto convento y tanto fraile viviendo de la sopa boba, de tanta corrupción y corruptela, de un inútil ejército y de tanto atraso e injusticia. Gustavo Adolfo Bécquer les puede dar cuenta cabal de ello. Y la Guerra de la Independencia también.





Eso por una parte. Por la otra, me llegaron al alma las palabras de don Benito Pérez Galdós, muy en consonancia con Séneca y los estoicos, cuya patria era el cosmos, y los compatriotas quienes tenían ciertas afinidades con ellos:





“¿Qué me importa a mí que ese hombre hable mi lengua, si por más que charlemos él y yo no podemos comprendernos? ¿Qué me importa que hayamos nacido en un mismo suelo, quizás en una misma calle, si entre los dos hay distancias más enormes que las que separan a un polo de otro?”2





¿Dónde está entonces la traición? En fin, esperemos que algún día todo esto deje de ser un peligroso juego de necios, que siempre desemboca en el mismo lugar. Vale.









1Heródoto, Historia, libro VII, 141,3. Madrid, 2007. Ed. Gredos. Traducción de Carlos Schrader





2Benito Pérez Galdós, Cádiz, capítulo III



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