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"Fake news"


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17/04/2020

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Hay que señalar que, no obstante el español ser rico en expresiones lingüísticas propias, no hay duda de que los anglicismos dominan el panorama, al punto de que ciertas cosas ahora se entienden mejor en inglés que en la lengua vernácula de algunos de por aquí. Podría hablarse de desinformación o de noticias falsas propagadas con una determinada finalidad, pero, conforme a lo dominante del momento, parece sonar mejor lo de fake news, porque, además de estar en línea con las expresiones de moda, por lo general se trata de noticias de actualidad.


Abordando otra cuestión, cabría una doble pregunta, tanto el motivo al que responde el que aparezcan de manera espontánea o intencionada esas noticias como a la razón de que cuenten con un destacado número de seguidores. Si la autoridad dispone del monopolio de la verdad, no tiene mucho sentido que surjan otras verdades alternativas, que a veces la contradicen y además tengan cierto grado de aceptación.

Es evidente que algunas fake news que aparecen en escena son simples estupideces de alguien que aspira a hacerse pasar por gracioso y suelta la primera tontería que se le ocurre, pero tales insensateces carecen de fundamento, salvo para devaluar el sentido real de la expresión. Por otro lado, la cosa se queda en el intento, porque carece de un mínimo componente de credibilidad y es totalmente inofensiva —salvo para quienes son del mismo nivel intelectual que el promotor—, su único valor reside en servir para que que la propaganda oficial pueda nutrirse de argumentos descalificadores del tema en cuestión y la publicidad comercial llene espacios muertos con lo que pudiera llamarse curiosidades.

Otro aspecto más representativo del tema viene si se atiende al segundo punto. Algo que resulta evidente es que si las fake news tienen seguidores es porque las masas hoy se encuentran en la onda de la actualidad y no se nutren informativamente de leyendas propias de la época de los romanos. El fenómeno responde, por tanto, a la demanda de la ciudadanía de una información plural de los hechos que acontecen en el entorno. Dentro de su capacidad de discernimiento queda el separar el grano de la paja, entender lo que son majaderías o simplemente publicidad y lo que se corresponde con hechos objetivos o con un alto índice de probabilidad. En otro orden, que tales noticias al margen de lo oficial cuente con seguidores, evidencia que aportan algo que no se encuentra siguiendo los cauces oficiales. Pese a la labor de adoctrinamiento, característica inevitable de cualquier sistema político, más allá de esa visión tan arraigada en las esferas del poder sobre una ciudadanía ingenua —tal y como suele recogerse en la televisión—, el fondo de la cuestión es que la ciudadanía no es ciegamente creyente de las verdades oficiales y la desconfianza o la simple prudencia lleva a tratar de acceder a otras versiones de los hechos tratando de aproximare a la realidad. Gozar del monopolio de la verdad, hoy no parece ser de recibo entre algunos oyentes, tal y como acontecía en otras épocas.

La tendencia a la demonización de las noticias que se escapan al control oficial sistémico por parte de la propaganda responde a una cuestión de competencia, considerada desleal. Los que ejercen el poder temen la desautorización de sus verdades, a la luz de otras quizás medio verdades. Es natural que si alguien viene a tratar de desmontar el entramado oficial, bien aportando algo esclarecedor sobre una determinada situación, que por razones de interés público se trata de ocultar o, en otro caso, cuando se desmontan sus tesis sin contemplaciones, obviamente no pueden ser bien vistas. Este sería el sentido excluyente que los gobernantes darían en condiciones normales a los considerados bulos, aunque no quiere decir que los propios gobernantes renuncien a ellos. Un buen ejemplo son los llamados globo sonda, propiciados al margen de la oficialidad pero auspiciados por ella para inquirir sobre la aceptación o repulsa de futuras medidas políticas. Parece ser que los bulos circulan en todas las direcciones y al margen de lo que se recoge en los diarios oficiales.

Dada la proyección alcanzada y la aceptación por muchos sectores sociales, que desean acercarse a la verdad de las cosas, hoy las fake news, más allá de estupidez, bulo o información heterodoxa, han acabado siendo utilizadas como instrumento de censura. Inconcebible esta última en los espacios de libertad que propugnan las sociedades democráticas, porque la figura del censor no estaría bien vista, pero no así otro instrumento dispuesto para desautorizar a cualquiera cargándole la etiqueta de que sus dichos son un simple bulo. Es más, no es necesario realizar un gran esfuerzo para desde la verdad oficial tratar de desmontar especulaciones sobre un tema. Por ejemplo, durante años los platillos volantes se identificaron con fenómenos atmosféricos u otros objetos más o menos naturales, y esta era la única verdad; en cuanto a todo lo demás, incluido lo que se veía a simple vista, era tratado como fantasías o bulos. La línea oficial hoy continúa siendo la misma y deja claro que aquello que no difunde el oráculo oficial, y básicamente si se le pone en entredicho, no es verdad; con lo que las discrepancias quedan desautorizadas por principio.

El moderno censor oficial, muy distinto al del siglo pasado, ya no es una persona física uniformada con traje oscuro, camisa blanca, corbata discreta y con aires de dignidad que recorría los locales de la vieja revista para que las señoritas guardaran el debido decoro ante el auditorio masculino o para que las imágenes se adecuaran al formato de la época o todo lo escrito siguiera fielmente la doctrina, sino que toma la forma sutil de influencia. Esta llega a todos los rincones de la sociedad y casi nadie se entera. En su virtud, se cierra discretamente la puerta a lo que no concuerda con los intereses del que a la sazón gobierna, y todo resuelto. Los conductos por los que discurre en lo público y en especial entre la burocracia se camuflan tras la jerarquía, para eso está la consigna de vida voz de los jefes, dispuesta para llegar al último nivel del escalafón. Pero la influencia va más allá y trasciende a cuanto escapa al dominio de lo público, aunque no por ello queda fuera de su control. Es aquí donde entra en juego la influencia discreta a través de recomendaciones para asegurar la fidelidad a la doctrina oficial, al partido dominante, a la ideología en auge o a determinados intereses políticos y económicos más triviales. Son ordenes nunca escritas, porque basta con insinuarlas a la cabeza pensante que rige cada aparato de audiencia pública para recordar la dependencia y la obligada fidelidad al poder oficial, expresadas en ese habitual toma y daca de favores y compromisos bajo cuerda entre ambas partes.

Para, una vez más, no desentonar con el dogma de la libertad en la jaula de barrotes invisibles en la que se mueven las masas en los regímenes democráticos, es suficiente con que cualquier versión del mundo y sus cosas que se sitúe al margen de la verdad oficial se oculte con la etiqueta de mentira, bulo, media verdad o simple desinformación. De esta manera puede decirse que la censura de antaño no existe, y la libertad ya no se resiente con solo oír su nombre. No es precisa la censura convencional porque, sin ningún género de dudas, lo que no está dentro de las previsiones del que manda, basta con estamparle el sello de fake news para que se le pongan trabas, ya no tenga libre acceso al conocimiento general y desaparezca de la escena.

Antonio Lorca Siero   



Etiquetas:   Fake News

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