. Podría hablarse de desinformación o de
noticias falsas propagadas con una determinada finalidad, pero,
conforme a lo dominante del momento, parece sonar mejor lo de fake
news, porque, además de estar en línea con las expresiones de
moda, por lo general se trata de noticias de actualidad.
Abordando otra cuestión, cabría una doble
pregunta, tanto el motivo al que responde el que aparezcan de manera
espontánea o intencionada esas noticias como a la razón de que
cuenten con un destacado número de seguidores. Si la autoridad
dispone del monopolio de la verdad, no tiene mucho sentido que surjan
otras verdades alternativas, que a veces la contradicen y
además tengan cierto grado de aceptación.
Es evidente que algunas fake news que aparecen
en escena son simples estupideces de alguien que aspira a hacerse
pasar por gracioso y suelta la primera tontería que se le ocurre,
pero tales insensateces carecen de fundamento, salvo para devaluar el
sentido real de la expresión. Por otro lado, la cosa se queda en el
intento, porque carece de un mínimo componente de credibilidad y es
totalmente inofensiva —salvo para quienes son del mismo nivel
intelectual que el promotor—, su único valor reside en
servir para que que la propaganda oficial pueda nutrirse de
argumentos descalificadores del tema en cuestión y la publicidad
comercial llene espacios muertos con lo que pudiera llamarse
curiosidades.
Otro aspecto más representativo del tema
viene si se atiende al segundo punto. Algo que resulta evidente es
que si las fake news tienen seguidores es porque las masas hoy se
encuentran en la onda de la actualidad y no se nutren
informativamente de leyendas propias de la época de los romanos. El
fenómeno responde, por tanto, a la demanda de la ciudadanía de una
información plural de los hechos que acontecen en el entorno. Dentro
de su capacidad de discernimiento queda el separar el grano de la
paja, entender lo que son majaderías o simplemente publicidad y lo
que se corresponde con hechos objetivos o con un alto índice de
probabilidad. En otro orden, que tales noticias al margen de lo
oficial cuente con seguidores, evidencia que aportan algo que
no se encuentra siguiendo los cauces oficiales. Pese a la labor de
adoctrinamiento, característica inevitable de cualquier sistema
político, más allá de esa visión tan arraigada en las esferas del
poder sobre una ciudadanía ingenua —tal y como suele recogerse en
la televisión—, el fondo de la cuestión es que la ciudadanía no
es ciegamente creyente de las verdades oficiales y la
desconfianza o la simple prudencia lleva a tratar de acceder a otras
versiones de los hechos tratando de aproximare a la realidad. Gozar
del monopolio de la verdad,
hoy no parece ser de recibo entre algunos oyentes, tal y como
acontecía en otras épocas.
La tendencia a la demonización de las
noticias que se escapan al control oficial sistémico por parte de la
propaganda responde a una cuestión de competencia, considerada
desleal. Los que ejercen el poder temen la desautorización de sus
verdades, a la luz de otras quizás medio verdades. Es natural que si
alguien viene a tratar de desmontar el entramado oficial, bien
aportando algo esclarecedor sobre una determinada situación, que por
razones de interés público se trata de ocultar o, en otro caso,
cuando se desmontan sus tesis sin contemplaciones, obviamente no
pueden ser bien vistas. Este sería el sentido excluyente que los
gobernantes darían en condiciones normales a los considerados bulos,
aunque no quiere decir que los propios gobernantes renuncien a ellos.
Un buen ejemplo son los llamados globo sonda, propiciados al
margen de la oficialidad pero auspiciados por ella para inquirir
sobre la aceptación o repulsa de futuras medidas políticas. Parece
ser que los bulos circulan en todas las direcciones y al margen de lo
que se recoge en los diarios oficiales.
Dada la proyección alcanzada y la aceptación
por muchos sectores sociales, que desean acercarse a la verdad
de las cosas, hoy las fake news, más allá de estupidez, bulo o
información heterodoxa, han acabado siendo utilizadas como
instrumento de censura. Inconcebible esta última en los espacios
de libertad que propugnan las sociedades democráticas, porque la
figura del censor no estaría bien vista, pero no así otro
instrumento dispuesto para desautorizar a cualquiera cargándole la
etiqueta de que sus dichos son un simple bulo. Es más, no es
necesario realizar un gran esfuerzo para desde la verdad oficial
tratar de desmontar especulaciones sobre un tema. Por ejemplo,
durante años los platillos volantes se identificaron con fenómenos
atmosféricos u otros objetos más o menos naturales, y esta era la
única verdad; en cuanto a todo lo demás, incluido lo que se veía a
simple vista, era tratado como fantasías o bulos. La línea oficial
hoy continúa siendo la misma y deja claro que aquello que no difunde
el oráculo oficial, y básicamente si se le pone en entredicho, no
es verdad; con lo que las discrepancias quedan desautorizadas por
principio.
El moderno censor oficial, muy distinto al del
siglo pasado, ya no es una persona física uniformada con traje
oscuro, camisa blanca, corbata discreta y con aires de dignidad que
recorría los locales de la vieja revista para que las señoritas
guardaran el debido decoro ante el auditorio masculino o para que las
imágenes se adecuaran al formato de la época o todo lo escrito
siguiera fielmente la doctrina, sino que toma la forma sutil de
influencia. Esta llega a
todos los rincones de la sociedad y casi nadie se entera. En su
virtud, se cierra discretamente la puerta a lo que no concuerda con
los intereses del que a la sazón gobierna, y todo resuelto. Los
conductos por los que discurre en lo público y en especial entre la
burocracia se camuflan tras la jerarquía, para eso está la consigna
de vida voz de los jefes, dispuesta para llegar al último nivel del
escalafón. Pero la influencia
va más allá y trasciende a cuanto escapa al dominio de lo público,
aunque no por ello queda fuera de su control. Es aquí donde entra en
juego la influencia discreta
a través de recomendaciones
para asegurar la fidelidad a la doctrina oficial, al partido
dominante, a la ideología en auge o a determinados intereses
políticos y económicos más triviales. Son ordenes
nunca escritas, porque basta con insinuarlas a la cabeza pensante que
rige cada aparato de audiencia pública para recordar la dependencia
y la obligada fidelidad al poder oficial, expresadas en ese habitual
toma y daca de favores y compromisos bajo cuerda entre
ambas partes.
Para, una vez más, no desentonar con el dogma
de la libertad en la jaula de barrotes invisibles en la que se mueven
las masas en los regímenes democráticos, es suficiente con
que cualquier versión del mundo y sus cosas que se sitúe al margen
de la verdad oficial se oculte con la etiqueta de mentira,
bulo, media verdad o simple desinformación. De esta manera puede
decirse que la censura de antaño no existe, y la libertad ya no se
resiente con solo oír su nombre. No es precisa la censura
convencional porque, sin ningún género de dudas, lo que no está
dentro de las previsiones del que manda, basta con estamparle el
sello de fake news para que se le pongan trabas, ya no tenga
libre acceso al conocimiento general y desaparezca de la escena.
Antonio Lorca Siero